martes 27 de julio de 2010

Juliaca



Nota de autor: Este es un fragmento de un cuento aún inconcluso y que me atrevo a compartir por varias razones que no pretendo mencionar aquí. Particularmente es uno de los relatos que más trabajo me ha tomado darle forma y uno de los más serios que haya podido escribir. No tiene título definido y si alguno desea puede sugerir alguno al final de la lectura, háganlo, pero tengan por seguro que no será tomado en cuenta pero si quieren hacerlo aún a pesar de ello, hagan efectivo el uso de su derecho a sugerir.

Por Hector Ccahua:

Dos hombres van peleando en plena calle embravecidamente. Uno culpa al otro de estafa y de haber deshonrado a su mujer. El otro se defiende a duras penas de los pesados y certeros golpes de la mano derecha que remecen su cabeza y que ya le han abierto más de una herida en el rostro. Nadie sabe a ciencia cierta cómo acabará la pelea. Lo que sí queda claro es que el más débil, el supuesto estafador, caerá muerto si nadie hace algo por detener a su salvaje agresor. Una pequeña multitud se forma y logra separar a los antagonistas. Ambos quieren retomar la lucha y son sujetados e impedidos fuertemente por unos señores de fachas galantes. El acusador (a quien tienen que sujetar entre varios) está que echa lava por las narices y quiere arremeter contra el otro que sangra impetuosamente pero que lo sigue provocando sabiéndose seguro detrás de quienes lo tienen sujeto. La policía está a punto de llegar. El alboroto causado bien vale la pena del rigor de la autoridad. Empiezan a interrogar a la gente y a buscar a los causantes de semejante batahola pero ellos ya se han ido hace buen rato sin que nadie se diera cuenta de su huida.

Dos calles más allá ambos se encuentran y como si nada hubiera ocurrido empiezan a repartirse todo el botín que han conseguido gracias a los bolsillos perpetrados de todos los tipos que por andar distraídos en acabar peleas y sujetar fuertemente a los conflictivos peleadores nunca se percataron de las veloces manos que iban despojándolos precipitadamente de billeteras, relojes, anillos y demás cosas valiosas, mismas que ahora son compartidas proporcionalmente entre estos dos eficaces ladronzuelos. Ambos tienen ya muy bien ensayada la maniobra y aún cuando desconfían el uno del otro trabajan juntos desde hace más de dos años como compañeros de estafa, hurto y demás bribonadas.

Entran a un café céntrico de la ciudad para descansar el esfuerzo histriónico (y para ir preparando el siguiente golpe) pero al poco rato son sorprendidos por las espaldas por unos sujetos que los reconocen y se reconocen como sus estafados. Intentan atraparlos pero en todo el barullo solo logran capturar a uno. El otro huye sigiloso y raudo del café. Al salir lanza un montón de moneditas al suelo detrás suyo causando que la gente se vuelva a amontonar para atrapar lo que pareciera un montón de dinero despilfarrado y evitar así que quienes lo siguen puedan llegar a él. Sus perseguidores lo pierden de vista en un instante y sólo conducen al otro rufián a la estación policial más cercana. Quien logró escapar va caminando lento como para no levantar sospecha y se pierde, manos en los bolsillos, en medio de la ciudad.

Los pocos que lo conocen (estafadores en su mayoría) lo llaman Juliaca, que nada debe parecerse a su nombre real si se supiera cual es, y que seguramente nada tiene que ver con el nombre de la provincia, ya que él es chalaco de nacimiento (o al menos es lo que dice cada vez que se emborracha y oye la salsa dura de Héctor Lavoe) y nada en su rostro de mármol severo lo delata como hombre de monte. Juliaca llega a la Fortaleza (un asentamiento humano circundado por estribaciones menores, como las hay muchas en las afueras de Lima) con el afán de desaparecer cuando menos algunos añitos y, maleta en mano, logra mezclarse con una facilidad camaleónica entre los pobladores de aquella comarca cuando las bombas lacrimógenas y los desalojos sorpresivos habían dado ya lugar a cierta urbanidad y los primeros ladrillos iban cimentando la tierra revuelta y escabrosa que era aquel lugar.

La Fortaleza, a estas alturas (u honduras) de su vida, sería el refugio perfecto para perderse de la gran ciudad. Estas tierras desoladas a la capital no le interesa en lo más mínimo, por ello justamente mientras más tiempo permanezca aquí, más lejos estará de la cárcel donde ahora seguramente su compañero debía estar recluido. Por suerte, Juliaca es de aquellos que cultiva el misterio como regla social y nunca devela aspectos personales a nadie, ni siquiera los más elementales. Esto le garantizaría, de cierta manera, que aún cuando su ex compinche lo quisiera delatar, no tendría cómo hacerlo, dado que Juliaca era como un fantasma sin pasado ni rastro ni sombra.

Juliaca era un hombre menudo de no más de un metro sesenta de estatura pero con un talento innegable e irrefrenable para la criollada y la desvergüenza. Mismos que le ayudaron a sobrevivir y trabajar deshonestamente todo este tiempo. No es ni cholo ni negro ni blanco, tampoco se le podría calificar de feo o atractivo, es más bien un rostro fiero como tallado por la venganza, que sin perder dureza o prepotencia a veces se transforma en una sonrisa romana de dientes perfectos y de ánimos socarrones. No bien llegó a la Fortaleza, Juliaca enamoró, se comprometió y embarazó a una mujer monumental (cualquier mujer a su lado resultaba monumental, valgan verdades) de piernas invencibles y bastante arqueadas y de apariencia andrógina, con la cual tuvo dos hijos que le sirvieron para mantenerse ligado a aquella mujer de espíritu hacendoso por buen tiempo. La mujer hacendosa construyó una casa no muy bonita pero recia e invulnerable con un esfuerzo incansable e implantó una licorería de mediano éxito, la primera que existió en la Fortaleza.

La mejor forma de disiparse, sin duda alguna, era tener una familia. Nadie sospecharía de un padre y esposo ejemplar si a las fuerzas del orden se les ocurriera, en el peor de los casos, buscarlo, aunque medio absurdo eso de buscarme, a mí, a un estafadorcillo de medio pelo, cuando hay peces más gordos y mucho más pendejos que este humilde servidor. Y si lo hicieran su familia y la comunidad en pleno sacrificarían el pellejo por salvarlo. Un plan magnífico, sin duda alguna. Sin embargo, su mujer, la de espíritu hacendoso, era de un talante áspero y brutalmente autoritaria, de modo que Juliaca pasó de ser el dueño del circo con sombrerito y todo a convertirse en un bufón maltratado en su hombría y dignidad. Debía de ajustarse a los mandatos de su mujer con obediencia militar y aceptar resignadamente que en casa era ella la de los pantalones, los sartenazos y todo lo demás. Al principio le costó mucho, ya que Juliaca es tan orgulloso como pernicioso, pero con el tiempo y en vista de las comodidades y los pocos esfuerzos, se dejó doblegar en sus contrariedades.

Con el dinero de las ganancias la mujer hacendosa le compró a su esposo un auto maltrecho para que lo taxeara e hiciera algo más que endeudarse, emborracharse y jugar al fútbol (no necesariamente en ese orden). Esta última actividad lo llevó a ganarse la simpatía de sus seguidores y la antipatía de sus rivales (tenía una enorme capacidad en los pies al punto que lo comparaban con el “ratón” Ferreyra, mítico jugador del Belgrano que nunca nadie llegó a conocer porque se suicidó un jueves santo pegándose un tiro en medio de los ojos, abatido por la idea de que con tantos Cubillas, Sotiles y Cuetos a él nadie le prestaría la menor atención). Las malas lenguas, que nunca faltan en lugares como este, decían que la mujer de Juliaca le debía su repentina y acomodada situación económica a la conformación de un burdel clandestino y tan bien escondido que ni siquiera su esposo, con toda su capacidad para revelar secretos, logró descubrir jamás en su vida.

Con el tiempo Juliaca disciplinó, de alguna manera, esos impulsos malhechores que lo arremetían secretamente pero jamás llegó a controlarlos del todo. Ahora debía compartir su tiempo entre pequeños fraudes a vecinos ingenuos y las labores de padre. Labores, dicho sea de paso, mal realizadas ya que los hijos de la pareja crecieron alborotando a media comunidad y paseándose de colegio en colegio (los pocos que se iban inaugurando, todos ya conocían de la fama indomable de los hermanos) por las constantes expulsiones que sufrían. Tal suceso es entendible, hasta cierto punto, ya que siendo los críos de un hijo de puta como Juliaca, estos ineluctablemente tenían en la sangre el virus de la pendejada y el achoramiento más ponzoñoso como señal inequívoca de ser sangre de su sangre y mierda de su mierda.

El mayor era el Juancho, alto, huesudo y pétreo, un chiquillo pícaro de uñas largas y poca vergüenza. El menor, dueño de una risa siniestra, tenía una voz prepotente y poseía una ametralladora de lisuras siempre dispuesta a disparar si no se le pasaba la pelota o si era acusado ante la profesora. Ambos se distanciaban por dos años y eran tan parecidos el uno del otro que casi a diario terminaban peleándose porque los dos querían hacer lo mismo y al mismo tiempo. Tanto Juancho como Pepe (su hermano) parecían haber sido esculpidos por el mismo cincel impertinente y con la misma vehemencia errática, dado que Juliaca tenía esa encaprichada virtud genética de hacer los hijos todos iguales.

Nadie se explicaba cómo un tipo de aspecto tan desagradable e incorrectamente civilizado como Juliaca podía tener tanto éxito con las mujeres. Nadie, tal vez, consideraba el tremendo atractivo que despertaba en las féminas su audacia de callejón y su don de fabulador pertinaz. Así llegó a conocer a María Eugenia Soledad, una mujercita que le había pedido un aventón hasta la Plaza de Acho un día nublado de octubre en el que un famoso torero español iría a dar el más grande espectáculo tauromáquico visto en décadas en la capital. Claro que no se esforzó tanto para conocerla como para lograr mantener una conversación medianamente animada. Ella sabía que tal acontecimiento era propicio para vender hasta el último de sus dulces caseros (exquisiteces de un sabor casi divino que desaparecieron al cabo de su muerte ya que nadie más sabía como prepararlos) aprovechando la coyuntura del mes morado. María Eugenia era como todas las Marías, dócil, ferviente y afligida, pero de un temperamento metálico si de rechazar pretendientes se trataba.

Ella no era bella ni altiva sino más bien parca y casi no reía ni cantaba, pero era trabajadora como ninguna y muy digna, eso sí. Los intentos de Juliaca nunca fueron más inútiles que con María Eugenia, a ella no le interesaba ese hombrecito a todas luces embustero y falaz. A decir verdad no le interesaba ningún hombre, esto ya lo tenía claro luego de la infortunada experiencia que vivió aún en su adolescencia con un granuja parsimonioso quien la embarazó y luego desapareció como si la mismísima tierra se lo hubiera tragado, dejándola con el corazón herido de muerte, una hija enferma en brazos y condenándola al más desgarrador estado de soledad y miseria. Por ello Juliaca, a pesar de sus constantes intentos de flirteo bravucón, nunca tuvo ni la más minúscula oportunidad con aquella mujercita de trenzas interminables.

Por otro lado, la frustración de Juliaca lo llevó a obsesionarse con María Eugenia al punto de despertar sospechas en su mujer, a quien, hasta ese momento, parecía no importunarle otra cosa que no fueran sus negocios, pero quien aprovechando su monumental fuerza sacudió hasta el cansancio el desgarbado cuerpo de Juliaca advirtiéndole que tuviera mucho cuidado con sacar los pies del plato no tanto por sentirse traicionada en su condición de mujer sino por aquello de las habladurías y su consecuente repercusión en el negocio. Juliaca parecía encandilado por la presencia de María Eugenia, no por albergar algún sentimiento noble hacia ella (que de eso las criaturas como Juliaca no entienden) sino porque era la primera vez que se veía rechazado y esto le abrasaba las entrañas y lo ponía frenético y extremadamente lujurioso.

Un mal día, luego de planificar hasta el más mínimo detalle con esa capacidad suya para calcular tiempos, reacciones y probabilidades, Juliaca enrumbó en la madrugada a la casita de María Eugenia con la intención artera de lograr a la fuerza lo que no pudo, ni por asomo, lograr con su lengua de reptil. Cuando llegó e irrumpió en la humilde casa de su víctima afiebrado por el simple pensamiento de hacer suya a la única mujer que el destino le negó, se vio sorprendido por una oscuridad remota que entorpeció mucho más la búsqueda atormentada del cuerpo de María Eugenia. Pero no podía dar marcha atrás, ya se sabe que Juliaca era de una especie incapacitada para sentir culpabilidad o remordimiento alguno, él quería hundir su virilidad a como diera lugar en el cuerpo inconquistable de aquella cholita que lo traía cojudo. Así buscó hasta que la halló entre la negra espesura de su desesperación erótica y los desniveles del fragoso terrenal. Maria Eugenia, advertida ya hace buen tiempo de la incursión del intruso, gracias al inconfundible y penetrante aroma a madera húmeda de Juliaca, se hizo la dormida y cuando lo tuvo suficientemente cerca lo recibió con un golpe seco y rabioso que terminó por estropearle la magnifica erección de media hora que llevaba desde que salió de casa. María Eugenia lo echó a punta de patadas y golpes de ortiga y le advirtió que nunca más volviera de lo contrario le iría a avisar a su esposa o a echarle agua caliente en las partes bajas y allí sí que se arma la grande, carajo.

Tal reacción no hizo más que enardecerlo. Varios días pasaron y el desplante se convirtió en una obsesión incontrolable y malsana en los sueños del fracasado perpetrador. Esto porque si hay algo que distingue a Juliaca de entre los miles y miles de granujas que hay en la Fortaleza, es su perseverancia. En más de una vez le habían dicho que era más terco que una mula y que su terquedad, justamente, era la razón por la cual obtenía las cosas antes que por algún talento en especial. Y no les faltaba razón, Juliaca rigurosamente conseguía y consigue todo lo que quiere aún cuando para eso tenga que servirse de métodos infames o retorcidos y aún cuando las empresas en las que se involucra parezcan redifíciles o atañan riesgos no menores. Él lo sabe bien. Por ello sabe que María Eugenia terminara siendo suya, a las buenas o a las malas y de alguna u otra manera.

Contrario a su costumbre, como se iba diciendo, decidió prescindir de cualquier estrategia y entregarse por completo a los impulsos de su inspiración. No parecía ser el mismo Juliaca de otras épocas. Ahora era un hombre achatado en inventiva y arrastrado por las decisiones de su entrepierna. Es así que resolvió ensayar un nuevo intento irrumpiendo en la casucha de la repostera artesanal una tarde de sol ardoroso. Por desgracia para él, no tuvo éxito de nuevo. María Eugenia había salido a recoger una encomienda proveniente de su Huancayo natal que traía consigo uno de los más importantes ingredientes secretos que sus, por entonces, ya afamados postres aún sin nombre, requerían. Juliaca, loco de desesperación, estalló en una vorágine de maldiciones y empezó a destrozar lo poco que hallaba a su alcance con una violencia ciertamente aterradora. Tal alboroto hizo que ni cuenta se diera de lo imprudente de su conducta. Algunas vecinas podrían alarmarse y eso dificultaría más adelante un nuevo intento de incursión en los territorios de la cholita que tan acojudado lo traía, pensó.

Se calmó un poco y se sentó al borde de un poyo andino encontrándose de pronto frente a sí, y sin previo aviso, con el brillo intenso de unos ojillos asustadizos y aún algo adormilados. Era Lupita, la hija de María Eugenia de trece años que se despertó por todo el barullo causado. Juliaca la miró y de inmediato se vio sorprendido por una tibia sensación de quietud dentro de su pecho que iba desplazando de a pocos la incontenible furia que lo arremetía segundos antes. Lupita lo miraba como quien no mira nada, con esa no mirada que lo atravesaba todito y lo hacía ser otra persona, lo petrificaba de ternura y lo ruborizaba de la más infinita vergüenza de no estar a la altura de su belleza ni su humanidad, porque esa aparición de trece bellos años podría explicar que mi vida sólo tuvo sentido hasta ahora en que la conocí, santísimo dios bendito. Un ruido extraño lo hizo volver en sí, por lo que salió de la casa confundidísimo de amor y raudo se perdió como pudo entre las demás casuchas del vecindario sin que nadie se diera cuenta que ahora era otro el que salía por esa misma puerta por la cual había entrado.

Lupita creyó que se trataba de un mal sueño o de la aparición de una de esas criaturas misteriosas y sólo reservadas para los más suertudos de quien tanto se hablaba en la escuela, de esos duendes de orejas puntiagudas y aspecto huraño (que por otra parte eran tan parecidos a Juliaca que habría que darle el beneficio de la duda a la imaginativa Lupita) pero se asustó al poco rato luego de descubrir los destrozos y no hallar siquiera un monedita de oro tirado en el áspero suelo. En cambio Juliaca, lejos de las reflexiones infantiles y maravillosas se había quedado al borde del más sensato estado de estupor y pensando y repensando de la forma más adulta que tenía en la aparición de la prematura y maravillosa belleza de esa figura adormilada y temerosa de manitas pegadas al cuerpo que se posó frente a sí.

Lo ocurrido, tanto para Lupita como para Juliaca, se paralizó en el tiempo por varios minutos, en el alboroto de una casa perpetrada, con ese olor a madera humedecida en el ambiente, el descubrimiento el uno del otro y esta sensación flameante al recordar sus profundos ojos marrones y esas manitas de reina de belleza, carajo; y que por otra parte, tanta mala suerte que ni siquiera una sola monedita en el suelo ni duende a la vista, caray. De modo que tal discontinuidad del tiempo sólo llegó a resquebrajarse con los gritos histéricos de María Eugenia al llegar a casa y toparse con tremendo desastre pero quien no necesitó de explicación alguna por parte de su bella hija para saber que el causante de todo aquello era del degenerado, maldito ese, que ahora quiere perjudicarme a mi cholita linda.

María Eugenia resolvió no tomar medida alguna. No podía. Su paralizante timidez le impedía realizar cualquier tipo de acción, además ¿quién le haría caso a una mujer tan humilde y de tan poca importancia?, se decía. Aquella noche rezó incansablemente para que Juliaca muriera o por lo menos se marchara para siempre de la comarca y decidió luego nunca más se separarse de su hija a partir de ese momento. María Eugenia era totalmente consciente de la belleza extraordinaria de su joven hija, por ello la mantenía recluida en casa todo el tiempo que no estaba en la escuela (en donde exigía que sólo sean profesoras las que impartieran las clases). Lupita era una criatura adorable pero por este encierro forzado poseía un grado de ingenuidad alarmante. No era, además, demasiado brillante, sin embargo su belleza podía equiparar cualquier defecto que se le detectase.

[...]

Pocos meses después, caminando entre las brumas de una noche asfixiada, lento como para no levantar sospecha pero con la procesión por dentro, Juliaca huye de un grupo enardecido que lo sigue desde la Fortaleza y que jura le dará caza así tenga que seguir sus pasos rastreros hasta el mismísimo infierno. Entre ellos se encuentran quienes admiraron sus gambetas y piques endemoniados y otros que no importándoles el dinero despilfarrado le pagaban los tragos, sólo por disfrutar de su grotesco humor callejero, pero que ahora, luego de enterados de los funestos acontecimientos, sólo piensan en arrancarle la cabeza a ese terrible malhechor y darle los restos de sus miserias a los perros que ellos mismos han entrenado en menos de una semana para devorar viva a su presa.

Continuará...