jueves 24 de marzo de 2011

Poema anónimo



Por Hector Ccahua:

A
veces
toma tiempo
darse cuenta de las cosas
no digo que de todas las cosas,
pero sí de las más importantes, cuesta
tiempo notar por ejemplo que no es lo mismo
el aire que el viento o que el silencio es la mejor forma de amar.

martes 27 de julio de 2010

Juliaca



Nota de autor: Este es un fragmento de un cuento aún inconcluso y que me atrevo a compartir por varias razones que no pretendo mencionar aquí. Particularmente es uno de los relatos que más trabajo me ha tomado darle forma y uno de los más serios que haya podido escribir. No tiene título definido y si alguno desea puede sugerir alguno al final de la lectura, háganlo, pero tengan por seguro que no será tomado en cuenta pero si quieren hacerlo aún a pesar de ello, hagan efectivo el uso de su derecho a sugerir.

Por Hector Ccahua:

Dos hombres van peleando en plena calle embravecidamente. Uno culpa al otro de estafa y de haber deshonrado a su mujer. El otro se defiende a duras penas de los pesados y certeros golpes de la mano derecha que remecen su cabeza y que ya le han abierto más de una herida en el rostro. Nadie sabe a ciencia cierta cómo acabará la pelea. Lo que sí queda claro es que el más débil, el supuesto estafador, caerá muerto si nadie hace algo por detener a su salvaje agresor. Una pequeña multitud se forma y logra separar a los antagonistas. Ambos quieren retomar la lucha y son sujetados e impedidos fuertemente por unos señores de fachas galantes. El acusador (a quien tienen que sujetar entre varios) está que echa lava por las narices y quiere arremeter contra el otro que sangra impetuosamente pero que lo sigue provocando sabiéndose seguro detrás de quienes lo tienen sujeto. La policía está a punto de llegar. El alboroto causado bien vale la pena del rigor de la autoridad. Empiezan a interrogar a la gente y a buscar a los causantes de semejante batahola pero ellos ya se han ido hace buen rato sin que nadie se diera cuenta de su huida.

Dos calles más allá ambos se encuentran y como si nada hubiera ocurrido empiezan a repartirse todo el botín que han conseguido gracias a los bolsillos perpetrados de todos los tipos que por andar distraídos en acabar peleas y sujetar fuertemente a los conflictivos peleadores nunca se percataron de las veloces manos que iban despojándolos precipitadamente de billeteras, relojes, anillos y demás cosas valiosas, mismas que ahora son compartidas proporcionalmente entre estos dos eficaces ladronzuelos. Ambos tienen ya muy bien ensayada la maniobra y aún cuando desconfían el uno del otro trabajan juntos desde hace más de dos años como compañeros de estafa, hurto y demás bribonadas.

Entran a un café céntrico de la ciudad para descansar el esfuerzo histriónico (y para ir preparando el siguiente golpe) pero al poco rato son sorprendidos por las espaldas por unos sujetos que los reconocen y se reconocen como sus estafados. Intentan atraparlos pero en todo el barullo solo logran capturar a uno. El otro huye sigiloso y raudo del café. Al salir lanza un montón de moneditas al suelo detrás suyo causando que la gente se vuelva a amontonar para atrapar lo que pareciera un montón de dinero despilfarrado y evitar así que quienes lo siguen puedan llegar a él. Sus perseguidores lo pierden de vista en un instante y sólo conducen al otro rufián a la estación policial más cercana. Quien logró escapar va caminando lento como para no levantar sospecha y se pierde, manos en los bolsillos, en medio de la ciudad.

Los pocos que lo conocen (estafadores en su mayoría) lo llaman Juliaca, que nada debe parecerse a su nombre real si se supiera cual es, y que seguramente nada tiene que ver con el nombre de la provincia, ya que él es chalaco de nacimiento (o al menos es lo que dice cada vez que se emborracha y oye la salsa dura de Héctor Lavoe) y nada en su rostro de mármol severo lo delata como hombre de monte. Juliaca llega a la Fortaleza (un asentamiento humano circundado por estribaciones menores, como las hay muchas en las afueras de Lima) con el afán de desaparecer cuando menos algunos añitos y, maleta en mano, logra mezclarse con una facilidad camaleónica entre los pobladores de aquella comarca cuando las bombas lacrimógenas y los desalojos sorpresivos habían dado ya lugar a cierta urbanidad y los primeros ladrillos iban cimentando la tierra revuelta y escabrosa que era aquel lugar.

La Fortaleza, a estas alturas (u honduras) de su vida, sería el refugio perfecto para perderse de la gran ciudad. Estas tierras desoladas a la capital no le interesa en lo más mínimo, por ello justamente mientras más tiempo permanezca aquí, más lejos estará de la cárcel donde ahora seguramente su compañero debía estar recluido. Por suerte, Juliaca es de aquellos que cultiva el misterio como regla social y nunca devela aspectos personales a nadie, ni siquiera los más elementales. Esto le garantizaría, de cierta manera, que aún cuando su ex compinche lo quisiera delatar, no tendría cómo hacerlo, dado que Juliaca era como un fantasma sin pasado ni rastro ni sombra.

Juliaca era un hombre menudo de no más de un metro sesenta de estatura pero con un talento innegable e irrefrenable para la criollada y la desvergüenza. Mismos que le ayudaron a sobrevivir y trabajar deshonestamente todo este tiempo. No es ni cholo ni negro ni blanco, tampoco se le podría calificar de feo o atractivo, es más bien un rostro fiero como tallado por la venganza, que sin perder dureza o prepotencia a veces se transforma en una sonrisa romana de dientes perfectos y de ánimos socarrones. No bien llegó a la Fortaleza, Juliaca enamoró, se comprometió y embarazó a una mujer monumental (cualquier mujer a su lado resultaba monumental, valgan verdades) de piernas invencibles y bastante arqueadas y de apariencia andrógina, con la cual tuvo dos hijos que le sirvieron para mantenerse ligado a aquella mujer de espíritu hacendoso por buen tiempo. La mujer hacendosa construyó una casa no muy bonita pero recia e invulnerable con un esfuerzo incansable e implantó una licorería de mediano éxito, la primera que existió en la Fortaleza.

La mejor forma de disiparse, sin duda alguna, era tener una familia. Nadie sospecharía de un padre y esposo ejemplar si a las fuerzas del orden se les ocurriera, en el peor de los casos, buscarlo, aunque medio absurdo eso de buscarme, a mí, a un estafadorcillo de medio pelo, cuando hay peces más gordos y mucho más pendejos que este humilde servidor. Y si lo hicieran su familia y la comunidad en pleno sacrificarían el pellejo por salvarlo. Un plan magnífico, sin duda alguna. Sin embargo, su mujer, la de espíritu hacendoso, era de un talante áspero y brutalmente autoritaria, de modo que Juliaca pasó de ser el dueño del circo con sombrerito y todo a convertirse en un bufón maltratado en su hombría y dignidad. Debía de ajustarse a los mandatos de su mujer con obediencia militar y aceptar resignadamente que en casa era ella la de los pantalones, los sartenazos y todo lo demás. Al principio le costó mucho, ya que Juliaca es tan orgulloso como pernicioso, pero con el tiempo y en vista de las comodidades y los pocos esfuerzos, se dejó doblegar en sus contrariedades.

Con el dinero de las ganancias la mujer hacendosa le compró a su esposo un auto maltrecho para que lo taxeara e hiciera algo más que endeudarse, emborracharse y jugar al fútbol (no necesariamente en ese orden). Esta última actividad lo llevó a ganarse la simpatía de sus seguidores y la antipatía de sus rivales (tenía una enorme capacidad en los pies al punto que lo comparaban con el “ratón” Ferreyra, mítico jugador del Belgrano que nunca nadie llegó a conocer porque se suicidó un jueves santo pegándose un tiro en medio de los ojos, abatido por la idea de que con tantos Cubillas, Sotiles y Cuetos a él nadie le prestaría la menor atención). Las malas lenguas, que nunca faltan en lugares como este, decían que la mujer de Juliaca le debía su repentina y acomodada situación económica a la conformación de un burdel clandestino y tan bien escondido que ni siquiera su esposo, con toda su capacidad para revelar secretos, logró descubrir jamás en su vida.

Con el tiempo Juliaca disciplinó, de alguna manera, esos impulsos malhechores que lo arremetían secretamente pero jamás llegó a controlarlos del todo. Ahora debía compartir su tiempo entre pequeños fraudes a vecinos ingenuos y las labores de padre. Labores, dicho sea de paso, mal realizadas ya que los hijos de la pareja crecieron alborotando a media comunidad y paseándose de colegio en colegio (los pocos que se iban inaugurando, todos ya conocían de la fama indomable de los hermanos) por las constantes expulsiones que sufrían. Tal suceso es entendible, hasta cierto punto, ya que siendo los críos de un hijo de puta como Juliaca, estos ineluctablemente tenían en la sangre el virus de la pendejada y el achoramiento más ponzoñoso como señal inequívoca de ser sangre de su sangre y mierda de su mierda.

El mayor era el Juancho, alto, huesudo y pétreo, un chiquillo pícaro de uñas largas y poca vergüenza. El menor, dueño de una risa siniestra, tenía una voz prepotente y poseía una ametralladora de lisuras siempre dispuesta a disparar si no se le pasaba la pelota o si era acusado ante la profesora. Ambos se distanciaban por dos años y eran tan parecidos el uno del otro que casi a diario terminaban peleándose porque los dos querían hacer lo mismo y al mismo tiempo. Tanto Juancho como Pepe (su hermano) parecían haber sido esculpidos por el mismo cincel impertinente y con la misma vehemencia errática, dado que Juliaca tenía esa encaprichada virtud genética de hacer los hijos todos iguales.

Nadie se explicaba cómo un tipo de aspecto tan desagradable e incorrectamente civilizado como Juliaca podía tener tanto éxito con las mujeres. Nadie, tal vez, consideraba el tremendo atractivo que despertaba en las féminas su audacia de callejón y su don de fabulador pertinaz. Así llegó a conocer a María Eugenia Soledad, una mujercita que le había pedido un aventón hasta la Plaza de Acho un día nublado de octubre en el que un famoso torero español iría a dar el más grande espectáculo tauromáquico visto en décadas en la capital. Claro que no se esforzó tanto para conocerla como para lograr mantener una conversación medianamente animada. Ella sabía que tal acontecimiento era propicio para vender hasta el último de sus dulces caseros (exquisiteces de un sabor casi divino que desaparecieron al cabo de su muerte ya que nadie más sabía como prepararlos) aprovechando la coyuntura del mes morado. María Eugenia era como todas las Marías, dócil, ferviente y afligida, pero de un temperamento metálico si de rechazar pretendientes se trataba.

Ella no era bella ni altiva sino más bien parca y casi no reía ni cantaba, pero era trabajadora como ninguna y muy digna, eso sí. Los intentos de Juliaca nunca fueron más inútiles que con María Eugenia, a ella no le interesaba ese hombrecito a todas luces embustero y falaz. A decir verdad no le interesaba ningún hombre, esto ya lo tenía claro luego de la infortunada experiencia que vivió aún en su adolescencia con un granuja parsimonioso quien la embarazó y luego desapareció como si la mismísima tierra se lo hubiera tragado, dejándola con el corazón herido de muerte, una hija enferma en brazos y condenándola al más desgarrador estado de soledad y miseria. Por ello Juliaca, a pesar de sus constantes intentos de flirteo bravucón, nunca tuvo ni la más minúscula oportunidad con aquella mujercita de trenzas interminables.

Por otro lado, la frustración de Juliaca lo llevó a obsesionarse con María Eugenia al punto de despertar sospechas en su mujer, a quien, hasta ese momento, parecía no importunarle otra cosa que no fueran sus negocios, pero quien aprovechando su monumental fuerza sacudió hasta el cansancio el desgarbado cuerpo de Juliaca advirtiéndole que tuviera mucho cuidado con sacar los pies del plato no tanto por sentirse traicionada en su condición de mujer sino por aquello de las habladurías y su consecuente repercusión en el negocio. Juliaca parecía encandilado por la presencia de María Eugenia, no por albergar algún sentimiento noble hacia ella (que de eso las criaturas como Juliaca no entienden) sino porque era la primera vez que se veía rechazado y esto le abrasaba las entrañas y lo ponía frenético y extremadamente lujurioso.

Un mal día, luego de planificar hasta el más mínimo detalle con esa capacidad suya para calcular tiempos, reacciones y probabilidades, Juliaca enrumbó en la madrugada a la casita de María Eugenia con la intención artera de lograr a la fuerza lo que no pudo, ni por asomo, lograr con su lengua de reptil. Cuando llegó e irrumpió en la humilde casa de su víctima afiebrado por el simple pensamiento de hacer suya a la única mujer que el destino le negó, se vio sorprendido por una oscuridad remota que entorpeció mucho más la búsqueda atormentada del cuerpo de María Eugenia. Pero no podía dar marcha atrás, ya se sabe que Juliaca era de una especie incapacitada para sentir culpabilidad o remordimiento alguno, él quería hundir su virilidad a como diera lugar en el cuerpo inconquistable de aquella cholita que lo traía cojudo. Así buscó hasta que la halló entre la negra espesura de su desesperación erótica y los desniveles del fragoso terrenal. Maria Eugenia, advertida ya hace buen tiempo de la incursión del intruso, gracias al inconfundible y penetrante aroma a madera húmeda de Juliaca, se hizo la dormida y cuando lo tuvo suficientemente cerca lo recibió con un golpe seco y rabioso que terminó por estropearle la magnifica erección de media hora que llevaba desde que salió de casa. María Eugenia lo echó a punta de patadas y golpes de ortiga y le advirtió que nunca más volviera de lo contrario le iría a avisar a su esposa o a echarle agua caliente en las partes bajas y allí sí que se arma la grande, carajo.

Tal reacción no hizo más que enardecerlo. Varios días pasaron y el desplante se convirtió en una obsesión incontrolable y malsana en los sueños del fracasado perpetrador. Esto porque si hay algo que distingue a Juliaca de entre los miles y miles de granujas que hay en la Fortaleza, es su perseverancia. En más de una vez le habían dicho que era más terco que una mula y que su terquedad, justamente, era la razón por la cual obtenía las cosas antes que por algún talento en especial. Y no les faltaba razón, Juliaca rigurosamente conseguía y consigue todo lo que quiere aún cuando para eso tenga que servirse de métodos infames o retorcidos y aún cuando las empresas en las que se involucra parezcan redifíciles o atañan riesgos no menores. Él lo sabe bien. Por ello sabe que María Eugenia terminara siendo suya, a las buenas o a las malas y de alguna u otra manera.

Contrario a su costumbre, como se iba diciendo, decidió prescindir de cualquier estrategia y entregarse por completo a los impulsos de su inspiración. No parecía ser el mismo Juliaca de otras épocas. Ahora era un hombre achatado en inventiva y arrastrado por las decisiones de su entrepierna. Es así que resolvió ensayar un nuevo intento irrumpiendo en la casucha de la repostera artesanal una tarde de sol ardoroso. Por desgracia para él, no tuvo éxito de nuevo. María Eugenia había salido a recoger una encomienda proveniente de su Huancayo natal que traía consigo uno de los más importantes ingredientes secretos que sus, por entonces, ya afamados postres aún sin nombre, requerían. Juliaca, loco de desesperación, estalló en una vorágine de maldiciones y empezó a destrozar lo poco que hallaba a su alcance con una violencia ciertamente aterradora. Tal alboroto hizo que ni cuenta se diera de lo imprudente de su conducta. Algunas vecinas podrían alarmarse y eso dificultaría más adelante un nuevo intento de incursión en los territorios de la cholita que tan acojudado lo traía, pensó.

Se calmó un poco y se sentó al borde de un poyo andino encontrándose de pronto frente a sí, y sin previo aviso, con el brillo intenso de unos ojillos asustadizos y aún algo adormilados. Era Lupita, la hija de María Eugenia de trece años que se despertó por todo el barullo causado. Juliaca la miró y de inmediato se vio sorprendido por una tibia sensación de quietud dentro de su pecho que iba desplazando de a pocos la incontenible furia que lo arremetía segundos antes. Lupita lo miraba como quien no mira nada, con esa no mirada que lo atravesaba todito y lo hacía ser otra persona, lo petrificaba de ternura y lo ruborizaba de la más infinita vergüenza de no estar a la altura de su belleza ni su humanidad, porque esa aparición de trece bellos años podría explicar que mi vida sólo tuvo sentido hasta ahora en que la conocí, santísimo dios bendito. Un ruido extraño lo hizo volver en sí, por lo que salió de la casa confundidísimo de amor y raudo se perdió como pudo entre las demás casuchas del vecindario sin que nadie se diera cuenta que ahora era otro el que salía por esa misma puerta por la cual había entrado.

Lupita creyó que se trataba de un mal sueño o de la aparición de una de esas criaturas misteriosas y sólo reservadas para los más suertudos de quien tanto se hablaba en la escuela, de esos duendes de orejas puntiagudas y aspecto huraño (que por otra parte eran tan parecidos a Juliaca que habría que darle el beneficio de la duda a la imaginativa Lupita) pero se asustó al poco rato luego de descubrir los destrozos y no hallar siquiera un monedita de oro tirado en el áspero suelo. En cambio Juliaca, lejos de las reflexiones infantiles y maravillosas se había quedado al borde del más sensato estado de estupor y pensando y repensando de la forma más adulta que tenía en la aparición de la prematura y maravillosa belleza de esa figura adormilada y temerosa de manitas pegadas al cuerpo que se posó frente a sí.

Lo ocurrido, tanto para Lupita como para Juliaca, se paralizó en el tiempo por varios minutos, en el alboroto de una casa perpetrada, con ese olor a madera humedecida en el ambiente, el descubrimiento el uno del otro y esta sensación flameante al recordar sus profundos ojos marrones y esas manitas de reina de belleza, carajo; y que por otra parte, tanta mala suerte que ni siquiera una sola monedita en el suelo ni duende a la vista, caray. De modo que tal discontinuidad del tiempo sólo llegó a resquebrajarse con los gritos histéricos de María Eugenia al llegar a casa y toparse con tremendo desastre pero quien no necesitó de explicación alguna por parte de su bella hija para saber que el causante de todo aquello era del degenerado, maldito ese, que ahora quiere perjudicarme a mi cholita linda.

María Eugenia resolvió no tomar medida alguna. No podía. Su paralizante timidez le impedía realizar cualquier tipo de acción, además ¿quién le haría caso a una mujer tan humilde y de tan poca importancia?, se decía. Aquella noche rezó incansablemente para que Juliaca muriera o por lo menos se marchara para siempre de la comarca y decidió luego nunca más se separarse de su hija a partir de ese momento. María Eugenia era totalmente consciente de la belleza extraordinaria de su joven hija, por ello la mantenía recluida en casa todo el tiempo que no estaba en la escuela (en donde exigía que sólo sean profesoras las que impartieran las clases). Lupita era una criatura adorable pero por este encierro forzado poseía un grado de ingenuidad alarmante. No era, además, demasiado brillante, sin embargo su belleza podía equiparar cualquier defecto que se le detectase.

[...]

Pocos meses después, caminando entre las brumas de una noche asfixiada, lento como para no levantar sospecha pero con la procesión por dentro, Juliaca huye de un grupo enardecido que lo sigue desde la Fortaleza y que jura le dará caza así tenga que seguir sus pasos rastreros hasta el mismísimo infierno. Entre ellos se encuentran quienes admiraron sus gambetas y piques endemoniados y otros que no importándoles el dinero despilfarrado le pagaban los tragos, sólo por disfrutar de su grotesco humor callejero, pero que ahora, luego de enterados de los funestos acontecimientos, sólo piensan en arrancarle la cabeza a ese terrible malhechor y darle los restos de sus miserias a los perros que ellos mismos han entrenado en menos de una semana para devorar viva a su presa.

Continuará...

Mi ánimo es una loca adorable de anteojos gruesos


Por Hector Ccahua:

Para ser totalmente honestos
la vida apesta.
Apesta la comida entre los dientes
y la gripe duele
aunque no se entienda.

Para vivir hay que levantarse temprano
bañarse y si se puede
masticar algo mientras
unos trapos de más de ochenta soles
le cubren a uno el cuerpo cada día
más gastado y dolorido
(¿Por qué no se venden cuerpos nuevos a ochenta soles?)

Apestan las letrinas
y si se manchan, apestan más
o esa es la impresión que dan,
y ¿qué hay de las flatulencias y los políticos?
También apestan.

Hay que ap(e)ostar para ganar
ensayar mil veces la firma
y al mismo tiempo ser competitivo si quieres comer bien.
La vida no es como en las telenovelas
las malas son más feas
y por desgracia
no hay ensayos ni horarios programados

Una puta respetable
de grandes y jugosos pechos
apesta infinitamente
como apesta toda la cantidad de plata
que uno paga por el amor
que nunca supo obtener (o retener)

Apesta el sudor de tu esfuerzo
los bares del centro de Lima
y la modestia
la alta sociedad
y más aún la baja y la media (si tal cosa existe)

Apesta la humanidad entera
los demasiado tarde
los quizá
los dios te salve María
las medias verdades
y las medias mentiras
los partos
las quimeras
los empates cero a cero
y las gordas en blue jeans apretados
los no vale la pena
los buenos sentimientos
la igualdad de derechos
las emergencias a las nueve de la noche…

La vida apesta a pereza
a impotencia
a repetición
a incoherencia
a repetición.

Y ¿por qué uno escribe esto?
Probablemente porque
uno no termina de entender
que la vida no es para tomarla en serio
o porque simple y llanamente
uno está anímicamente hasta las huevas.

Corazón Delator II


Por Hector Ccahua:

Marietta ha decidido verme hoy. Ella siempre decide cuando verme y yo acepto. Casi siempre acepto. Saldremos por unos tragos y a bailar (ella a bailar, yo a moverme ridículamente y sin armonía alguna). Luego iremos a algún hospedaje no muy lujoso pero digno de un amor sin sentido como el que tenemos.

Ella se desnudará primero y me besará infinitamente, completamente, absurdamente enamorada. Yo la besaré como quien se besa la propia mano, con más histrionismo que verdad. Entrará al baño lenta y mansamente cubierta apenas por una bombachita de una coquetería suprema y jugará a estar sola en el cuarto no muy lujoso y a mirarse en el espejo, como quien se termina de encontrar de una vez por todas. Yo me acercaré por detrás y acariciaré y besaré su piel desnuda, su hermosa piel desnuda, impulsado por unas ganas incontenibles de morir dentro de ella, cuando menos esta noche, que podría ser mi última noche a su lado. Se volteará y pegará sus labios a los míos con una sensualidad bien ensayada, me besará la boca y aún cuando llevamos saliendo más de dos años ella ignorará (o si lo sabe se hará la desentendida) que prefiero los besos en las mejillas, por lo menos sus besos en mis mejillas.

Presurosamente me quitará la ropa y terminaremos enredados en un solo cuerpo de jadeos y sonrisas cómplices, en una discontinuada danza de movimientos frenéticos y gemiditos lacónicos. Marietta, que de italiana no tiene ni las zapatillas, me irá diciendo cosas raras mientras voy durmiendo, hablará un lenguaje extraño que no alcanzaré a entender, y recitará frases adormiladas de cierta dulzura que la verdad no sé si querré escuchar. Dormiremos plenamente y si la vida nos alcanza reanudaremos los revolcones eróticos. A la mañana siguiente nos vestiremos y luego nos despediremos como se despiden dos desconocidos en la calle, porque ciertamente eso es lo que somos Marietta y yo, dos completos y perfectos desconocidos que periódicamente se aman o intentan amarse, siempre bajo la consigna de callar lo más que se pueda tales encuentros amatorios y permanecer lo más desconocidos posibles el uno del otro.

Ella con toda su resignada nobleza ha sabido soportar tales reglas de juego, ha sabido callar, además, mis más frívolos berrinches y, sobre todo, ha tenido la paciencia de enamorarse de mí. O al menos es lo que sospecho cada vez que me coge la mano y entrelaza sus bellos dedos con los míos o me pide un abrazo que se prolonga hasta sus estremecimientos más sentidos cuando esperamos el taxi que la lleve a su casa. Por desgracia tiene en mí a alguien que no sólo no sabe apreciar sus lindos gestos de amor, sino que los repudia, menosprecia y se burla de ellos con el cinismo más miserable. La verdad no sé cual sea la razón (o quizá sí). Lo que me queda claro, en todo caso, es que Marietta es y ha sido una mujer maravillosa cuando ha tenido que serlo conmigo y yo en mi probada mezquindad nunca la he tomado en serio por mucho que me he esforzado.

No pretendo ir más allá de las disculpas inoportunas pero me es inevitable recordar los gratos momentos a su lado. Sobre todo hoy, que estoy tan lejos de ella y de todo. Y aunque Marietta hubiera preferido (como finalmente lo prefirió) que nuestra historia tomase otro rumbo, las cosas están escritas así y no me queda nada más que recordar lo vivido, que es la forma menos canalla y truhana que tengo de pedirte disculpas, Marietta querida.

Recuerdo en especial una noche. Iríamos a vernos en el centro de Lima, como últimamente acostumbrábamos hacer, entraríamos al Hotel Bolívar por unas cuantas catedrales (cómo extraño una buena catedral, Marietta) y luego de conversar y conversar sobre banalidades tuyas y mías, saldríamos a saciar nuestros impulsos más terrenales, siempre que antes no me convencieras para ir a bailar inútilmente por un buen rato (de veras disfrutabas bailar, ¿no es así?). Sin embargo aquella noche, convencido por mis amigos más cercanos, sucumbí a la idea de salir en grupo y presentarte en sociedad como mi amiga más cariñosa (debo aceptar, no con poca vergüenza, que mi deshonesto espíritu embustero ya hacía buen tiempo les había adelantado algo de tus miserias a mis amigos, y esa era la razón por la cual tanto interés te prestaron ellos).

Entramos a una discoteca embravecida por un sin fin de olores y sabores que supimos aguantar muy a pesar de mis remilgos (sabes lo poco que me gustan las discotecas) y mientras nos abríamos paso por entre la gente, demorábamos los nuestros con toda intención (yo detrás de ti abrazándote de la cintura y alcanzando a ver el horrendo tatuaje que tienes en la espalda) para que los demás se perdieran y así poder besarnos a escondidas de todos los presentes. A decir verdad no teníamos por qué ocultarnos en aquella oportunidad. Es cierto, tú aún seguías con tu enamorado, ese geógrafo desdichado con muy mala fortuna para el amor de a dos, pero estábamos tan lejos de todo y la poca luz apenas permitía distinguir las propias ideas que no parecía imperioso escondernos. Sin embargo ahora recién caigo en cuenta, luego de lo acontecido en todo este tiempo y revisando uno a uno los recuerdos que alcanzo a ver entre las brumas de mi fatigada memoria, que nuestra relación tuvo siempre algo de prohibido.

Marietta aquella noche no lucía particularmente bella ni muy arreglada, pero lo que no tenía de bella o altiva esa noche lo derrochaba en pasión y ardor ingobernables. Nos habíamos visto la semana pasada pero aún así nos sobraba las ganas de estar juntos. Mis amigos se reían secretamente de esa especie de devoción que eran sus besos y caricias. No entendían que tanta fogosidad fuera entregada a alguien que había (deslealmente) contado hasta el más minúsculo detalle de sus noches más afiebradas y una que otra infidencia imperdonable. Siempre creí (ahora no sé si creerlo) que todo aquello se debía a que Marietta albergaba un sentimiento, prohibido desde el principio entre nosotros, y que de presentarse tangiblemente se convertiría en el principal obstáculo para que nuestros encuentros subrepticios sigan viento en popa: el mundano ejercicio de amar sin ser amado. Se lo decía con bastante frecuencia pero jamás obtenía alguna confirmación. Tal vez no se enamoró de mí como suponía sino de la imagen que ella misma creó de mí (una imagen desprovista de todo sentido de realidad y de exagerada brillantez) para satisfacer su enorme necesidad de afecto masculino, que fue de lo que siempre adoleció y, a mi modesto y sincero parecer, siempre adolecerá.

Esa noche, siendo casi las tres de la madrugada, decidí pedirte que nos fuéramos del lugar no tanto por lo asfixiante o caótica que es la diversión amontonada, sino porque simple y llanamente quería arrancarte las ropas con los dientes y bañarnos juntos esas ganas invencibles de lujuria salvaje que emanaba tu cuerpo cuando se acercaba al mío. Pero me sorprendiste ingratamente cuando te pusiste del todo seria y luego apenada y algo triste (que es cuando cierta belleza te invade aún cuando no sea este tu estado natural) y me dijiste que esa noche no iría a ser mi noche, “lo siento mucho, pero he quedado en recoger a una amiga y llevarla a mi casa”, enfatizaste con tanta gracia que hasta ahora lo recuerdo. Lo recuerdo muy claramente porque al principio, no te voy a mentir, creí se trataba de una broma para calentar más mi entrepierna que hacía buen rato estaba entre intranquila y expectante. Te odié con pasión, Marietta. Y te odié más cuando me besabas y perpetrabas mi bragueta magistralmente en la algarabía de la noche (tu mayor y más innegable talento sin duda) y luego me decías que tenían tantas ganas de estar conmigo como yo, pero que si había algo que no podías soportar era la deslealtad entre los amigos. Por suerte tú y yo nunca fuimos amigos.

Yo insistí todo lo que tuve que insistir pero no pude convencerte en todo lo que duramos en aquella discoteca. Salimos, yo a acompañarte y tú rumbo a Barranco a recoger a tu amiga que desde hacía más de una hora te andaba timbrando el celular como una desquiciada al borde del colapso. Nos despedimos ardorosamente por un buen rato y cuando creí que todos mis esfuerzos y demás artimañas para que amanecieras conmigo habían resultado infértiles y decepcionantes, decidí mirarte a los ojos, a tus grandes y no muy bonitos ojos marrones y pedirte por última vez (sabes perfectamente que no me gusta insistir) que te quedases conmigo. Tu respuesta fue fulminante, “seré cachera pero mala amiga no soy”. La verdad Marietta, siempre he creído que las lisuras o palabras vulgares suenan horribles en tu boca, siento que cuando las pronuncias no consigues alcanzar la misma deliciosa sonoridad que poseen los labios de otras mujeres, menos vulgares que tú, pero de una cadencia que superan en mucho tu performance si de groserías se trata y que tan poco me excitan al oírlas. En fin, esas fueron tus palabras. A la mañana siguiente, cuando despertaste a mi lado, pude enterarme que además de “cachera” eras, al fin de cuentas, una mala amiga.

Como en todo el historial de mis desencuentros amorosos, Marietta jamás estuvo en la mira de mis romances más duraderos. La verdad es que ni siquiera me interesaba hablarle o entablar amistad alguna con esa mujer de tantas apariencias fingidas. Y eso que estudiamos cinco años de universidad juntos. Claro, por aquel entonces yo vivía una relación estable y tú, bueno, tú no sé si aún hoy conozcas el significado de tal palabra. Lo cierto es que la vida hubiera resultado demasiado aburrida sin tu presencia. Eso tengo que admitirlo.

Cuando empezamos a salir ella me contaba tantas cosas juntas que me resultaba difícil hacerle caso a una sola: hablaba sobre su vida, el terrible padre que le había tocado, sus amoríos paralelos (los cuales ostentaba como medallas de honor y los anunciaba con cierta inmodestia, como sintiéndose orgullosa) o su terrible experiencia como bulímica reticente, pero conforme el tiempo transcurría y nuestra relación tomaba algo más de forma, ella parecía entrar en una penitencia de compasivo silencio que me obligaba a tener que acostumbrarme a ser yo quien siempre hable y hable. Muchos de mis reclamos se centraron en este punto, Marietta, ¿lo recuerdas? Yo siempre era el que tenía que hablar, tenga o no de qué hacerlo. Te contaba sobre mis planes para el futuro (planes que no te incluían, por cierto), sobre el libro que estaba leyendo o sobre lo alucinante que era ese grupazo llamado Yes, y tú sólo atinabas a escucharme con una empalagosa mirada de complacencia y ternura que a decir verdad no soportaba sobre mí. Lo siento Marietta, pero yo necesitaba que de vez en cuando me callaras y me mandases un poco a la mierda, no requería de esa mirada enamorada ni esos aires de admiración que me dirigías. Perdóname toda esta sinceridad visceral, pero me parece justo que si ya no nos vamos a seguir viendo, y menos volver a hablarnos, te diga todas estas cosas que siempre callé de una buena vez.

Pero es cierto que a diferencia de otras mujeres con las que salía, tú eras la única que sabía escucharme. Mi relación con las demás siempre se restringía a escucharlas horas de horas, a burlarme cariñosamente de sus miserias y a oír sus reclamos más airados por alguna insolencia o vulgaridad mía. Pero contigo era diferente. Tú sabías escucharme y te lo agradezco infinitamente, Mari de mi corazón. Tal vez eso es lo que más extrañe de ti, tu silencio comprometido; eso y tus invenciblemente hermosos pies, los más lindos que alguna vez hayan visto mis ojos percudidos. De seguro cuando pase el tiempo y te recuerde, cuando escuche tu nombre o vuelva a leer estas líneas, el recuerdo más vivo que sobrevivirá en mi memoria de naufrago, serán inevitablemente tus hermosos y delicados pies de quinceañera que nunca besé ni acaricié tanto como hubiera deseado, añorada Marietta.

Puedo asegurar sin temor a equivocarme que tú también llegaras a extrañarme en algún momento. No sé, a ciencia cierta, qué extrañarás de mí, pero de seguro mi malos tratos y la desafortunada frialdad hacia tus afectos, no estarán en la lista de tus melancolías. Lo que puedo decir en mi defensa tal vez no suene creíble pero prefiero correr el riesgo: Recuerdo tantas veces mientras esperábamos que el sueño nos poseyera luego de aquellos combates cuerpo a cuerpo que librábamos y que tanto disfrutábamos, tú me castigabas hablándome de todo lo que te gustaba de mí, de esa personalidad que desde tus ojos rayaba casi con la genialidad. Jamás en mi vida habré de escuchar tanta falsedad reunida en una sola boca, Marietta. Decías que te encantaba mi forma de ser y que admirabas, hasta cierto punto, la forma cómo escogí vivir la vida y una sarta de sandeces irreproducibles más que me sumían en un profundo estado de desasosiego y me postraban en el peor de los desconciertos, porque yo sabía (y ahora estoy más convencido de ello) que ninguna de las exageradas cualidades que me imputabas eran ciertas en mí y eso me derrotaba por completo y me hacía sentir miserable, lo cual despertaba el más alevoso de los sentimientos permitidos hacia ti, porque tú realmente me veías así y yo te odiaba (y me odiaba) por todo eso. De cualquier modo quiero que sepas que jamás necesité de tus mentiras para sentirme bien contigo (y conmigo mismo), sólo bastaba con que fueras tú y me siguieras hablando de cuánto te fascinaba leer a Bukowski (que por otra parte aprendí a conocer gracias a tus no muy acertados comentarios hacia su decadente, y al mismo tiempo, brillante trabajo literario)

Hace pocos días atrás ella tuvo la gentileza de llamarme (como usualmente acostumbra). “Cómo estas”, me preguntó, pero algo en su voz me hizo dudar que fuera ella. No le di mucha importancia. Yo le respondí con el mejor de mis ánimos. Hacía una semana que no me llamaba y para ser totalmente francos, realmente extrañaba escuchar su voz (alguna vez le dije que su voz a través del auricular me resultaba encantadora, mucho más que en persona), “qué sorpresa”, respondí, “pensé que me habías olvidado ahora que no estoy en Lima”, le dije con una honestidad ciertamente inusual, por lo menos inusual hacia ella.

Yo quería contarle (si fuera posible la noche entera) toda esta nueva aventura que es para mí estar tan lejos de casa y describirle detalladamente este precioso paisaje de montañas de un verdor inverosímil y atmósfera melancólica que me rodea, hablarle de esta sensación inconfesable de soledad que me abruma debajo de un cielo esplendoroso que me abruma más al verlo a solas, de confesarle que desearía tanto que estuviera aquí, conmigo y me acompañase a ver el cielo infinito tan cerca de nuestras cabezas, pero ella, en esta ocasión, parecía no querer escucharme. Apenas pude decirle que me sentía una persona totalmente distinta, alguien más humano y menos ingrávido, pero ella me respondía con sus silencios prolongados que iban explicando el real motivo de su llamada. Marietta me anunciaba, luego de algunas respuestas esquivas y uno que otro suspiro contenido, que había conocido a Gabriel, un chico de aires distraídos y de un carisma entrañable. Un chico adorable con quien congeniaba de maravilla y que luego de incontables intentos, de parte de él, por obtener su teléfono y dirección electrónica, por fin decidió conocer en persona.

No te voy a mentir ni mucho menos mentirme a mí mismo, Marietta, tal noticia me paralizó en un penoso silencio que debiste notar con claridad. Sentí una sensación parecida en algo a los celos más encarnizados. Sin embargo ahora que lo pienso bien, quizás toda esa inusitada sensación de extrañas contrariedades que me embistieron no se debiera necesariamente a que yo te haya tenido reservado algún noble sentimiento o significasen que mis ojos se vieran anegado de una tristeza de amores importantes, sino tal vez se explique, en gran medida, porque Gabriel, el buenazo de Gabriel, el tipo de carisma entrañable que decidiste conocer, fuera finalmente mi gran y leal amigo de toda la vida. “¿Y pasó algo?”, te pregunté con una sonrisa ficticia y ciertamente nervioso, “Sí, sí paso”, respondiste de inmediato algo dubitativa, “¿Qué pasó?” volví a preguntarte, “Pasó todo lo que tuvo que pasar. Pasó de todo”, dijiste y agregaste, “Ya está, ya lo dije”, como para darte ánimos y engulliste tu voz de una manera demasiado dramática como para la ocasión.

De modo que Gabrielito ahora era el acreedor de tus favores y tú venías y me lo confesabas como pidiendo permiso. Inmediatamente luego de que tu voz se apagara se graficaron en mi mente las escenas de tu cuerpo desnudo en los brazos de Gabriel, quien se desvivía buscando acabarse a mordiscos el tatuaje que adorna tu espalda y tú mirándolo como me mirabas a mí, rendida de amor y ocultando tu sonrisa de placer consumado. Sólo entonces comprendí, mientras continuabas con tu discurso detallado y yo mi recuento imaginario de los hechos, que te había perdido para siempre.

En lo que a mí respecta, Marietta querida, no podría reclamarte nada, absolutamente nada. Cómo hacerlo si nunca fuiste nada mío. Tampoco pretendo que creas que estoy dolido o me siento traicionado (lo cual hasta cierto punto resulta, incluso sólo de escribirlo, hilarante y patético), lo que sí no podrás impedir es que me sienta sorprendido e impactado por la noticia aquella de saber que Gabrielito, mi gran y leal amigo, remojará su brochita donde yo alguna vez lo hice. Pero lo comprendo. Tú jamás estuviste contenta a mi lado y tu gentileza desbordada merecía un mejor trato y la mejor de las atenciones que yo ni con tres vidas te hubiera podido dar.

No negaré, sin embargo, la preocupación desmedida que me asalta el alma cuando pienso en Gabriel (el buenazo de Gabrielín como lo llamamos) y en esta nueva aventura amorosa que ha decidido emprender. Con todo lo que lo quiero y estimo me angustia la idea de que se tome demasiado en serio este papel de donjuán acechador y rompecorazones que tanto le gusta representar desde que perdió su castidad pocos meses atrás y que ya le ha valido tener que pasar más de un susto buscando (yo a su lado) un consultorio obstétrico que atienda más allá de las nueve de la noche. ¿Recuerdas Gabrielito lo asustado que estabas de solo pensar que podrías ser padre? Aquello hubiera sido terrible, no sólo porque recién te inaugurabas como el amante vigoroso y conspirador que ahora eres, sino porque además Charo, la fémina a quien enamoraste primero y luego decidiste destrozar el corazón, era, en tus propias palabras, la mujer más fea que habías visto en tu vida y demasiado complaciente como para ser tomada en serio. Me imagino que la vida no ha sido fácil para ti, por lo menos en el terreno de los placeres de la carne, pero el tiempo y un buen instructivo de cómo usar el condón te ayudaran a evitar situaciones parecidas, Gabrielito, compadre mío.

Lo que me alivia de toda esta situación, incómoda hasta cierto punto, es que confío plena y ciegamente en la inteligencia de Gabriel y en ese histrionismo suyo para utilizar a cuanta fémina se cruce en el camino con el único fin de llevarla a la cama y obtener todo cuanto se puede obtener, es decir, todo aquello que nosotros, sus amigos, hicimos bastante tiempo atrás cuando él aún lloraba desahuciado de amor por Leticia (cuántas lagrimas debes deberle a Leticia, ¿no Gabriel?) y que ahora extemporánea y apresuradamente pretende acometer con toda mujer, bonita o fea (más las segundas que las primeras por supuesto), que ose llamar su atención. Bueno, supongo que eso es lo que pretende hacer al despojarme del único affaire que me iba sobreviviendo a estas alturas y distancias de mi vida. Por suerte Gabriel sabe perfectamente su papel en esta comedia, es más, ya la representó en más de una ocasión con resultados (hay que decirlo) no muy gratos y hasta, se diría, humillantes. Lo que me inquieta, de cierta manera, es que quizás mi descuidada e innoble impertinencia de reseñar cada encuentro con Marietta lo ponga a él en una posición ventajosa frente a Marietta, no siendo esto totalmente justo para ella. Como fuere, ¿quién se hubiese imaginado que mi amiga más cariñosa, luego de un tiempo (y aprovechando un viaje indefinido), se convertiría también en la amiga más cariñosa de Gabrielín, mi gran y leal amigo? Lo siento pero nada de lo que haya dicho estuvo premeditado.

Por lo pronto, Gabrielito querido y entrañable, sólo me queda desearte la mejor de las suertes, que disfrutes de los veinticuatro años y la lozanía que Marietta tiene por ofrecerte y que por encima de todo nunca olvides cuidarte cada vez que tengas que estar con ella, a menos que, como tú bien sabes, quieras correr la misma suerte que yo tuve cuando decidí obviar toda precaución higiénica y de salubridad y sucumbir a los pedidos de Marietta, quien me rogaba no usar ese pedazo de plástico tan incómodo en el pirulo, y que ella tanto detestaba. Confío en la sapiencia que has sabido obtener en estos últimos meses y en que tomes todas las precauciones del caso, porque tú y yo sabemos que Marietta, aún cuando es una mujer de virtudes incuestionables y de buena familia, su carácter –por demás amistoso– y esa incapacidad suya para controlar la insaciable curiosidad de probar el amor de distintos tamaños y colores, te puede causar más de un problema urogenital si decides no cuidarte (lamento tanto lo ocurrido la primera vez que te acostaste con ella y espero que aquel percance tan terrible que me contaste no vuelva a estropearte la noche). Cuídate mucho hermano (hermano de leche, como dice el buen Braulio), es lo único que te puedo decir.

Por lo demás, Marietta sólo quiero que sepas que esta es mi respuesta ante el apelativo que burdamente me escogiste y que tan poco me simpatiza. Y esta, además de ello, puedo decir, es nuestra despedida oficial (tú me decías que vendría a ser la tercera de nuestras despedidas, para mí es la única y definitiva), una despedida obligada, por lo menos de mi parte y de no pocas tristezas, ya que debes de saber que la distancia te había ido nostalgizando de una manera sorprendente, y no te miento (no tendría por qué hacerlo) cuando te digo que imaginaba en mis noches más desoladas lo adorable que sería tu llegada (tal como alguna vez insinuaste en nuestras largas y últimas conversaciones antes que partiera de Lima) y visitaras mi modesto cuartito y nos reseñáramos la vida mientras jugábamos a quitarnos el poco aire frío de nuestras bocas moribundas y esperáramos que el agua hirviera para preparar ese cafecito reparador que iría a calentar nuestras gélidas manos que lo esperarían entrelazadas. En fin. Te quedarás con las ganas de conocer mi cuartito y probar mi suculento café, estimada ex Marietta.

Para terminar sólo espero puedas respetar la distancia que se ha creado entre los dos, que sepas aceptar, con esa solemnidad tan tuya y ese decoro mal ensayado que tienes, que tú y yo no merecemos seguir en contacto y que la cercanía que alguna vez tuvimos sólo se debía a la complicidad de nuestros encuentros, complicidad que ahora has decidido poner en práctica con Gabriel (y que no cuestiono en ninguna de sus formas, para serte franco). Esta es la real razón de mi alejamiento voluntario. Tú no podrás volver a ser mi cómplice mientras estés con Gabriel, porque, a diferencia del amor, la complicidad es cosa de a dos, y aún cuando nunca me pareciste confiable, sabía que podía contar contigo para nuestras fechorías ocultas. Pero ahora que has decidido ser también cómplice de alguien más, la mínima confianza que te tenía se desvaneció con la idea de que nadie puede ser un doble agente en este juego licencioso de amarse a escondidas y que si tal juego involucra la amistad (hablo de la amistad de Gabriel, obviamente) no sólo es arriesgado para la armonía de mi espíritu sino demasiado peligroso para el recuerdo y la memoria de mi hermano Gabriel, Gabrielito, amigo incondicional y que, me imagino, debido a su poca pericia en estas lides, aún no entiende (a pesar de tantas experiencias vividas) que representa una falta de delicadeza y un acto de alevosía, premeditación y ventaja quitarle la puta a un camarada.

Marietta entrañable, te pido ya para terminar (ahora sí), puedas educar a Gabrielito en las cosas del amor y en lo posible, no le convides más que tu experiencia como amante de larga data y siempre bajo la protección de un profiláctico de indudable calidad. Y que te quedes con la certeza de que nunca te amé ni te consagré cariño alguno, pero que hoy te extraño como sólo se extraña a las amantes portentosas. Gracias por los buenos momentos y por favor, no sigas llamando más en las madrugadas.

viernes 5 de marzo de 2010

Los amigos incomprensivos

Por Hector Ccahua:

Las historias de amor son aburridas. Esta por suerte no es una de ellas. No del todo. Es más bien una historia de antipatías, enemistades o si se quiere mala leche, de un amor incomprendido, poco común (o por lo menos poco aceptado) y vapuleado por, quienes se supone, son los que mejor te comprenden en el mundo: los amigos.

Estos amigos míos (que luego de lo sucedido, dudo mucho, sigan siéndolo tanto de mi parte como de parte de ellos) pasaron a buscarme a mi casa un día de enero en un auto infame, en una carcacha cochambrosa y retorcida de color amarillo percudido, chocado treinta y dos veces y causante, seguramente, de la mitad de la contaminación que abruma a la ciudad. Yo no los veía hacía buen tiempo, no por tener horarios apretados, sino por el desgano invencible de estar con ellos, por haber entendido que los años, las circunstancias y los diversos caminos que uno escoge en la vida provocan que ya no se la pase tan bien haciendo las cosas que antes se hacían o hablando de lo que se hablaba en épocas más juveniles.

Ellos, por su parte, seguían siendo los mismos (con uno que otro cambio notorio en la vestimenta, el cabello y en lo ventrudo que algunos lucían), hacían los mismos chistes que cuando éramos unos cabrones groseros e insolentes (o sea cuando éramos lo que ahora seguimos siendo pero con mayor pericia), recordaban las mismas anécdotas mil veces contadas y sus risotadas eran calco idéntico de los aullidos de hienas hambrientas de los lejanos tiempo del colegio. Yo (más ventrudo también) me sentía algo extraño, en un deja vu, en medio de un ensayo de libreto ensayado un sin fin de veces que eran nuestras conversaciones.

A diferencia de sus inquietudes por saber si fue verdad aquello que Julita (una compañera de escuela mucho más joven que todos nosotros, la primer puesto del salón y actualmente ingeniera de sistemas y poseedora de un culo prominente, majestuoso y deseado con vehemencia terrorista, por lo menos por mí) descubrió tras el escritorio del salón a Marciano (dueño del auto infame y un tipo tan pervertido que de tener los medios se culearía a sí mismo) propinándose una pajita fugaz en ausencia del profesor de turno, yo sólo deseaba dormir las horas de sueño que me faltaban y reposar la resaca del día anterior para luego disponerme a terminar por fin ese relato tantas veces esquivo y nunca terminado que era “Los orgasmos de Lupita”, una historia algo sórdida de una limeña apretadita y entregada en cuerpo y alma (más en cuerpo que en alma, por supuesto) a los placeres carnales y a la búsqueda infatigable de orgasmos memorables que ella únicamente alcanzaba a sentir cuando se revolcaba con presbíteros, sacerdotes, curas y demás ministros de dios en la tierra y cuyos instintos por demás exacerbados y respectivos rangos clericales exacerbaban el insaciable clítoris de Lupita hasta el deleite.

Si les hubiera dicho sobre mi cuento y que soñaba con ser escritor, ellos hubieran pensado, no cabe duda, que se trataba de un mal chiste o un acto de extrema cojudez, de una forma de morirse de hambre elegantemente o en el mejor de los casos de una mariconada demasiado snob para alguien como yo, un borracho irresponsable, vulgar y desmesurado, tan igual como ellos lo eran. No es que ellos fueran los más exitosos en sus respectivas ocupaciones tampoco o vieran al quehacer literario como un vejamen imperdonable, sino que les parecería una locura en un país como este país, pensar si quiera en vivir de la pluma, siempre que esta no fuera desplumar pollos en el mercado, que era la única manera respetable de vivir de la pluma que se les ocurría. Naturalmente sus opiniones no me hubieran importado mucho en otro contexto, pero yo no estaba para críticas malsanas o responder ataques insidiosos en esos momentos, solo quería dormir y terminar mi cuento, en ese estricto orden.

Siendo lo convincentes que son y bajo la promesa de desempolvar la amistad de los buenos años con un brindis sosegado en casa del Gordo, compañero leal y reciente padre de familia (nunca supe si felicitarlo o darle el pésame por su condición de padre), partimos en la cafetera de cuatro ruedas con el riesgo anticipado de tener que empujarlo cuadras más allá si la porquería aquella se detenía intempestivamente, como había pasado antes de llegar a mi casa. Por suerte aquello no sucedió. El auto por dentro era como el escondite de un oligofrénico, los asientos eran inmundos y las puertas eran pedazos de metal maltrechos a los que había que sujetar con ambas manos para que no se cayeran en medio camino.

Llegamos a salvo a la casa del Gordo y este nos recibió hosco y distante, como, según comentaban los demás que lo veían con más frecuencia que yo, su carácter se había tornado desde la consagración de su relación con la mujer de su vida y la madre de su primer y único hijo. Ella era una mujer huraña y hermosa, partidaria de la vida familiar y de estupendo sentido de compostura, era además una vigorosa combatiente de los malos hábitos que apartaban a los hombres de los buenos valores (desde que la conocí la declaré mi enemiga más acérrima dada sus técnicas opresivas y su ojeriza por todo lo que yo concebía como el tenor de mi vida: los malos hábitos). El Gordo pasó de ser un tipo de formidable humor para las parrandas a uno con restringido permiso para las sonrisas y festejos extremos, era ahora un gordo enclaustrado en su felicidad marital con un collar permanente en el pescuezo regordete que recibía, sin desearlo, las miradas de condolencia de todos los que lo rodeaban.

Mientras convencíamos al Gordo de volver a ser el de antes y liberarse por un momento de su celadora particular (esa arpía insufrible), los demás iban recordando, como para no variar, las anécdotas de antaño, de cómo alguna vez todos habíamos participado (yo solo los aplaudía. No por falta de ganas si no por ser alumno nuevo) en un paleteo comunitario y sin tregua alguna contra Gabrielín, compañero de aulas también, pequeño, esbelto, afeminado y de quien se decía ahora (no se sabe si gracias a nuestras travesuras de inicios de secundaria –como aquel paleteo comunitario– o a factores de índole interna) tenía una relación estable con un tipo mastodóntico y encantador quien trabajaba al igual que él en un banco importante de la ciudad (no gustaba de reunirse con nosotros por rencores insospechados). Dado que aquellos eran solo rumores sin confirmar, siempre se creyó que Gabrielín utilizaba sus refinados modales de señorito y ese hablar rutilante como una táctica de seducción bastante efectivo ya que siempre era visto con más de una fémina de atributos nada despreciables.

No obstante la inicial indecisión mostrada por el gordo cabrón y los chillidos insoportables de su crío en el segundo piso de su casa (incentivadas, a mi parecer, por la propia esposa malgeniada y repulsiva para que nos largásemos y dejáramos en armónica unión familiar a su gordo), nuestra insistencia tuvo cierto éxito. El Gordo contaba con una tienda que iría a surtirnos de las chelas respectivas, pero eso sí, advirtió, nos quedaremos aquí abajo. No iría a ser la primera vez que me embriague en plena calle, pensé y todos aceptamos las condiciones y aquella su determinación que no dejaba espacio a la duda. El Pelao lo entendía perfectamente (el Pelao era el matón de la secundaria, un cabrón de mala madre que no conocía la piedad ni el arrepentimiento, un tipo endemoniadamente perverso quien disfrutaba de torturar a los más débiles y castigar a salivazo limpio a todo aquel que lo mirase mal, sea hombre o mujer), él también era padre desde hacía más años y sabía que nada era más importante que el bienestar del cachorro, utilizaba esa palabra con insoportable frecuencia.

Para ese momento ya tenía la certeza de que mis amigos no sólo me aburrían terriblemente, sino que iría a pasarla mal sino inventaba algo para largarme a dormir de una buena vez. Empezaba a maquinar alguna artimaña evasiva cuando Marciano, el pervertido, empezó a contarnos animadamente su última travesura con una prima suya que según su elaborado instinto para reconocer a los buenos lomos, era una mujer de una belleza ordinaria pero de encendidas pasiones carnales. Tal historia hizo que me quedara más tiempo pues debe entenderse que si hay algo más poderoso que el sueño, eso sin duda es el morbo. Él decía que su prima (adolescente aún) le había dado carta libre para realizar las maniobras más impensadas en la historia de todas las fechorías sexuales y él, ni corto ni perezoso, le dio más vueltas que pollo a la brasa en complicidad con su cámara digital, compañera fiel de sus incontables aventuras amatorias. Marciano era un geniecillo del mal pero no tenía mucha conciencia de ello, él era más bien bastante elemental y obedecía a los impulsos de su inspiración y a lo trastocado y retorcido que estaban sus genes depravados.

Sin darse cuenta, la conversación se enfrascó en el burdo tema de los romances, los amoríos del que cada uno gozaba (o padecía) y de cómo se aprovechaba la vida y cuales eran las armas de seducción (ese ejercicio de vanidad que es simular ser una persona mejor de la que en verdad se es) más empleadas. Todos parecían querer hablar del tema, incluso El Cabezas, el más reservado de todos pero al mismo tiempo el de comportamiento más extravagante, divertido y controvertido (siempre se sospechó que era bisexual y afecto a los narcóticos, pero aquello poco me importaba, era el que mejor me caía y el único amigo que habría de sobrevivirme de esa tropa de barracudas apandilladas que osaron atacarme embravecidamente).

La charla empezó a animarse gracias a los irónicos comentarios de El Cabezas quien los interrumpía con ese su ingenio para las bromas mariconezcas y una que otra pendejada digna de celebrarse de Gómez, el narizón de la mancha. Gómez decía, sabiamente a mi parecer, que uno jamás debe enamorarse de una mujer sin antes haberla visto desnuda, calata, pelada… esto debido a su reciente mala experiencia con Carlita, una muchachita bien, menuda y fascinante que conoció estudiando inglés y dueña de unas tetas espantosas (teticas de perra, decía) y de los pies más horrendos en la historia de la humanidad. Me alegró mucho saber que mis amigos seguían siendo los mismos hijos de puta con las mujeres que se relacionaban (a excepción del Gordo marica que ahora era el trapeador donde su mujer se limpiaba los pies cada vez que quería) y a pesar de los años transcurridos y los consabidos reproches míos por su invariable conducta de pendejos ahuevados, pude darme cuenta que si hay algo de qué alegrarse en la vida eso justamente es aquel cumplimiento profético de que gallina que come huevo, aunque le quemen el pico. Se podría decir entonces, que aquello amenizó la noche y me sacudió de la modorra a la que estaba siendo arrastrado.

Animado por aquel renovado sentido del cinismo que mis amigos me habían contagiado decidí tomar la palabra intentando, como siempre, hacer alarde de una audacia impostada y parecer más inteligente de lo que en verdad era y me dispuse, con determinación de gran fabulador, a narrarles mi ultima aventura amorosa, que según mis propios cálculos no tenía comparación y era infinitamente superior a las mediocres historias que los demás habían contado minutos antes. Empecé mi narración con gran confianza y una pedantería inmoderada tratando de crear un ambiente de expectación e interés, de cómo la conocí y de qué tamaño era su belleza, pero a los demás parecía no importarles mucho aquello de crear ambiente. Les dije entonces, ofendido por la interrupción y con la mayor vulgaridad de todas que me había tirado a Lirio, un travesti delicioso de clase media y de gran porte que había conocido en un bar de Jesús María hacía pocas noches atrás.

Parecía claro, o al menos parecía claro para mí, que esa forma de iniciar la historia los había dejado perplejos, embobados, derrotados ante la majestuosidad de mi experiencia, que no siendo una experiencia religiosa fue sublime, celestial y perpetua. Encendí un cigarrillo entusiasmado por la reacción de anonadamiento que les había causado a mis amigos mi relato y me sentí dichoso y febril porque su silencio y perplejidad no eran otra cosa que su más rendida admiración y veneración a la osadía de mis cojones y a lo celosos que se encontraban cada uno de ellos. Di un largo golpe a mi cigarro y cerré mis ojos para disfrutar la gloria que era aquel silencio conmovedor y esperé como se espera las olas del mar le humedezcan a uno los pies en un ocaso perfecto las palabras de devoción de mis camaradas. Estos se miraban sorprendidos e intranquilos buscando quizá en el rescoldo más remoto de su envidia alguna forma de rebatir mi éxito y parecían no encontrarlo. De pronto y como si todos se hubiesen puesto de acuerdo en ese silencio apasionante, las carcajadas y los alaridos burlescos, desquiciados y ridiculizantes de mis amigos me explotaron en la cara como una reverberación de lucidez y me cayeron con un baldazo de agua fría, glacial, inmisericorde.

Estaba ante un evidente complot urdido por estos envidiosos del carajo que no podían soportar mi inverosímil victoria sobre ellos. Todos reían a mi alrededor sin que me quedara nada claro más allá de sus incontrolables celos. Entonces lo entendí. El Pelao me dijo, conteniendo un rato su risa perversa, que era lo más maricón que había escuchado en toda su puta vida y que yo era un chivo, un trolo, un putito, un rosquetón sin remedio y que si fuera posible tráiganme otro vaso carajo, que yo no tomo del mismo vaso de un huevón que se soba con otro huevón. Todos rieron y allí pude darme cuenta recién de la situación que se me venía encima. Me disponía a contraatacar del mejor talante cuando recibí otro embate a traición, “¿te has acostado con un travesti? Luego del primer polvo ¿que te dijo...? ahora me toca a mí, date vuelta, compadre”, terminó de decir el Gordo cabrón cagándose de la risa. Lo siguió Marciano con su risa enfermiza, “¿pero qué de malo tiene meterle la pinga a otro hombre?, muchachos… ¿Quién la tenía más grande, tú o el travieso?”. Todos reían y se burlaban sin descanso ni tregua alguna. “Y cual era su verdadero nombre ¿Roberto? ¿Kanko? ¿Rocco?”, “¿te la chupó o tú le sopleteaste la corneta?”, “¿mientras te lo tirabas le ibas haciendo una pajita?” y un montón de cosas más. Así rieron todos con euforia y saña, risa tras risa, burla tras burla, sin un minuto de sosiego.

No sé bien si las burlas que me prodigaban me lastimaban realmente o si simplemente era el hecho que estos felones siniestros no me dejaban concluir mi magnífica historia, lo cierto es que luego de buen rato de primeras incomodidades, la mofa se convirtió en una constante reprimenda de indignación por mi aventurilla erótica, es decir, por tan fabulosa noche de pasiones con Lirio, ese travesti delicioso, ese travesti delicioso de clase media y de gran porte que fue la experiencia más parecida a la felicidad que me haya tocado probar en mis cortos veinticinco años. No se trataba de una mujer conforme a ley, es cierto, pero no necesitaba serlo para poderme dar lo que me dio y hacer lo que hicimos aquella noche donde el resbaladizo destino entreveró los hilos de nuestras vidas. Siendo ella infinitamente más hermosa que cualquier mujer con la cual yo me haya acostado (y más hermosa que cualquier otra mujer conforme a ley que yo conozca) Lirio me aceptó en su departamento de soltera y me acogió entre sus meandros tibios con una hospitalidad y abnegación que me resultaron conmovedoras.

Lo que para mis reticentes amigos había sido una mariconada extrema, un revolcón repugnante con un hombre de espaldas anchas y pene de proporciones bovinas (y por consiguiente el acta de defunción de mi virilidad), para mí fue la exploración de un territorio pletórico, lozano, imposible de belleza superior y la mejor sesión de sexo jamás experimentada. “Cuan borracho habrías estado”, preguntó El Cabezas, tratando de defenderme, quiero creer. No tomé ni una gota de alcohol, le respondí, me encamé con Lirio por lo rica que estaba y porque me hubiera parecido una mezquindad imperdonable no estar plenamente consciente para disfrutar de su femineidad o de la femineidad que ella tenía por ofrecerme, “pero eso sí”, remarqué “los besos eran sin lengua. Tampoco soy tan maricón”, concluí esperando que rieran y lo tomaran de la mejor manera. No lo hicieron y más bien sus preguntas se volvían más espinosas, “entonces fue inevitable que le vieras la verga”, preguntó Gómez, con más curiosidad que inquina. Y claro que se la había visto. Se trataba de una verga comatosa, agonizante y casi imperceptible, les dije. Ellos rieron como matraca lo cual era algo bastante más mediocre y predecible de lo que yo creía. Lirio había empezado a tomar secretamente hormonas en tabletas y pastillas desde los trece años, edad en la cual entendió que era una damisela cautiva en los pellejos de un hombre. Esto le permitía tener la piel suave, alisar su voz de leñador, librarla de vellosidades impropias y contonearle deliciosamente las caderas y la cintura y al mismo tiempo abultarle los pechos (que eran suculentos) y provocar la reacción inversa en su discreto colgajo masculino.

Lirio no era un travesti cualquiera, no uno que fuera delatado a primera vista por algún remanente de su hombría (si alguna vez la tuvo) o ligado a alguna extravagancia en el comportamiento o las fachas. Su cuerpo era el de una mujer divina, prodigiosa e incomparable (a excepción del exceso indiscutible que tenía en la entrepierna) y su carácter era la de una dama refinada y sobria, una suerte de doncella de humor finísimo y gestos amorosos y delicados. “No te lo hubieras tirado si hubieras sabido desde el principio que era travesti ¿no es cierto?”, preguntó nuevamente Gómez, el agudo Gómez. Aquello tampoco era cierto, Lirio tuvo la delicadeza de comentármelo aún en el bar ya que era un acto innoble y nada brillante engañarme con algo que de cualquier forma me iba a enterar. “¿Y aún teniendo conocimiento de causa, te cepillaste al cabrazo ese?”, preguntó asqueado el Pelao hijo de mil putas. “Con el mayor placer al ver ese culo redondito y firme frente a mí”, le respondí mirándolo con atrevimiento, atrevimiento que me hubiera podido costar la vida frente a aquel psicópata homofóbico.

Me procuró una discreta alegría (y gran alivio) su silencio y el de los demás. Parecía que ahora sí los tenía en mi poder y que las burlas darían paso a las más sinceras felicitaciones que el caso ameritaba. Había sido un arduo trabajo, ciertamente. Sin embargo el escarnio y el ultraje a mi historia y a mi virilidad se reanudaron con las sonoras risas descaradas de todos los presentes y si serás maricón, si serás chivo, mostacero, un “cachacabros”, eso es lo que eres, un rosquete que sin estar borracho y sabiendo que se trataba de un hombre vestido de mujer fornicó sin repulsión con ese homosexual deleznable y pútrido.

Ya se sabe que tal homofobia no era más que una proyección inconsciente de sus propios conflictos sexuales y que si bien es cierto, les decía, yo también detesto a los cabrejos, este cabrejos era un regalo del cielo que no estaba dispuesto a desaprovechar, que pudieran ver más allá de su agarrotada forma de entender la vida y comprender las diversas formas del amor y lo encaprichado que a veces es su manifestación, que las leyes ingobernables del deseo al ser ingobernables tendrían que ser absueltas de todo juicio y que nada de malo había en el hecho de encamarse con un ser de belleza (artificial o natural) fuera de la imaginación cotidiana por la simple razón de que venga con yapa. Ellos siguieron sin entender la premisa tan básica que si tienes un pelito o una pequeñez insignificante sobre tu plato de comida (como era el pene de Lirio, ciertamente), no deshechas el plato de comida, sino obvias la insignificancia y te lo comes todito (el plato de comida, digo). Decían que al fin y al cabo se trataba de un hombre, de un hombre con pene, de un hombre con pene (presumiblemente) grande y que fuera de lo bien diseñado que estuviese por las cirugías y los aumentos de tetas y culo, él (mi Lirio) era un hombre, un varón tan igual como tú o como nosotros, un hombre con pichula, no sea marica, hombre.

Insistí un rato más, pero nadie quiso escucharme. Parecía que esta situación se me escapaba de las manos y no tenía modo de encontrar algún entendimiento de aquellos recios contendientes. Fueron tales los estragos que las burlas de mis amigos empezaron a causarme que por un momento me reproché no solo haberles comentado el hecho, sino que incluso me recriminé severamente el haberme involucrado con Lirio. Mientras ellos seguían con sus reflexiones sobre si deberían o no (y esto ahora sí iba en serio) seguir compartiendo conmigo el vaso con el cual tomaban la chela, yo me puse a recordar qué fue aquello que me impulsó a besar a Lirio, a acariciarla(o), a acostarme con ella (él) y a enredarnos con furiosa algarabía en su departamento de soltera(o).

Después de un buen rato de respuestas esquivas y no pocos esfuerzos, lo recordé. No sólo fue la calentura de mi entrepierna y lo espléndida que Lirio lucía aquella noche bajo esas luces lívidas del bar de Jesús María, no fueron solo sus apasionantes ojos color miel, sus hermosas manos de doncella cautiva, el meneo exquisito de su fabuloso culo o ese olorcito a lavanda que traía en el cabello (color miel también) lo que me impulsaron a meterle la pinga duro y parejo, lo que en realidad me impulsó a tener aquella aventurilla traviesa con el travieso aquel fue la inquietante idea de que en la vida hay que experimentar todo cuanto se pueda experimentar, en vivir la vida como si cada día fuera el último de nuestra existencia, en tener el coraje y arrojo para desafiar lo que el destino pone frente a nuestros pasos y batallar sin temores ante ellos, de enfrentarlo, someterlo y escalar hasta lo más alto de la ola de lo desconocido. Aquello, al fin de cuentas, me había convencido y alentado a probar alternadas formas de relacionarse sexualmente, a explorar nuevos goces, nuevas sensaciones, a no rehuirle al destino del placer que me desafiaba insolente y me invitaba a probar del fruto prohibido, del pecado más impensado y a la vez más glorioso.

Convencido de tal cosa, la convertí en mi último y más peligroso dardo defensivo, en la ponzoña que iría a acabar con los argumentos indómitos e irascibles de mis rivales desleales y sus burlas. Les dije entonces todo cuanto había recordado, que si había decidido tirar con un travesti no fue porque yo haya tenido un desliz en mi convicción de macho incuestionable o que aprendí a patear con los dos pies a estas alturas del partido, sino por el mismo impulso de aventura y experimentación a quien tanto le debemos cada uno de nosotros, a ese espíritu de arresto y atrevimiento (a veces impulsivo e irrefrenable y que tantos gustos y placeres nos han deparado), a aquel estremecimiento de los cojones que nos lleva a arriesgar la vida misma en busca de nuevas aventuras y nuevas emociones, a ese espíritu indomable e intrépido yo le debía la mejor noche de todas mis noches y sus burlas infantiles, ásperas e inmerecidas.

Tras mi monologo algo desencajado decidí escuchar lo que tenían por decir. Como me lo suponía, no dijeron nada y solo se rieron (desencajadamente también) y se siguieron burlando de lo maricón que era, pero nada de razones, que una cosa es ser osados y atrevidos y otra muy distinta, y ciertamente más maricona, era cacharse cabros. Nadie supo como cuestionarme aquel predicamento. Solo atinaban a seguir burlándose y aunque me quedaba la certeza de que mis razones fueron suficientes para convencerlos, ellos no me perdonaron que hubiese hecho lo indebido o quizás que no les diera la razón. Cansado de contrariarlos más y sabiendo que me llevaba conmigo la real razón decidí largarme a dormir y dar por concluida mi amistad con esos despreciables ex amigos míos que no entendían nada de la comedia del amor ni de los deseos calenturientos tras la bragueta. Me iría mandar a mudar con la seguridad de que si ellos hubiesen visto a Lirio no solo le hubieran metido pinga duro y parejo igual que yo lo hice sino que incluso, tan arrechos hubieran quedado con el solo perfume de sus cabellos y el tamaño y la suavidad de sus nalgas portentosas, que le hubiesen pedido al travesti, los culeara con el monigote que le quedaba de pene, por lo menos estoy seguro esa habría sido la petición de Marciano y El Cabezas. Por desgracia ellos nunca lo admitirían públicamente.

Toda aquella discusión me parecía estar ya fuera de sus cabales. Las burlas dieron lugar, no a las ponderaciones que yo esperaba menos entusiasta ahora, claro está, sino a amonestaciones de índole moral y a lecciones de hombría que más parecían el cuestionamiento de la corrupción por parte de algún fujimorista o la defensa del celibato y condenación de la paja salvadora en boca de algún párroco arrechón. “Dime la verdad, huevón ¿no te da ni siquiera un poquito de vergüenza?”, preguntó finalmente el Gordo esperando acaso una respuesta de conformidad o sometimiento. “Sí, un poquito”, le respondí “pero me la aguanto como los machos”. Ellos rieron por enésima vez y esta vez los acompañé en sus risas. Pero luego, cansado ya de tanta cucufatería y falso honor no quise largarme sin antes mandarlos bastante a la mierda.

No necesité pensar mucho para recordar algo que les dejara en claro que ellos tampoco tenían ninguna autoridad moral para criticar mi travesura erótica (creo que nadie la tendría). Les hice recordar, entonces, que todos los allí presentes tenían un pasado tan igual o peor que el mío y que muchos intentaban maquillar aquellos hechos como chiquilladas o distorsionaban sus recuerdos para alivio de sus culpas contando historias poco parecidas a la verdad. Porque a pesar de todos los años transcurridos todos al parecer habían olvidado como, en más de una vez, arrinconaban a Gabrielín y lo sodomizaban sin escrúpulos ni ninguna otra cortesía, que apretaban sus cuerpos adolescentes fuertemente contra el débil cuerpo del individuo en cuestión en los baños o en el ultimo piso del colegio luego de las clases de danza y que luego de ponerlo entre su espada y la pared, lo felicitaban con cariño fraternal porque con tanto desenfreno y alboroto ya no necesitaban de la propia mano para obtener el placer que sus jóvenes hormonas necesitaban.

Las risas se detuvieron intempestivamente y todos me miraron con un asombro alarmante y cierto rencor por traer aquellos recuerdos olvidados y que nunca gustaban de recordar, no por dejar de ser divertidos, sino por mancillar su heterosexualidad y recordarles que probablemente eran los responsables directos de la conformación de un maricón más en la vida o de haberle cagado el destino a alguien que no tenía por destino el gusto por los hombres. Intentaron defenderse y terminaron por atacarse unos a otros, casi a amenazarse y a buscar que inmiscuirme en aquella violación masiva, sin mucho éxito. Utilizaban las excusas de la edad, la inmadurez, el hervidero que eran las hormonas por aquellos años, el descubrimiento y reconocimiento de los impulsos y sin darse cuenta terminaron rebatiéndome tal situación con los argumentos que yo había esgrimido para justificar mi revolcón con Lirio, y por tanto (sin que ellos lo aceptaran) dándome la razón.

Me fui con la algarabía que significa saberte vencedor de las hostilidades y con la satisfacción de ver las tripas rivales regadas en todo el campo de batalla, los ojos aún agonizantes y que podía darme el lujo de pisotear y esparcir contra el suelo. Me fui ante el reclamo de unos amigos molestos y heridos en su orgullo, enojados con su pasado y avergonzados por verse reconocidos en mí como unos maricones imperdonables. “¿A dónde te vas, huevón? Ven regresa”, dijo alguno por allí, “voy a ver a Lirio”, les mentí, “ya deja a ese cabro y quédate con nosotros, no seas mal amigo”, volvió a decir otro. Yo reí por dentro y entendí que ya no podía seguir viendo a estos pendejos insolentes como amigos (no como amigos confiables o leales por lo menos), que su deslealtad no solo era conmigo sino también con ellos mismos y que ya no era nada seguro permanecer allí y solo pude decir para despedirme lo primero que sentí al saborear el nombre de Lirio en mi cabeza, “al mazo con ustedes, huevones... no me quedo porque, entre miles y miles de razones más.... ustedes no me la chupan como ella”.

Partí y deje atrás no sólo los buenos años sino también varias cervezas por chupar pero me quedé con la invencible certeza de que la amistad no es un sentimiento que me interese mucho conservar, sobre todo si en ese proceso se irrespetan aspectos tan importantes como la tolerancia, la comprensión de puntos de vista distintos o el entendimiento de los placeres carnales y sus correspondientes desvaríos de cuando en vez. Ellos se quedaron con el ánimo avinagrado y acompañaron mi partida con algunas descortesías propias de quien no tiene más argumentos que el insulto barato y simplón. Por lo pronto, sé que no veré más a esos tipos indeseables y que mis amigos ahora se restringen al formidable número de cinco personas.

P.D.: Saludos cordiales a Julita, Gabrielín y a Lito Lito. A los dos primeros mil disculpas si se sintieron ofendidos o vieron mancillada su honra al ser inmiscuidos en este relato sin su debido permiso o autorización y al tercero por no ser nombrado en toda esta historia. Mil perdones también.

viernes 25 de diciembre de 2009

El grinch que llevo dentro


Por Hector Ccahua:

He intentado por todos los medios no escribir nada sobre la navidad, ni sobre los previos o el ambiente circundante, ya lo hice alguna vez y no resultó. He luchado para no sentarme frente al computador, en no pensar sobre aquello, en no comer panetón siquiera, en mirar sin ser visto y demás ejercicios para refrenar las ganas de decir algo, pero no he podido. He sentido una necesidad ingobernable de escribir hoy sobre la navidad. Y como siempre, solo he descubierto que mi fuerza de voluntad es tan inquebrantable como una galletita de soda. No sé qué tanto rollo con la navidad.

Debería ser como los demás, aceptarla, es más disfrutarla, comprar los regalos feliz de la vida y armar mi arbolito y el nacimiento con mi familia (que no es mucha). Pero voy entendiendo que llevo a un grinch dentro de mí. Uno que, si bien, no odia la navidad por completo (básicamente por los recuerdos), cree, con todo el respeto que las personas que armar su nacimiento y atiborran las calles en la búsqueda de algún presente o del tan anhelado (e insípido) pavo se merecen, no es otra cosa que una reverenda mierda.

Seré específico en este punto para no aburrir a nadie. La navidad es una mierda principalmente porque por estas épocas las calles son un verdadero infierno (más de lo que ya, gracias a la magnánima obra del hijo de puta del alcalde de Lima, sus calles eran). La gente se aglomera como gusanos en las estrechas callejas de una Lima deleznable creando inmensas y execrables procesiones interminables que no sólo empeoran el terrible tráfico de esta cagada de ciudad (y que los choferes más ahuevados que nunca parecen disfrutar hasta el hartazgo), sino que además son una invitación (delicioso banquete) para las hienas pululantes y mordaces que son los choros, ladrones hijos de mala madre que no dudarán ni un segundo en clavarte una estaca en el mero ojo para llevarse tu panetón D´onofrio o tus tabas que ni originales son. Porque si hay una cosa cierta es que la navidad, además de ser época de panetones, chocolatadas de los generosos parroquianos, cohetones arbitrarios y un pincho de etcétera navideño, es que es la época de chorizos, de rateros que sudan camiseta con el fin de llevarle una cena decorosa a su familia y uno que otro celular robado.

El síndrome de la navidad se reconoce en la gente por el cristianismo (ese mal esparcido en la tierra por gente con escasa inteligencia, genitales infantiles, una vida sexual más aburrida que el canal de Belmont o una combinación de todas ellas) que le rebalsa por las narices o cualquier otro orificio pundonoroso y que se alucina generosa y quiere ayudar al más necesitado dándole lo que en otro contexto terminaría en la basura o arrinconado en un escondite en la casa. Porque la navidad, es para muchos una época de dar a los pobres, a los cholos de los asentamientos humanos, a esos muertos de hambre (que en el fondo desprecian) algo de lo que a nosotros nos sobra, porque sino fuera por nosotros, esos miserables no tendrían que comer, pobrecillos. Por eso ante la mínima oportunidad aprovecharé en dar, dar lo que tenga (que en ningún caso, jamás de los jamases, me gustaría recibir a mí, las sobras son pa´ los cholos).

Y si bien antes no podría haber emitido juicio alguno respecto a aquella tradición (estúpida) de intercambiar regalos, hoy tengo que decir que gracias al trabajo – que es el peor enemigo de un escritor o en mi caso de un escritor aficionado – en el que estoy metido (no por que yo quiera, sino por el buen sueldo que le dan a uno por mentir y sonreír mintiendo) es que no hay nada más absurdo que jugar a regalarle algo a una persona que no conoces (y que en el mejor de los casos no quisieras conocer) y encima llamarlo amigo secreto (que de amigos en una oficina llena de zorros viejos y lobas con piel de cordero o arpias sigilosas no se puede hablar).

La navidad es una mierda medularmente porque los cohetones en los cielos y en el ambiente son una fiesta, un espectáculo apoteósico, pero en las manos de un niño sin vigilancia (ya sabemos que de esos abundan en la ciudad) son terribles quemaduras, apuntación de dedos y/o desgracias más cruentas que terminan en la cama de un hospital nacional al día siguiente y por los siguientes meses. Por los suicidios de la gente que no tiene ni perro quien le ladre, que está sola y que espera las doce campanadas de la noche buena para colgarse o tomar raticidas. Por los malditos villancicos y los malditos toribianitos que siempre son los mismos por más que pasen mil años (como polistel). Por creer que las lucecitas de navidad reemplazan la alegría o son una expresión de ella. Por los regalos costosos que podrían significar la comida de todo un año para tantas familias. Por decorar las casas con esas medias rojas escandalosas colgadas por aquí y por allá, por los adornos interminables, insoportables, por la nieve artificial y las chimeneas, por las tarjetitas musicales, por los muñequitos que componen el misterio del nacimiento (por qué carajos tiene ese nombre, aún nadie me lo responde) y que tanto espacio ocupan en mi casa (quiero que mi familia sepa desde ya que aquellos ornamentos gráciles que tanto aman ellos terminan acariciándome las criadillas cada vez que pueden y siempre que no hayan moros en la costa, por no decir que me la paso por los huevos siempre que me topo con esas huevadas inservibles). Por esto y por mucho más la navidad, con el respeto que ustedes se merecen me parece una reverenda mierda.

P.D.: Saludos cordiales del grinch que habita en mí y que hoy no supe como reprimir con éxito.

viernes 27 de noviembre de 2009

Manual para los amantes desatendidos


Por Hector Ccahua:


Idea básica: Estar solo(a) puede ser una cosa muy buena.
Dormir, comer, bañarse, reír (todo menos beber)
a solas puede ser una muy buena cosa.
No supongas nada en las cosas del amor.
Todo es lo contrario de tus presunciones.
No busques explicaciones
ni pienses que todo pasado fue mejor
no pierdas tu tiempo, que es poco.
Recuerdas que siempre nos queda poca vida.

No llames por teléfono.
No mandes mensajes de texto.
No utilices tu nick del Messenger para hacerle saber al mundo que sufres por un desamor, no lo hagas, a los demás no nos interesa un carajo tus sentimientos.
Tampoco quieras comprensión a través de ese medio (extiéndase este concepto también para el facebook, hi5, twitter, myspace), entiende, ¡¡no nos importa!!
No pretendas que todo mundo entienda tu situación contrariada.
No pienses que algo bueno puede salir de todo esto.
Nada bueno va a salir.
Solo vas a sufrir como condenado(a).
El asunto está en que nadie tiene por qué enterarse.
Esa es la chamba más ardua para ti.

No leas libros de autoayuda.
No te pintes el cabello (si eres mujer)
ni vayas a un prostíbulo (si eres hombre). No todavía.
No te emborraches a solas (nunca es divertido a solas)
Pero por sobretodo no escribas poesía (por el amor de dios, no lo hagas, métete un tiro en la cabeza si quieres, pero jamás, jamás escribas poesía en circunstancias patéticas).
Prueba escribiendo un diario (eso sí, no se lo muestres a nadie. Ya sabemos que a nadie le interesa)
Escribe lo que se te ocurra.
Llora si quieres como niño(a) escribiendo tus recuerdos marchitos y tus decepciones.
Luego quémalos junto con los regalitos cursis y cartas empalagosas que te han sido obsequiados por aquella persona a quien ahora pretendes olvidar.
Antes de quemarlos, date el gusto de reírte de ti mismo(a) leyendo las porquerías que has escrito, verás que son un mamarracho de escasas luces literarias.
Si hay algo que te guste, quémalo igual, nada bueno te va a salir, créeme.
No recurras a canciones sufridas, románticas, nueva ola, boleros cantineros o del tipo no soy nada sin ti o sírvame la copa rota.
Tu sufrimiento debe ser clandestino, secreto, personalísimo
no le des el gusto de ver a tus enemigos que tus sentimientos están expuestos.
Recuerda que todos son potencialmente tus enemigos en esta etapa
que es donde más vulnerable te encuentras.

Camina, fuma, observa.
No estudies. Lee, lee buenos libros,
si puedes historias sórdidas, sorpresivas, inquietantes.
Canta mientras puedas (y mientras no se traten de canciones corta venas)
Huele aromas extraños.
Has cosas que antes no hacían
o que jamás pensaste hacer.
Mata animales pequeños (insectos) con las manos.
Disfruta matándolos.
Así estarás más lejos de matar a alguna persona.
Si eso no sirve prueba torturando gatos.
Hay miles en el mundo.
Si sientes lastima por ellos
piensa que son probablemente más inteligentes que tú
y que si tuvieran los medios
harían lo mismo contigo.

No esperes nada bueno de la gente.
A ellos no les importa si tu relación fracasó
o si tienes el corazón destrozado.
Mantenlos alejados de ti lo más que puedas (en un principio).
Siempre que te convenga, miente
miente despiadadamente.
Di que estas bien,
que nada te afecta y que las cosas son mejores ahora en tu vida.
Miente con cinismo y sé convincente.
Recuerda que aquella persona de todas maneras se lo comentará a quien tú menos piensas.

Idea cardinal: Evita por todos los medios el despecho.
El despecho es para los boleristas, para los criollos arguandientosos para quienes no les queda ni una pizca de dignidad.
No para ti.
Jamás cometas el grosero error de pisotear tu vanidad
por un desengaño amoroso.
Nadie se ha muerto por ello.
Si has decidido entregarte a la peligrosa labor de amar
o crees tener esa capacidad
empieza a amarte a ti mismo primero.
La tarea en esta parte de tu recuperación consiste en hacerle entender
a quien te terminó, engañó, pidió un tiempo,
te dijo que ya no sentía lo mismo que al principio
o simplemente se fue a convivir con otro(a)
lo que se ha perdido.
Y si en todo caso aquella persona te hizo algún daño
no trates de vengarte. No inmediatamente.
Planea cuidadosamente la estrategia a seguir para causarle el mayor daño posible (solo en el caso de una acción alevosa).
Si no fuera el caso
la mejor venganza siempre
es disfrutar de su lejanía
y la vida después de ella(él).

Trata en lo posible de no ir a misa
o refugiarte en la religión (nunca resulta una decisión inteligente).
No niegues tu naturaleza humana.
Ahora no es buen momento para amar al prójimo
ni para arrendar la otra mejilla.
No niegues lo innegable.
Deja que el odio fluya libremente
y sé cruel.
Libera ese lado que tanto niegas
y odia sus desatenciones afectivas.
Sus defectos.
Sus vicios.
Sus recuerdos.
Cuando tenía la razón.
Cuando no la tenía y aún así te convencía.
Cuando te manipulaba.
Odia las cosas que te hizo y no te ahorres insulto alguno (los insultos siempre son buenos, uno no puede vivir sin ellos, no saludablemente).
Recuerda que tu objetivo
es salir de tu lastimero estado de sufrido(a) lo más rápido que puedas.
Empieza por entender algo.
No puedes olvidar algo por más que te esfuerces.
No lo lograrás de esa manera.
Nunca has podido.
El olvido está muy lejos de tu eficacia en estos casos.
Intenta asimilar el hecho con dignidad y orgullo.
Es más fácil así.
No confíes en nadie nuevamente
ni siquiera en tu terapeuta aficionado de la infancia
o en uno de a de veras
que se llevará tu dinero
por un trabajo infructuoso (en este momento no sirve nada de eso).

Cuando puedas entender todo aquello
y te sea más fácil mentir,
lastimar animales,
odiar,
desmitificar el rompimiento de una relación
y cambiar el desconsuelo como estilo de vida,
lograrás perder el ocioso vicio de sufrir
por un amor no correspondido.
Ya alguien lo había dicho.
Siempre hay más peces en el aire
y pájaros en el mar.

Es aconsejable salir del encierro que probablemente ha acompañado los días de desasosiego sentimental.
Busca a tus amigos y amigas.
Utilízalos para salir, divertirte con ellos.
Sal,
bebe (si es posible en exceso),
fuma,
baila.
Utilízalos para distraer la congoja.
Ríe fuerte
y canta.
Respira hondo.
Sigue bebiendo (chupa todo trago cuanto se pueda).
Utilízalos para que te lleven a tu casa en hombros
o arrastrando.
Has cosas que antes no hacían
o que jamás pensaste hacer.
Besa a tu mejor amiga(o) en la frente
y luego en la boca (procura siempre que sea del sexo opuesto, no sean tan maricón tampoco).
No te disculpes
ni des explicaciones.
Recuerda que siempre nos queda poca vida

No creas que un clavo saca a otro clavo.
Ese es un dicho para imbéciles.
Siempre que puedas
busca ser feliz en el amor
a través de poluciones eróticas,
que son las formas más concretas de felicidad que existen.
No vayas más allá.
No es tiempo para el amor romántico (nunca es tiempo para el amor romántico).
Sé un coleccionista afiebrado de polvos memorables.
Besa como te dé la gana
pero intenta que siempre sea con pasión.
Olvídate de hacer el amor,
ten orgasmos
solo ten orgasmos.
Búscate un(a) amante eficiente y vigorosa(o)
que hable lo menos posible
y que en lo posible pague la mitad de la cuenta.
Nunca es bueno desatender las finanzas.
Recuérdalo siempre.
Lo ideal siempre es tener más de un(a) amante
por si alguna de ellas(os)
te deja,
se muere
se muda
o simplemente se casa con su novio(a)
y decide ser fiel.

Si alguna(o) de ellas(os) te deja,
búscate otra(o).
Y si te queda tiempo
véngate de su insolencia
sin pudores
e insúltalo por haberte dejado.
O en su defecto escribe sobre ella(él)
las historias más inquietantes de su intimidad
sin reservas de ningún tipo.
Ah, eso sí, no olvides cambiarle de nombre
para evitar demandas fastidiosas.
Siempre podrás decir que se trata de simple ficción
o de creación literaria.
Un amante solo merece consideración hasta que nos deja.

Ten presente siempre
la posibilidad de una derrota en esta batalla
que es dar término a una relación amorosa.
Si quieres un consejo verdadero
jamás tengas familia ni hijos.
Mientras menos gente haya en el mundo mejor nos irá.
Recuerda finalmente que ninguna persona
es confiable.
Por último, recuerda siempre que termines una relación
trata de terminar mal,
que sea un final tortuoso,
conflictivo y si es posible
entre amenazas e insultos de alto calibre.
Así se facilitan mucho las cosas.
Terminar bien
y ser amigos no funciona, nunca funciona.
Lo primero que debes hacer
es alejarte de ella(él) por un buen tiempo.

Idea opcional: Olvídate de ser buena gente.
Los buena gente solo obtienen admiración y respeto
y ese tipo de huevadas inútiles
que no sirven para nada.
Sé despiadado(a), maldito(a) y desgraciado(a) (o por lo menos aparéntalo)
y obtendrás sentimientos encontrados en los demás.
Confusión, incertidumbre.
Ellos sentirán odio por ti pero a la vez desearán entenderte
Te desearán aunque lo nieguen.
Tu vida necesita de emociones intensas
y no lo conseguirás haciendo buenas acciones
o escuchando constantes felicitaciones
de los otros que en el fondo solo sienten lastima por ti
por ese afán desesperado de ganar afecto de los demás
a toda costa.
Intenta crear discordia, cizaña y provocar discusiones
entre las personas que parecen ser felices.
La infelicidad de los demás
podría convertirse en tu felicidad.

Y por último si todo esto no funciona para ti
y solo te has sentido más miserable,
perdido(a),
desdichado(a),
sin soluciones a la vista
y desesperado(a),
intenta escupirle la cara al(a) causante
de tus penas y desatenciones amorosas.
No des explicaciones
ni te disculpes.
Puede que esto no solucione nada
pero puede que sea divertido.
Nunca está demás intentarlo.