viernes 5 de marzo de 2010

Los amigos incomprensivos

Por Hector Ccahua:

Las historias de amor son aburridas. Esta por suerte no es una de ellas. No del todo. Es más bien una historia de antipatías, enemistades o si se quiere mala leche, de un amor incomprendido, poco común (o por lo menos poco aceptado) y vapuleado por, quienes se supone, son los que mejor te comprenden en el mundo: los amigos.

Estos amigos míos (que luego de lo sucedido, dudo mucho, sigan siéndolo tanto de mi parte como de parte de ellos) pasaron a buscarme a mi casa un día de enero en un auto infame, en una carcacha cochambrosa y retorcida de color amarillo percudido, chocado treinta y dos veces y causante, seguramente, de la mitad de la contaminación que abruma a la ciudad. Yo no los veía hacía buen tiempo, no por tener horarios apretados, sino por el desgano invencible de estar con ellos, por haber entendido que los años, las circunstancias y los diversos caminos que uno escoge en la vida provocan que ya no se la pase tan bien haciendo las cosas que antes se hacían o hablando de lo que se hablaba en épocas más juveniles.

Ellos, por su parte, seguían siendo los mismos (con uno que otro cambio notorio en la vestimenta, el cabello y en lo ventrudo que algunos lucían), hacían los mismos chistes que cuando éramos unos cabrones groseros e insolentes (o sea cuando éramos lo que ahora seguimos siendo pero con mayor pericia), recordaban las mismas anécdotas mil veces contadas y sus risotadas eran calco idéntico de los aullidos de hienas hambrientas de los lejanos tiempo del colegio. Yo (más ventrudo también) me sentía algo extraño, en un deja vu, en medio de un ensayo de libreto ensayado un sin fin de veces que eran nuestras conversaciones.

A diferencia de sus inquietudes por saber si fue verdad aquello que Julita (una compañera de escuela mucho más joven que todos nosotros, la primer puesto del salón y actualmente ingeniera de sistemas y poseedora de un culo prominente, majestuoso y deseado con vehemencia terrorista, por lo menos por mí) descubrió tras el escritorio del salón a Marciano (dueño del auto infame y un tipo tan pervertido que de tener los medios se culearía a sí mismo) propinándose una pajita fugaz en ausencia del profesor de turno, yo sólo deseaba dormir las horas de sueño que me faltaban y reposar la resaca del día anterior para luego disponerme a terminar por fin ese relato tantas veces esquivo y nunca terminado que era “Los orgasmos de Lupita”, una historia algo sórdida de una limeña apretadita y entregada en cuerpo y alma (más en cuerpo que en alma, por supuesto) a los placeres carnales y a la búsqueda infatigable de orgasmos memorables que ella únicamente alcanzaba a sentir cuando se revolcaba con presbíteros, sacerdotes, curas y demás ministros de dios en la tierra y cuyos instintos por demás exacerbados y respectivos rangos clericales exacerbaban el insaciable clítoris de Lupita hasta el deleite.

Si les hubiera dicho sobre mi cuento y que soñaba con ser escritor, ellos hubieran pensado, no cabe duda, que se trataba de un mal chiste o un acto de extrema cojudez, de una forma de morirse de hambre elegantemente o en el mejor de los casos de una mariconada demasiado snob para alguien como yo, un borracho irresponsable, vulgar y desmesurado, tan igual como ellos lo eran. No es que ellos fueran los más exitosos en sus respectivas ocupaciones tampoco o vieran al quehacer literario como un vejamen imperdonable, sino que les parecería una locura en un país como este país, pensar si quiera en vivir de la pluma, siempre que esta no fuera desplumar pollos en el mercado, que era la única manera respetable de vivir de la pluma que se les ocurría. Naturalmente sus opiniones no me hubieran importado mucho en otro contexto, pero yo no estaba para críticas malsanas o responder ataques insidiosos en esos momentos, solo quería dormir y terminar mi cuento, en ese estricto orden.

Siendo lo convincentes que son y bajo la promesa de desempolvar la amistad de los buenos años con un brindis sosegado en casa del Gordo, compañero leal y reciente padre de familia (nunca supe si felicitarlo o darle el pésame por su condición de padre), partimos en la cafetera de cuatro ruedas con el riesgo anticipado de tener que empujarlo cuadras más allá si la porquería aquella se detenía intempestivamente, como había pasado antes de llegar a mi casa. Por suerte aquello no sucedió. El auto por dentro era como el escondite de un oligofrénico, los asientos eran inmundos y las puertas eran pedazos de metal maltrechos a los que había que sujetar con ambas manos para que no se cayeran en medio camino.

Llegamos a salvo a la casa del Gordo y este nos recibió hosco y distante, como, según comentaban los demás que lo veían con más frecuencia que yo, su carácter se había tornado desde la consagración de su relación con la mujer de su vida y la madre de su primer y único hijo. Ella era una mujer huraña y hermosa, partidaria de la vida familiar y de estupendo sentido de compostura, era además una vigorosa combatiente de los malos hábitos que apartaban a los hombres de los buenos valores (desde que la conocí la declaré mi enemiga más acérrima dada sus técnicas opresivas y su ojeriza por todo lo que yo concebía como el tenor de mi vida: los malos hábitos). El Gordo pasó de ser un tipo de formidable humor para las parrandas a uno con restringido permiso para las sonrisas y festejos extremos, era ahora un gordo enclaustrado en su felicidad marital con un collar permanente en el pescuezo regordete que recibía, sin desearlo, las miradas de condolencia de todos los que lo rodeaban.

Mientras convencíamos al Gordo de volver a ser el de antes y liberarse por un momento de su celadora particular (esa arpía insufrible), los demás iban recordando, como para no variar, las anécdotas de antaño, de cómo alguna vez todos habíamos participado (yo solo los aplaudía. No por falta de ganas si no por ser alumno nuevo) en un paleteo comunitario y sin tregua alguna contra Gabrielín, compañero de aulas también, pequeño, esbelto, afeminado y de quien se decía ahora (no se sabe si gracias a nuestras travesuras de inicios de secundaria –como aquel paleteo comunitario– o a factores de índole interna) tenía una relación estable con un tipo mastodóntico y encantador quien trabajaba al igual que él en un banco importante de la ciudad (no gustaba de reunirse con nosotros por rencores insospechados). Dado que aquellos eran solo rumores sin confirmar, siempre se creyó que Gabrielín utilizaba sus refinados modales de señorito y ese hablar rutilante como una táctica de seducción bastante efectivo ya que siempre era visto con más de una fémina de atributos nada despreciables.

No obstante la inicial indecisión mostrada por el gordo cabrón y los chillidos insoportables de su crío en el segundo piso de su casa (incentivadas, a mi parecer, por la propia esposa malgeniada y repulsiva para que nos largásemos y dejáramos en armónica unión familiar a su gordo), nuestra insistencia tuvo cierto éxito. El Gordo contaba con una tienda que iría a surtirnos de las chelas respectivas, pero eso sí, advirtió, nos quedaremos aquí abajo. No iría a ser la primera vez que me embriague en plena calle, pensé y todos aceptamos las condiciones y aquella su determinación que no dejaba espacio a la duda. El Pelao lo entendía perfectamente (el Pelao era el matón de la secundaria, un cabrón de mala madre que no conocía la piedad ni el arrepentimiento, un tipo endemoniadamente perverso quien disfrutaba de torturar a los más débiles y castigar a salivazo limpio a todo aquel que lo mirase mal, sea hombre o mujer), él también era padre desde hacía más años y sabía que nada era más importante que el bienestar del cachorro, utilizaba esa palabra con insoportable frecuencia.

Para ese momento ya tenía la certeza de que mis amigos no sólo me aburrían terriblemente, sino que iría a pasarla mal sino inventaba algo para largarme a dormir de una buena vez. Empezaba a maquinar alguna artimaña evasiva cuando Marciano, el pervertido, empezó a contarnos animadamente su última travesura con una prima suya que según su elaborado instinto para reconocer a los buenos lomos, era una mujer de una belleza ordinaria pero de encendidas pasiones carnales. Tal historia hizo que me quedara más tiempo pues debe entenderse que si hay algo más poderoso que el sueño, eso sin duda es el morbo. Él decía que su prima (adolescente aún) le había dado carta libre para realizar las maniobras más impensadas en la historia de todas las fechorías sexuales y él, ni corto ni perezoso, le dio más vueltas que pollo a la brasa en complicidad con su cámara digital, compañera fiel de sus incontables aventuras amatorias. Marciano era un geniecillo del mal pero no tenía mucha conciencia de ello, él era más bien bastante elemental y obedecía a los impulsos de su inspiración y a lo trastocado y retorcido que estaban sus genes depravados.

Sin darse cuenta, la conversación se enfrascó en el burdo tema de los romances, los amoríos del que cada uno gozaba (o padecía) y de cómo se aprovechaba la vida y cuales eran las armas de seducción (ese ejercicio de vanidad que es simular ser una persona mejor de la que en verdad se es) más empleadas. Todos parecían querer hablar del tema, incluso El Cabezas, el más reservado de todos pero al mismo tiempo el de comportamiento más extravagante, divertido y controvertido (siempre se sospechó que era bisexual y afecto a los narcóticos, pero aquello poco me importaba, era el que mejor me caía y el único amigo que habría de sobrevivirme de esa tropa de barracudas apandilladas que osaron atacarme embravecidamente).

La charla empezó a animarse gracias a los irónicos comentarios de El Cabezas quien los interrumpía con ese su ingenio para las bromas mariconezcas y una que otra pendejada digna de celebrarse de Gómez, el narizón de la mancha. Gómez decía, sabiamente a mi parecer, que uno jamás debe enamorarse de una mujer sin antes haberla visto desnuda, calata, pelada… esto debido a su reciente mala experiencia con Carlita, una muchachita bien, menuda y fascinante que conoció estudiando inglés y dueña de unas tetas espantosas (teticas de perra, decía) y de los pies más horrendos en la historia de la humanidad. Me alegró mucho saber que mis amigos seguían siendo los mismos hijos de puta con las mujeres que se relacionaban (a excepción del Gordo marica que ahora era el trapeador donde su mujer se limpiaba los pies cada vez que quería) y a pesar de los años transcurridos y los consabidos reproches míos por su invariable conducta de pendejos ahuevados, pude darme cuenta que si hay algo de qué alegrarse en la vida eso justamente es aquel cumplimiento profético de que gallina que come huevo, aunque le quemen el pico. Se podría decir entonces, que aquello amenizó la noche y me sacudió de la modorra a la que estaba siendo arrastrado.

Animado por aquel renovado sentido del cinismo que mis amigos me habían contagiado decidí tomar la palabra intentando, como siempre, hacer alarde de una audacia impostada y parecer más inteligente de lo que en verdad era y me dispuse, con determinación de gran fabulador, a narrarles mi ultima aventura amorosa, que según mis propios cálculos no tenía comparación y era infinitamente superior a las mediocres historias que los demás habían contado minutos antes. Empecé mi narración con gran confianza y una pedantería inmoderada tratando de crear un ambiente de expectación e interés, de cómo la conocí y de qué tamaño era su belleza, pero a los demás parecía no importarles mucho aquello de crear ambiente. Les dije entonces, ofendido por la interrupción y con la mayor vulgaridad de todas que me había tirado a Lirio, un travesti delicioso de clase media y de gran porte que había conocido en un bar de Jesús María hacía pocas noches atrás.

Parecía claro, o al menos parecía claro para mí, que esa forma de iniciar la historia los había dejado perplejos, embobados, derrotados ante la majestuosidad de mi experiencia, que no siendo una experiencia religiosa fue sublime, celestial y perpetua. Encendí un cigarrillo entusiasmado por la reacción de anonadamiento que les había causado a mis amigos mi relato y me sentí dichoso y febril porque su silencio y perplejidad no eran otra cosa que su más rendida admiración y veneración a la osadía de mis cojones y a lo celosos que se encontraban cada uno de ellos. Di un largo golpe a mi cigarro y cerré mis ojos para disfrutar la gloria que era aquel silencio conmovedor y esperé como se espera las olas del mar le humedezcan a uno los pies en un ocaso perfecto las palabras de devoción de mis camaradas. Estos se miraban sorprendidos e intranquilos buscando quizá en el rescoldo más remoto de su envidia alguna forma de rebatir mi éxito y parecían no encontrarlo. De pronto y como si todos se hubiesen puesto de acuerdo en ese silencio apasionante, las carcajadas y los alaridos burlescos, desquiciados y ridiculizantes de mis amigos me explotaron en la cara como una reverberación de lucidez y me cayeron con un baldazo de agua fría, glacial, inmisericorde.

Estaba ante un evidente complot urdido por estos envidiosos del carajo que no podían soportar mi inverosímil victoria sobre ellos. Todos reían a mi alrededor sin que me quedara nada claro más allá de sus incontrolables celos. Entonces lo entendí. El Pelao me dijo, conteniendo un rato su risa perversa, que era lo más maricón que había escuchado en toda su puta vida y que yo era un chivo, un trolo, un putito, un rosquetón sin remedio y que si fuera posible tráiganme otro vaso carajo, que yo no tomo del mismo vaso de un huevón que se soba con otro huevón. Todos rieron y allí pude darme cuenta recién de la situación que se me venía encima. Me disponía a contraatacar del mejor talante cuando recibí otro embate a traición, “¿te has acostado con un travesti? Luego del primer polvo ¿que te dijo...? ahora me toca a mí, date vuelta, compadre”, terminó de decir el Gordo cabrón cagándose de la risa. Lo siguió Marciano con su risa enfermiza, “¿pero qué de malo tiene meterle la pinga a otro hombre?, muchachos… ¿Quién la tenía más grande, tú o el travieso?”. Todos reían y se burlaban sin descanso ni tregua alguna. “Y cual era su verdadero nombre ¿Roberto? ¿Kanko? ¿Rocco?”, “¿te la chupó o tú le sopleteaste la corneta?”, “¿mientras te lo tirabas le ibas haciendo una pajita?” y un montón de cosas más. Así rieron todos con euforia y saña, risa tras risa, burla tras burla, sin un minuto de sosiego.

No sé bien si las burlas que me prodigaban me lastimaban realmente o si simplemente era el hecho que estos felones siniestros no me dejaban concluir mi magnífica historia, lo cierto es que luego de buen rato de primeras incomodidades, la mofa se convirtió en una constante reprimenda de indignación por mi aventurilla erótica, es decir, por tan fabulosa noche de pasiones con Lirio, ese travesti delicioso, ese travesti delicioso de clase media y de gran porte que fue la experiencia más parecida a la felicidad que me haya tocado probar en mis cortos veinticinco años. No se trataba de una mujer conforme a ley, es cierto, pero no necesitaba serlo para poderme dar lo que me dio y hacer lo que hicimos aquella noche donde el resbaladizo destino entreveró los hilos de nuestras vidas. Siendo ella infinitamente más hermosa que cualquier mujer con la cual yo me haya acostado (y más hermosa que cualquier otra mujer conforme a ley que yo conozca) Lirio me aceptó en su departamento de soltera y me acogió entre sus meandros tibios con una hospitalidad y abnegación que me resultaron conmovedoras.

Lo que para mis reticentes amigos había sido una mariconada extrema, un revolcón repugnante con un hombre de espaldas anchas y pene de proporciones bovinas (y por consiguiente el acta de defunción de mi virilidad), para mí fue la exploración de un territorio pletórico, lozano, imposible de belleza superior y la mejor sesión de sexo jamás experimentada. “Cuan borracho habrías estado”, preguntó El Cabezas, tratando de defenderme, quiero creer. No tomé ni una gota de alcohol, le respondí, me encamé con Lirio por lo rica que estaba y porque me hubiera parecido una mezquindad imperdonable no estar plenamente consciente para disfrutar de su femineidad o de la femineidad que ella tenía por ofrecerme, “pero eso sí”, remarqué “los besos eran sin lengua. Tampoco soy tan maricón”, concluí esperando que rieran y lo tomaran de la mejor manera. No lo hicieron y más bien sus preguntas se volvían más espinosas, “entonces fue inevitable que le vieras la verga”, preguntó Gómez, con más curiosidad que inquina. Y claro que se la había visto. Se trataba de una verga comatosa, agonizante y casi imperceptible, les dije. Ellos rieron como matraca lo cual era algo bastante más mediocre y predecible de lo que yo creía. Lirio había empezado a tomar secretamente hormonas en tabletas y pastillas desde los trece años, edad en la cual entendió que era una damisela cautiva en los pellejos de un hombre. Esto le permitía tener la piel suave, alisar su voz de leñador, librarla de vellosidades impropias y contonearle deliciosamente las caderas y la cintura y al mismo tiempo abultarle los pechos (que eran suculentos) y provocar la reacción inversa en su discreto colgajo masculino.

Lirio no era un travesti cualquiera, no uno que fuera delatado a primera vista por algún remanente de su hombría (si alguna vez la tuvo) o ligado a alguna extravagancia en el comportamiento o las fachas. Su cuerpo era el de una mujer divina, prodigiosa e incomparable (a excepción del exceso indiscutible que tenía en la entrepierna) y su carácter era la de una dama refinada y sobria, una suerte de doncella de humor finísimo y gestos amorosos y delicados. “No te lo hubieras tirado si hubieras sabido desde el principio que era travesti ¿no es cierto?”, preguntó nuevamente Gómez, el agudo Gómez. Aquello tampoco era cierto, Lirio tuvo la delicadeza de comentármelo aún en el bar ya que era un acto innoble y nada brillante engañarme con algo que de cualquier forma me iba a enterar. “¿Y aún teniendo conocimiento de causa, te cepillaste al cabrazo ese?”, preguntó asqueado el Pelao hijo de mil putas. “Con el mayor placer al ver ese culo redondito y firme frente a mí”, le respondí mirándolo con atrevimiento, atrevimiento que me hubiera podido costar la vida frente a aquel psicópata homofóbico.

Me procuró una discreta alegría (y gran alivio) su silencio y el de los demás. Parecía que ahora sí los tenía en mi poder y que las burlas darían paso a las más sinceras felicitaciones que el caso ameritaba. Había sido un arduo trabajo, ciertamente. Sin embargo el escarnio y el ultraje a mi historia y a mi virilidad se reanudaron con las sonoras risas descaradas de todos los presentes y si serás maricón, si serás chivo, mostacero, un “cachacabros”, eso es lo que eres, un rosquete que sin estar borracho y sabiendo que se trataba de un hombre vestido de mujer fornicó sin repulsión con ese homosexual deleznable y pútrido.

Ya se sabe que tal homofobia no era más que una proyección inconsciente de sus propios conflictos sexuales y que si bien es cierto, les decía, yo también detesto a los cabrejos, este cabrejos era un regalo del cielo que no estaba dispuesto a desaprovechar, que pudieran ver más allá de su agarrotada forma de entender la vida y comprender las diversas formas del amor y lo encaprichado que a veces es su manifestación, que las leyes ingobernables del deseo al ser ingobernables tendrían que ser absueltas de todo juicio y que nada de malo había en el hecho de encamarse con un ser de belleza (artificial o natural) fuera de la imaginación cotidiana por la simple razón de que venga con yapa. Ellos siguieron sin entender la premisa tan básica que si tienes un pelito o una pequeñez insignificante sobre tu plato de comida (como era el pene de Lirio, ciertamente), no deshechas el plato de comida, sino obvias la insignificancia y te lo comes todito (el plato de comida, digo). Decían que al fin y al cabo se trataba de un hombre, de un hombre con pene, de un hombre con pene (presumiblemente) grande y que fuera de lo bien diseñado que estuviese por las cirugías y los aumentos de tetas y culo, él (mi Lirio) era un hombre, un varón tan igual como tú o como nosotros, un hombre con pichula, no sea marica, hombre.

Insistí un rato más, pero nadie quiso escucharme. Parecía que esta situación se me escapaba de las manos y no tenía modo de encontrar algún entendimiento de aquellos recios contendientes. Fueron tales los estragos que las burlas de mis amigos empezaron a causarme que por un momento me reproché no solo haberles comentado el hecho, sino que incluso me recriminé severamente el haberme involucrado con Lirio. Mientras ellos seguían con sus reflexiones sobre si deberían o no (y esto ahora sí iba en serio) seguir compartiendo conmigo el vaso con el cual tomaban la chela, yo me puse a recordar qué fue aquello que me impulsó a besar a Lirio, a acariciarla(o), a acostarme con ella (él) y a enredarnos con furiosa algarabía en su departamento de soltera(o).

Después de un buen rato de respuestas esquivas y no pocos esfuerzos, lo recordé. No sólo fue la calentura de mi entrepierna y lo espléndida que Lirio lucía aquella noche bajo esas luces lívidas del bar de Jesús María, no fueron solo sus apasionantes ojos color miel, sus hermosas manos de doncella cautiva, el meneo exquisito de su fabuloso culo o ese olorcito a lavanda que traía en el cabello (color miel también) lo que me impulsaron a meterle la pinga duro y parejo, lo que en realidad me impulsó a tener aquella aventurilla traviesa con el travieso aquel fue la inquietante idea de que en la vida hay que experimentar todo cuanto se pueda experimentar, en vivir la vida como si cada día fuera el último de nuestra existencia, en tener el coraje y arrojo para desafiar lo que el destino pone frente a nuestros pasos y batallar sin temores ante ellos, de enfrentarlo, someterlo y escalar hasta lo más alto de la ola de lo desconocido. Aquello, al fin de cuentas, me había convencido y alentado a probar alternadas formas de relacionarse sexualmente, a explorar nuevos goces, nuevas sensaciones, a no rehuirle al destino del placer que me desafiaba insolente y me invitaba a probar del fruto prohibido, del pecado más impensado y a la vez más glorioso.

Convencido de tal cosa, la convertí en mi último y más peligroso dardo defensivo, en la ponzoña que iría a acabar con los argumentos indómitos e irascibles de mis rivales desleales y sus burlas. Les dije entonces todo cuanto había recordado, que si había decidido tirar con un travesti no fue porque yo haya tenido un desliz en mi convicción de macho incuestionable o que aprendí a patear con los dos pies a estas alturas del partido, sino por el mismo impulso de aventura y experimentación a quien tanto le debemos cada uno de nosotros, a ese espíritu de arresto y atrevimiento (a veces impulsivo e irrefrenable y que tantos gustos y placeres nos han deparado), a aquel estremecimiento de los cojones que nos lleva a arriesgar la vida misma en busca de nuevas aventuras y nuevas emociones, a ese espíritu indomable e intrépido yo le debía la mejor noche de todas mis noches y sus burlas infantiles, ásperas e inmerecidas.

Tras mi monologo algo desencajado decidí escuchar lo que tenían por decir. Como me lo suponía, no dijeron nada y solo se rieron (desencajadamente también) y se siguieron burlando de lo maricón que era, pero nada de razones, que una cosa es ser osados y atrevidos y otra muy distinta, y ciertamente más maricona, era cacharse cabros. Nadie supo como cuestionarme aquel predicamento. Solo atinaban a seguir burlándose y aunque me quedaba la certeza de que mis razones fueron suficientes para convencerlos, ellos no me perdonaron que hubiese hecho lo indebido o quizás que no les diera la razón. Cansado de contrariarlos más y sabiendo que me llevaba conmigo la real razón decidí largarme a dormir y dar por concluida mi amistad con esos despreciables ex amigos míos que no entendían nada de la comedia del amor ni de los deseos calenturientos tras la bragueta. Me iría mandar a mudar con la seguridad de que si ellos hubiesen visto a Lirio no solo le hubieran metido pinga duro y parejo igual que yo lo hice sino que incluso, tan arrechos hubieran quedado con el solo perfume de sus cabellos y el tamaño y la suavidad de sus nalgas portentosas, que le hubiesen pedido al travesti, los culeara con el monigote que le quedaba de pene, por lo menos estoy seguro esa habría sido la petición de Marciano y El Cabezas. Por desgracia ellos nunca lo admitirían públicamente.

Toda aquella discusión me parecía estar ya fuera de sus cabales. Las burlas dieron lugar, no a las ponderaciones que yo esperaba menos entusiasta ahora, claro está, sino a amonestaciones de índole moral y a lecciones de hombría que más parecían el cuestionamiento de la corrupción por parte de algún fujimorista o la defensa del celibato y condenación de la paja salvadora en boca de algún párroco arrechón. “Dime la verdad, huevón ¿no te da ni siquiera un poquito de vergüenza?”, preguntó finalmente el Gordo esperando acaso una respuesta de conformidad o sometimiento. “Sí, un poquito”, le respondí “pero me la aguanto como los machos”. Ellos rieron por enésima vez y esta vez los acompañé en sus risas. Pero luego, cansado ya de tanta cucufatería y falso honor no quise largarme sin antes mandarlos bastante a la mierda.

No necesité pensar mucho para recordar algo que les dejara en claro que ellos tampoco tenían ninguna autoridad moral para criticar mi travesura erótica (creo que nadie la tendría). Les hice recordar, entonces, que todos los allí presentes tenían un pasado tan igual o peor que el mío y que muchos intentaban maquillar aquellos hechos como chiquilladas o distorsionaban sus recuerdos para alivio de sus culpas contando historias poco parecidas a la verdad. Porque a pesar de todos los años transcurridos todos al parecer habían olvidado como, en más de una vez, arrinconaban a Gabrielín y lo sodomizaban sin escrúpulos ni ninguna otra cortesía, que apretaban sus cuerpos adolescentes fuertemente contra el débil cuerpo del individuo en cuestión en los baños o en el ultimo piso del colegio luego de las clases de danza y que luego de ponerlo entre su espada y la pared, lo felicitaban con cariño fraternal porque con tanto desenfreno y alboroto ya no necesitaban de la propia mano para obtener el placer que sus jóvenes hormonas necesitaban.

Las risas se detuvieron intempestivamente y todos me miraron con un asombro alarmante y cierto rencor por traer aquellos recuerdos olvidados y que nunca gustaban de recordar, no por dejar de ser divertidos, sino por mancillar su heterosexualidad y recordarles que probablemente eran los responsables directos de la conformación de un maricón más en la vida o de haberle cagado el destino a alguien que no tenía por destino el gusto por los hombres. Intentaron defenderse y terminaron por atacarse unos a otros, casi a amenazarse y a buscar que inmiscuirme en aquella violación masiva, sin mucho éxito. Utilizaban las excusas de la edad, la inmadurez, el hervidero que eran las hormonas por aquellos años, el descubrimiento y reconocimiento de los impulsos y sin darse cuenta terminaron rebatiéndome tal situación con los argumentos que yo había esgrimido para justificar mi revolcón con Lirio, y por tanto (sin que ellos lo aceptaran) dándome la razón.

Me fui con la algarabía que significa saberte vencedor de las hostilidades y con la satisfacción de ver las tripas rivales regadas en todo el campo de batalla, los ojos aún agonizantes y que podía darme el lujo de pisotear y esparcir contra el suelo. Me fui ante el reclamo de unos amigos molestos y heridos en su orgullo, enojados con su pasado y avergonzados por verse reconocidos en mí como unos maricones imperdonables. “¿A dónde te vas, huevón? Ven regresa”, dijo alguno por allí, “voy a ver a Lirio”, les mentí, “ya deja a ese cabro y quédate con nosotros, no seas mal amigo”, volvió a decir otro. Yo reí por dentro y entendí que ya no podía seguir viendo a estos pendejos insolentes como amigos (no como amigos confiables o leales por lo menos), que su deslealtad no solo era conmigo sino también con ellos mismos y que ya no era nada seguro permanecer allí y solo pude decir para despedirme lo primero que sentí al saborear el nombre de Lirio en mi cabeza, “al mazo con ustedes, huevones... no me quedo porque, entre miles y miles de razones más.... ustedes no me la chupan como ella”.

Partí y deje atrás no sólo los buenos años sino también varias cervezas por chupar pero me quedé con la invencible certeza de que la amistad no es un sentimiento que me interese mucho conservar, sobre todo si en ese proceso se irrespetan aspectos tan importantes como la tolerancia, la comprensión de puntos de vista distintos o el entendimiento de los placeres carnales y sus correspondientes desvaríos de cuando en vez. Ellos se quedaron con el ánimo avinagrado y acompañaron mi partida con algunas descortesías propias de quien no tiene más argumentos que el insulto barato y simplón. Por lo pronto, sé que no veré más a esos tipos indeseables y que mis amigos ahora se restringen al formidable número de cinco personas.

P.D.: Saludos cordiales a Julita, Gabrielín y a Lito Lito. A los dos primeros mil disculpas si se sintieron ofendidos o vieron mancillada su honra al ser inmiscuidos en este relato sin su debido permiso o autorización y al tercero por no ser nombrado en toda esta historia. Mil perdones también.