jueves 5 de noviembre de 2009

Onomástico (disculpen la tristeza)


Hoy cumplo veintiséis años como también podría cumplir veintisiete, treinta y tres o cualquier otra edad que me toque cumplir y la verdad no sé cómo me deba sentir. Mi mamá me ha saludado con su gentil y amorosa rudeza y se ha ido a trabajar, mi hermano también me ha saludado y me ha abrazado (o se ha dejado abrazar por mí) y luego se ha tirado a la cama hasta las diez.

Hubieron tres llamadas telefónicas y un mensaje de texto. El primero fue mi papapa (así me enseñaron a llamar a mi abuelo) desde tierras gringas y lo he notado melancólico y taciturno (como casi siempre ha sido conmigo). Seguramente debe tener menos cabello que en mis recuerdos y más pecas en sus manos toscas, humilladas y mal pagadas, me ha saludado con fervor y yo sólo le he dicho gracias, que es lo único que se me ocurre decir en ocasiones como esta. Luego mi papá me ha llamado desde su celular agitado (por las ocho cuadras que tenía que caminar para llegar a su trabajo) desde la Argentina de sus amores, donde va muriendo con sus ojitos de sapo y sin mí (en realidad todos vamos muriendo en cualquier lugar que nos encontremos) y su voz, como tantas otras veces, me ha conmovido hasta la desesperanza, esa voz de madera seca se quiebra ineluctablemente y un llanto astillado en la garganta me ha dicho que será el último cumpleaños que pasemos lejos uno del otro, yo le digo que así será y en verdad espero que así sea. Cuelgo y me voy a seguir durmiendo, pero ya no duermo, cierro los ojos y pienso que tengo un año menos de vida y que quizás esté muy viejo para empezar algunas cosas y sea demasiado joven para entender otras, tal vez me sienta triste.

Mis primitos (que son probablemente lo que más quiero en la vida) me han llamado antes de ir a la escuela y me han saludado con saludos inseguros y desconfiados como se saluda a quien se cree no los ama como debiera o de quien no se tiene la certeza de su franqueza afectiva y me han dicho que la pase bonito y yo les he dicho gracias hijos míos (ya que soy su padre autoimpuesto desde mis 11 años), tal vez me sienta triste.

Probablemente más tarde mi mamama me abrazará y llorará abrazándome (a ella le debo mi tristeza milenaria) y con sus manos ejemplares cocinará una deliciosa comida de hogar disfuncional, yo le diré gracias y estuvo delicioso mamama, y la amaré en silencio, que es como ella me ha amado desde siempre. Mi tío y mi tía me saludarán también y verán en mí al recuerdo de mi padre que va muriendo lejos, como yo justamente voy muriendo frente a esta inútil hoja de papel. Las hijas de mi tía, mis primitas amorosas, convulsionadas e injustamente marginadas me van a saludar (aunque sospecho que ellas olvidarán que hoy es mi cumpleaños como yo tantas veces lo he hecho con el suyo) y a llenar de besos y se los agradeceré con besos de impostada felicidad.

Los pocos amigos que tengo (que son unos conchasumadres en el más amplio sentido de la palabra) llamarán o mensajearán y yo les estaré agradecidos por la cortesía y sonreiré de buena gana por lo conchasumadres que son (ojalá me regalen algo y se ahorren las llamadas y los mensajes).

Mi mamá, esa mujer incierta que me dio todo menos su gran coraje para la vida, contará las mismas historias de siempre, contará que un cinco de noviembre en la madrugada mientras yo nacía unos ladronzuelos rapaces entraron a la casa y se llevaron únicamente a la gallina que estaba destinada a hervir en una olla para reponer las fuerzas agotadas en el esfuerzo de traerme al mundo. Dirá también que sujeté con angustiosa fuerza el pulgar de mi papapa, que orgulloso veía a su primer nieto sumergido y lloroso en una tina de plástico de familia inmigrante recibir su primer baño, y dirá además que era un llorón de pulmones infatigables y que al ser el primer nieto de la familia pasaba de cama en cama todas las mañanas para que nadie perdiera la oportunidad de cargar a quien sería la esperanza de la estirpe y que a sus veintiséis años no sólo los ha decepcionado tremendamente sino que además lo seguirá haciendo por largos años y que no tiene ni el más mínimo interés en hacer que se enorgullezcan de él. Ella seguirá contando las mismas historias y yo no sé si querré seguir escuchándola pero la seguiré amando.

Hoy que es mi cumpleaños inevitablemente me siento solo (que es como realmente quiero estar), desolado y ensimismado en una casa embargada y siendo un don nadie con un trabajo que no quiero y sin dinero para despilfarrarlo como deseo, fumando el sexto cigarrillo de la mañana y con tres tazas de café en mis venas mediocres, tal vez sí me sienta triste. He querido llorar como cuando niño pero no he podido, me he esforzado como nunca, pero no he podido hacerlo y no sé si deba alegrarme o preocuparme por ello. Tengo veintiséis años y no tengo regalos de nuevo, no sé cómo deba sentirme ahora ni que más decir luego de un saludo congratulado, sólo me queda la certeza de un año menos de vida y una familia entrañable y a la vez inmerecida. Y la incertidumbre de estas líneas que no han venido a explicarme nada, nada de lo que ya estaba enterado. Llamémosle necesidad o mera vanidad de un escritor aficionado y sin gracia, por tanto, ¡feliz cumpleaños a mí! (disculpen la tristeza).

miércoles 28 de octubre de 2009

Los borrachos también lloran III


Capítulo Tercero

Por Hector Ccahua:

Los cumpleaños deben ser la mejor justificación inventada para el festejo desmedido e inmoderado, por aquello que la vida es una sola y hay que vivirla así, sin mesuras de ningún tipo ni mezquindades terrenales y por aquellos que creen que la juventud hay que disfrutarla hasta la última gota. Por eso, hoy que es el onomástico de Gianella, sus padres, dos señores indiscutiblemente respetables, han dado luz verde a las celebraciones que se realizarán en honor de su entrañable hija. Para Gianella no podría ser de otra manera, la fiesta tendría que realizarse en su casa como todos los años y como todos los años esta tendría que ser memorable, inolvidable para todos los asistentes. Sus padres, siempre respetables, la amaban lo suficiente como para satisfacer todos sus caprichos de cumpleañera, a pesar de saber anticipadamente la catástrofe que iría a ser la casa al día siguiente de las festividades. Pero eso importaba poco, lo primordial era proveerle toda la felicidad posible a su querida hija.

¿Y que sería de una fiesta sin sus invitados? Estos llegarían en cualquier momento, habrían de reunirse en la universidad, (porque Gianella está en la universidad y sus mejores amigos son los que estudian con ella) para llegar todos a la vez. Catalina, amiga íntima e inseparable de Gianella – y a la cual le debía la amistad de muchas de las personas que vendrán a la fiesta – era la encargada y anfitriona de llevar a los demás chicos a casa de la agasajada. Catalina la había conocido en los primeros años de la universidad con ese su carácter cordial e indulgente y propició que Gianella venciera las barreras que su timidez le planteaban y la convenció a interactuar con mayor libertad. A Catalina no le costaba mucho trabajo eso de interactuar ya que era bastante inteligente y poseía un no sé qué, una belleza extraña tal vez, que le brindaba una confianza diamantina y la hacía tan fácilmente accesible, tenía, en definitiva, un talento innato para caerle bien a las personas.

Sin embargo, y en palabras de Gianella, Catalina se había convertido en una ingrata tenaz y había perdido todo buen ánimo para la diversión extrema desde que empezó aquella relación sentimental hacía más de dos años. En todo ese tiempo Catalina iba sólo por cumplir (y por poco tiempo) a las fiestas o reuniones, que como todas, estaban guarnecidas de trago de todos los olores y colores y que terminaban con las primeras luces de la mañana y en ocasiones con desencuentros de tipo pasional. Gianella no le deseaba mal a nadie, pero se alegraba secretamente de que su amiga del alma haya dado fin, de una vez por todas, a su relación hace pocos días. Nadie más que Gianella sabía las razones oficiales, pero se rumoreaba que la ruptura tuvo su origen en lo poco placentero que se habían vuelto los encuentros eróticos de la pareja. Algunos decían que Catalina era casi como un témpano en la cama, que había perdido todo interés sexual y ya no satisfacía las demandas de su novio, mientras que otros se inclinaban a pensar que la causal de este aburrimiento entre sábanas se debía al descomunal tamaño del aparato urogenital que el chico de Catalina poseía (y que ella misma se encargaba de enterar a los demás) y que esta no podía cobijar a semejante criatura sin experimentar un dolor nada parecido a la delectación. En todo caso, lo que más le importaba a Gianella era que su entrañable amiga volvía a las andadas y a los festejos salvajes justo hoy que era su cumpleaños.

Luego de casi quince minutos de espera Catalina divisó a Verónica –otra amiga casi tan estimada por Gianella como ella y dueña de un carácter asiático y lozano– llegando al punto de encuentro con los demás invitados, todos amigos de la cumpleañera y compañeros de estudios. Catalina saludó efusivamente a todos, especialmente a Alexis, no porque ella sintiera algún entusiasmo romántico por este, sino por corresponder a una amistad a todas luces enternecedora y ganada en base al delicioso sentido del humor y temperamento dulzón y paternal que “el abuelo” (que así lo conocían todos por ser el de más calendarios) poseía y convidaba a todo aquel que se dispusiera a escuchar sus bromas geniales y disparates de alucinado. Pero Alexis, quien sí cobijaba un entusiasmo romántico por la extrañamente hermosa presencia de Catalina, se hallaba hacía muchos días en un estado constreñido de lucidez para las bromas y los festejos debido al sometimiento de sus fuerzas hilarantes a manos del más entorpecedor y mundano de los infortunios humanos: el amor, el amor por Catalina. Por ello no fue difícil para Marcos, su amigo incorregible desde la preparatoria, enterarse de su estado y brindarle, en primer término, su apoyo logístico para la conquista de Catalina y, luego del rotundo fracaso, propiciarle burlas ácidas por su ineptitud para el cortejo con totalmente mala leche como era su característica. Y es que Alexis era demasiado bondadoso en su amor hacía ella y no cumplía con la dosis de maña y picardía maleva necesarias para un galanteo exitoso. Meses después, Marcos no sólo se burlaría del estado de embobamiento en el que su amigo había quedado luego del rechazo, sino que además destrozaría hasta el rescoldo más primario de amistad entre los dos al sostener una relación tormentosa y apasionada con Catalina frente a los ojos percudidos de Alexis sin contemplaciones de ningún tipo.

Junto a Marcos y a Alexis, estaban el melenudo Rayan y su enamorada Ysela. Ambos vivían por aquel entonces el más feliz de sus estadios amorosos. Tomados de la mano e intercambiando miradas afiebradas, poco parecía importarles la presencia de los demás y si iban a la fiesta en lugar de estar encamados y hacer el amor retorcidamente en aquellos mismos instantes, era por el gran cariño que le tenía a Gianellita. Rayan se encontraba en un completo estado de complacencia y sumisión, para él Ysela era la felicidad completa. Se trataba de una chica sexy, fogosa y que lo amaba con intensidad volcánica, eran los mejores años de su vida sin lugar a duda. Todos los presentes habían sido testigos días atrás, durante un almuerzo de camaradería en un restaurante congestionado, de los límites de su amor delirante, cuando Rayan recibió en su boca (y casi sin estremecimiento alguno) la comida masticada y triturada por la boca de Ysela. No pocos dejaron de lado su almuerzo y algunos enfilaron al baño con unas arcadas tremendas, especialmente los de estómagos sensibles. A ambos les sorprendió ver la reacción de repugnancia y aversión que les habían causado a los demás aquel intercambio bizarro de comida, “es como pasarse el chicle o compartir un chupetín”, decía Rayan tratando de justificar su amor desmesurado por Ysela e intentando masticar el ya masticado bolo alimenticio que su bien amada trasladó desde su propia boca. Los demás explicaron a través de esas “muestras de afecto” el excesivo sobrepeso que ambos amantes lucían sin espanto por aquel entonces confirmando con eso que la felicidad engorda.

La última en llegar al improvisado centro de reuniones fue Juana, quien casi olvida que hoy era el cumpleaños de Gianella, ella iría solo por cumplir a la fiesta dado que su reciente (e incierta) devoción religiosa le impedía el consumo de bebida alcohólica alguna o los incidentes eróticos ocasionales que poco tiempo atrás ella misma propiciaba con quien estuviera dispuesto(a) a someterse a sesiones de masturbación mutua en algún establecimiento público. A nadie dejaba de sorprender este repentino cambio, pero bien es sabido que Juana (antes libertina, borracha y un alma conspiradora y ahora una antipática religiosa y de ánimos conservadores) es una mujer de armas tomar y que lo todo que ella dice, lo cumple. Con la llegada de Juana, todos enfilaron rumbo a casa de Gianella previendo el gran tono que se avecinaba.

Gianella los esperaba con cierta desazón. Su chico la había llamado para decirle que se iría a demorar en llegar un poco más, debido a que se encontraba en un embotellamiento feroz de esos que uno no sale hasta que se acaben todas las botellas. Una leve preocupación se deslizó entonces en su conciencia, ya que hoy Gianella tenía previsto presentar en sociedad a su chico, no solo para ganarse la admiración de sus respetables padres, sino para que de una buena vez se acaben aquellos rumores y especulaciones que ponían en tela de juicio su indudable feminidad y gusto por los varones. Por ello, cuando todos llegaron notaron cierta compunción en su rostro de cumpleañera que intentó disimular suministrando generosamente, desde el inicio mismo de la fiesta, un sinnúmero de botellas de cerveza y bocaditos de las más diversas variedades, porque si algo sobraba en aquella casa era justamente la comida y esos tres refrigeradores atiborrados de cerveza bien helada.

Quienes llegaron se dispusieron a aprovechar toda aquella generosidad no sin antes saludar a los padres de Gianella (que vestían con una decencia admirable) y a algunas otras amistades presentes. Marcos, presto siempre a dar como bien habidos cualquier trago que se le ponga en frente, empezó a hacer los brindis y fiel a su estilo decidió buscar la complicidad de sus camaradas, sin antes dejar de prometerse, acabar con toda la cerveza que minutos antes había alcanzado a ver en un rápido vistazo a la cocina. Sin embargo sus camaradas, por ambos bandos, parecían no tener la misma intención que él. Rayan era presa de su desbordada fascinación por Ysela y Alexis se hallaba al otro lado junto a la rarísima belleza de Catalina quien lo iba queriendo y adorando más a cada minuto, pero sólo como amigo, como el gran amigo que era.

Pasado algunos minutos, Marcos empezó a deslizar algunos temas provocativos en la plática para llamar la atención de los demás y no dejar, sobre todo, de aprovechar la cerveza de la cual estaban siendo provistos. Las conversaciones iban desarrollándose con aparente calma y armonía y siendo lo trivial que usualmente acostumbran ser cuando ellos conversan. Verónica al ver los esfuerzos que Marcos realizaba para mantener cierta unidad en la gente que había llegado desde la universidad, decidió, con su gentileza oriental, acomodarse a su lado para entretenerlo e impedir que siga interrumpiendo los besuqueos escandalosos de Rayan e Ysela (tendidos prácticamente en el sofá) y los esfuerzos del “abuelo” con Catalina. Era un secreto a voces el romance que ambos mantenían desde hace buen tiempo, nadie sin embargo se atrevía a hablar del tema, tal vez por puro desinterés o porque la mayoría le tenía mucho cariño al enamorado de Verónica que tan bien les caía.

La noche y las cervezas iban exaltando el ánimo de los invitados (en el mejor de los sentidos), no así para los amantes furtivos. Ambos se enfrascaron en una disputa sin sentido respecto a la belleza de sus respectivas parejas, Marcos criticaba lo feo y desagradable que era el enamorado de Verónica (ese chino feo, decía) y ella respondía diciendo que su ex enamorada no era precisamente la octava maravilla y que sumado a su escasa belleza, su cuerpecito de sorbete adolecía de cualquier encanto por delante y por detrás. Todos rieron y a Marcos no le quedó otra alternativa más que callar por unos segundos estoicamente, segundos en los cuales pensaba lo ridículo que era escuchar hablar a Verónica de belleza, a ella, a una mujer que poco o nada sabía de belleza o, que en todo caso, se veía completamente desprovista de tal virtud. Con ese afán de nunca perder ninguna batalla e intentando vengar el agravio propinado, Marcos se acercó al oído de Verónica susurrando su descargo, “no tendrá poto, pero no sabes lo rica que se ve cuando está desnuda”, le dijo con una sonrisa intrigante. Aquello enfureció a Verónica más allá de lo que Marcos había calculado e inmediatamente se alejó de él ofuscadísima y empezó a conversar amenamente con los demás invitados tratando de pasar el mal momento y de aislar a aquel maldito burlón que jugaba con sus celos mediterráneos e irreprimibles.

Al no tener más remedio, y con sus dos camaradas entretenidos en sus respectivas empresas, Marcos divisó a Juana (antigua cómplice de escapadas de clase, proveedora de los cigarrillos sin filtro y amante del pisco puro) con la firme convicción de que árbol que nace torcido jamás su tronco endereza. Ella lo miraba con cierta desconfianza pues sabía de lo peligroso de su acercamiento, pero pensaba al mismo tiempo que ahora las cosas eran diferentes, ella estaba en un plano superior de avenencia con la vida y ya ninguna tentación terrenal doblegaría sus férreas convicciones religiosas ni representaría problema alguno para su certidumbre espiritual. Marcos creía que la fiesta aún no despegaba y que la razón principal era la falta de más trago en el torrente sanguíneo de la gente, por ello le pidió que lo acompañase con una cervecita. Ella lo miraba como sintiendo pena y negaba con la cabeza diciéndole que ya no tomaba alcohol ni fumaba más. Él se burlaba de ella, como lo venía haciendo desde hace varios meses, de manera venenosa. Ella sólo callaba y sonreía. Luchaba por mantenerse firme en su resolución y no podía dejar de sentir lástima por el alma de Marcos.

Algunos metros más allá, la familia de la agasajada también celebraba el cumpleaños de su engreída. Sus padres, que en ningún momento dejaban de ser dos señores sumamente respetables, – y contagiados por el furor de tanto joven en la fiesta – habían querido sentirse menos viejos en la compañía de los amigos universitarios de Gianella. Ella en cambio, intentaba por todos los medios evitar el contacto de ambos grupos humanos. Gianella era bastante callada, pero muy consecuente y contundente en sus actitudes, sabía que sus padres la podrían avergonzar en cualquier momento con alguna anécdota embarazosa y ella ya no estaba para esos papelones.

La medianoche llegó y una enorme torta de cumpleaños se asomaba a la mesa principal, todos se disponían a celebrar los veintiún años de Gianella y a desearle las felicitaciones del caso. Sus padres orgullosísimos se esforzaban en hacerse notar entre tanto joven y los invitados pedían que de una vez se reparta la comida para ir hamacando la chela consumida hasta el momento. La cumpleañera parecía estar feliz, feliz por un año más de vida, por la fiesta y porque el amor que siente, y que la embarga hace algunos meses, es un amor inimaginable, inmarcesible e irrefrenable. El amor de su vida está entre los invitados a la fiesta, y aunque nadie le ha prestado la atención debida, es más que evidente la intensidad de sus miradas furtivas y esos deseos inflamados de poseerse cuanto antes. Para todos sólo es una más de las amigas que Gianella hizo en su viaje a Miami el año pasado, pero para Gianella, Rebeca (a quien todos llaman Queca cariñosamente) es el fuego que le abrasa las entrañas, la telaraña que la envuelve los martes de calenturas esotéricas, la razón de su sonrisa callada y satisfecha. Rebeca (quien es el único y verdadero amor de Gianella) es alta y delgada, posee mirada de buena gente y su conversación es graciosísima, los que recién la conocen festejan su buen gusto para las impertinencias y las vulgaridades. Lo que más sobresale en ella es esa forma, a veces tosca, a veces ruda, de reír y caminar que la delata como un miembro más del privilegiado grupo de seres humanos capaces de amar a alguien del mismo sexo. Gianella, en cambio, es más femenina y menos evidente, aunque Rayan crea que los manotazos en la espalda que recibe como saludos no son más que la confirmación de sus soterradas inclinaciones. Sin embargo no hay una sospecha contundente de la homosexualidad de Gianella (la de Queca está hace buen rato confirmada) ni la habría, por lo menos hoy, ya que siendo su cumpleaños y estando su enamorado ya presente (y bastante bien sazonado) y comiendo de su comida y bebiendo de su cerveza, se trataría de una insolencia mayor y nada oportuna intentar aclarar su condición sexual.

La fiesta empezó a animarse gracias a la llegada tumultuosa del chico de Gianella, este tenía toda la apariencia de haber estado sumergido en alcohol por tres días, no solo por el terrible estado en el que había llegado, sino por lo desfachatado y faltoso de su alegría, sin mencionar el aliento de dragón que se traía. Casi todos cuestionaban ese desatino (algunos como Marcos y Rayan lo celebraban) y se compadecían de la pobre Gianella, quien estaba pasando la vergüenza de su vida al tener que presentar a sus honorables padres y amigos más cercanos a un enamorado completamente ebrio y desalineado. Los padres de Gianella, tan respetables y solemnes como en toda la noche, dejaron escapar con una admiración de pánico un carajo (bastante bien distinguido, por supuesto) al ver la piltrafa de novio que su bienamada hija les ponía en frente como si se tratara de una marioneta sacada de algún barril cantinero. Así de jodida está la juventud pensaron y dispusieron retirarse para dejar a su hija con su novio decrépito y sus demás invitados, que de a pocos se iban poniendo a tono. Así de jodida está la juventud, se dijeron de nuevo y se marcharon.

A pesar del mal momento vivido, la fiesta debía continuar. Y qué mejor manera de continuarla que tomando la ingente cantidad de cerveza dispuesta a los invitados luego de que estos hubieran arrasado con todo el buffet que la familia de la cumpleañera había brindado desprendidamente. Marcos (quien hasta aquel momento ya se había secado más de una caja por cuenta personal) insistió nuevamente con Juana pidiéndole primero que la acompañase en los brindis, a modo de recordar viejos tiempos, y diciéndole, luego de la negativa, que no le creía ni un ápice de su renovado estilo de vida ni de su fe acartonada y que, más bien, todo le parecía una hipocresía imperdonable. Juana sólo le respondía con largos silencios e intentaba mantener la calma (calma que sólo iría a perder en la mitad de la fiesta). Ante la insistencia de su ex compañero de parrandas, Juana optó por levantarse e ir a buscar la compañía de Verónica y los demás que también habían decidido segregar al irreflexivo Marcos.

Él rió como hiena mientras Juana se alejaba y pensó en seguir torturándola con su incansable sarcasmo pero se vio interrumpido por las urgencias urinarias que estaban siendo reprimidas desde antes del happy birthday y que no pudo contener más. En el pasadizo que conducía al baño, se encontró con Rayan e Ysela, enmarañados en sus deseos ardientes de estar uno dentro del otro y quienes ante la pregunta impertinente y obvia de qué están haciendo aquí, sólo atinaron a decir que nada y siguieron con lo suyo. Como buen amigo, Marcos felicitó el atrevimiento de su camarada con una palmada en la espalda y lo envidió por no tener la oportunidad de hacer lo propio por haberse ganado la antipatía de Verónica, su amante desprovista de toda belleza pero siempre dispuesta.

Al entrar al baño Marcos quedó sorprendido por la majestuosidad de este. El inodoro era tan blanco y perfecto que se le ocurrió que los padres de Gianella habían planificado tan bien la fiesta y se habían esforzado de tal manera, que incluso habían comprado un excusado nuevo solo con el fin de que los amigos universitarios de Gianella depositaran con admiración sus inmundicias digestivas y al mismo tiempo envidiasen a su hija por tener a unos padres, que además de solemnes y respetables, eran dadivosos y sumamente refinados hasta para el acto ocioso de cagar. El baño además tenía un soberbio jacuzzi donde, si todo no hubiera lucido tan radiante como lucía, muy probablemente los padres de Gianella la habrían concebido. Sin embargo lo que más le impresionó del lugar fue lo grande y espacioso que resultaba ante sus ojos. Pensó que algún día querría tener un baño con esas características, de esa blancura deslumbrante, con un jacuzzi tan hermoso como ese y de las mismas dimensiones monumentales que resultaba incluso bastante más amplio que su propia habitación. Marcos meó con placer y salió de aquel espectacular baño con la certeza de que Gianella y todos sus hermanos habían sido concebidos en el jacuzzi. Mientras se dirigía nuevamente a la fiesta, Rayan e Ysela aprovecharon el momento y se encerraron en el magnífico baño para dar rienda suelta a esas ganas locas de devorar sus abultados cuerpos. Años después, Rayan comentaría que aquella noche, en aquella fiesta y en aquel baño de ensueño, él había experimentado el mejor sexo oral de toda su vida.

Con toda la envidia que le podía despertar la buena suerte de Rayan y la incontrolable sensación de hacer lo prohibido que le quemaba las partes bajas, Marcos buscó a Verónica y se sentó a su lado. Ella le fue indiferente por algún momento, pero todo se solucionó con una pasada de brazo por la cintura y un amago de caricia. Marcos aprovechó que estaba en medio de un grupo nutrido de gente y comenzó nuevamente a criticar el cambio de vida que Juana había experimentado. Todos rieron cuando Juana comenzó a mostrarse un poco erizada por la insistencia del tema y a mostrar indicios de querer responder la agresión. Marcos vio que era la oportunidad perfecta para obligarla a tomar y le lanzó un desafío que sabía no podría rechazar, “si esta noche tomas con nosotros, como antes lo hacías, te dejaré en paz para siempre”. Juana lo miró, y perdiendo la calma que había mantenido en todo el tiempo hasta ese entonces, no pudo encontrar mejor oportunidad para sacarse de encima al pesado Marcos y a sus constantes burlas, “ok, ¿quieres tomar conmigo?”, preguntó algo iracunda, “entonces tomemos”, agregó ella y fue en búsqueda de su vaso que iría a convertirse en su arma de combate. Los demás gritaron entusiasmados por el reto y porque la fiesta se iba a poner más candente de lo que ya estaba y porque Juana, la borracha incorregible, volvía a sus raíces.

Casi todos rodearon el mueble en el que se encontraban Juana y Marcos, incluso el enamorado de Gianella, quien gracias al desinterés de esta (interesada en conversar únicamente con Queca), no tuvo más remedio que unirse a un grupo de chicos que no conocía. Cuando Marcos se disponía a hacer un brindis por la recuperación de su vieja amiga, ella hizo un silencio incómodo e interrumpió de inmediato, “nada de brindis, si vamos a tomar, lo vamos a hacer de verdad. Tiene que ser seco y volteado. Una tú y una yo”. Marcos aturdido por el nuevo desafío, aceptó con placer resignado el lance, aunque entonces se sintió un poco inferior ya que su imagen de bebedor contumaz se podría venir abajo y caerse como el más frágil castillo de naipes si él no respondía a la altura de las expectativas cifradas en él por sus demás compañeros. Mientras iba llenando el vaso, su orgullo de borracho que no se amilana por nada y que llega hasta las últimas consecuencias le decía que no podía dejar de pasar esta oportunidad para demostrar su resistencia al alcohol y lo superior de su capacidad de aguante frente a los demás aprendices y seres ordinarios, pero su sentido común le advertía, por otro lado, que venía bebiendo desde hacía varias horas y que era mejor ser discreto en el empinamiento del codo y ser responsable de su salud física. Miró el vaso espumante casi a rebalsar y miró también a Juana imperturbable y con una ligera sonrisa de arpía gorda y optó por seguir a su orgullo.

Tal había sido el impacto del reto que nadie dudó en participar del evento. No había por qué preocuparse de una eventual y repentina falta de cerveza ya que era evidente que la chela no iría a faltar aun si las celebraciones se alargaran por tres días más. Así empezaron los sendos shots que iban cayendo como punzadas terribles al estomago para algunos, como Verónica, por ejemplo, quien empezó a sentir los embates después de unos cinco shots continuos y avisó que tenía la urgencia de ir al baño (al magnífico baño) dado lo abusivo del método de tomar que habían implantado los demás. Cuando llegó al baño, no necesitó de tocar la puerta pues la manija estaba sin seguro. Al abrir la puerta se topó con el enorme (y también melenudo) trasero de Rayan que tenía los pantalones abajo y las manos en la cabeza de Ysela, quien arrodillada parecía disfrutar bastante de su posición de sumisión. Verónica comenzó a hacer un escándalo interminable, creyendo que su amiga estaba siendo abusada por el patán de Rayan que aprovechando su estado de ebriedad la forzaba a hacer cosas espantosas e inmorales. Luego de entender lo sucedido Verónica retornó a la fiesta (que se había convertido en un combate de todos contra todos a base de shots de cerveza) ofuscadísima y enojada, esta vez ya no solo con Rayan, sino también con Ysela, pues entendía que las casas ajenas estaban para ser respetadas y no para dar rienda suelta a esas calenturas reprochables e incivilizadas. Tiempo después Verónica habría de olvidarse de sus propias palabras en el festejo de otro cumpleaños y en otra casa ajena cuando casi a vista y paciencia de algunos compañeros iría practicar esas calenturas incivilizadas con Marcos y luego fornicarían con un arresto demencial en el baño de aquella casa (no tan grande ni majestuosa como esta, claro está).

Rayan e Ysela regresaron un poco ruborizados por el escándalo de Verónica y pidieron participar del juego (sobre todo Ysela quien deseaba perder el mal sabor de boca). Marcos y Juana empezaron a shotear junto con los demás invitados que, conocidos o no, iban enfrascándose en un festival cervecero infernal. Ysela comenzó a sentirse jubilosa rápidamente impulsada por los shots tan seguidos que ingería y que iban haciendo estragos en su forma de hablar y en su mirada difusa, se reía de cualquier cosa y festejaba algún sonido corporal que invadía el aire justo cuando la música paraba (dado que ante tanta cerveza consumida el descontrol de los órganos era casi un hecho). Fue increíble la forma tan rápida como Ysela sucumbió a la borrachera, se sentía eufórica y risueña y propuso un concurso de eructos para demostrar que la boca de las mujercitas no sólo sirven para los felatios furtivos sino también para las grandes sonoridades. Todos se sorprendieron de sus palabras pero le celebraron la gracia, todos menos Rayan que se agazapó ante tanta alegría y tan poca vergüenza.

Marcos, luego de vencer a todos con sus eructos abrasivos y bastante mamado, empezó a sentir sorpresivamente una fuerte e incontrolable erección. Quería tener sexo esa noche, encerrarse en el baño que tanto lo había deslumbrado y fornicar desesperadamente en su condición de borracho hasta los huesos. Buscó entonces a Verónica en medio de la fiesta, ella estaba sentada al lado de Catalina y Alexis, estos últimos se habían mantenido conversando casi toda la fiesta a solas y no habían bebido casi nada en lo que iba de la noche (casi nada en comparación a los demás que ya habían vaciado dos refrigeradas completas). Marcos se les acercó y comenzó a molestarlos sin piedad mientras buscaba la cintura de Verónica. Aquella fue la primera vez que Marcos iría a notar ese no sé qué de Catalina y que meses después lo impulsaría a iniciar su tórrida relación, relación que al margen de todo lo vivido tendría su punto de quiebre e iría a resquebrajarse desde que Catalina echó groseramente de su casa en medio de la madrugada a los amigos de Marcos luego de que estos le cantaran, (incentivados por el mismo Marcos) y sin la más mínima ojeriza, y que no me digan en la esquina, el venao, el venao, una canción que hirió seguramente su susceptibilidad de mujer leal e inteligente.

Marcos tomó a Verónica por el brazo y la sacó a bailar. Ella guardaba aún un poco de coraje en su corazón por el malestar que le habían causado las palabras de Marcos al inicio de la velada pero no podía ocultar el inmenso cariño sentido por aquel sinvergüenza. Él trató de congraciarse con ella y comenzó a decirle palabras bonitas y amelcochadas (las cuales sabía que le permitirían derruir la barrera que ella misma había construido para ambos aquella noche) y así poder tirarse un polvito por lo menos. La imagen del baño se le venía a la mente a cada instante, además de la envidia que le causaba el hecho de ver a Rayan quien sí le había dado buen uso a este. Verónica se mostraba infranqueable y exigía más pruebas, tal vez palabras más aduladoras, perdones más sentidos o tan solo una promesa de amor eterno. Marcos entendió y le dio gusto con ese su talento innato para el histrionismo, “sabes muy bien que te quiero mucho, chinita”, le dijo y a ella no le quedó otra alternativa más amarlo de inmediato y besarlo y “tal vez hasta el pasadizo. Sólo hasta el pasadizo, al baño no”.

Cuando ambos se acercaban cada vez más a la puerta del baño y el silencio se iba llenado de lívidos gemidos, escucharon un fuerte ruido que provenía de las escaleras que conducían al primer piso del edificio. Eran Rayan e Ysela, quienes abandonando la fiesta no midieron el riesgo de su calentura y al ver que las escaleras se encontraban despejadas de cualquier imprudente presencia, decidieron usarlas como escenario para sus pericias sexuales, sin caer en cuenta que ambos se encontraban en un lastimero estado de ebriedad (e inestabilidad sobre todo), dando como resultado una caída descomunal y de antología en la historia de todas las caídas. Ambos rodaron con sus redondos cuerpos por los peldaños de la escalera causando incluso el estremecimiento del lugar y uno que otro moretón arbitrario. Todos arriba seguían embebidos en el desafío chelero e imperturbables ante todo el espectáculo que fue ver rodar literalmente a los dos amantes. Marcos rió impetuosamente mientras Verónica fue en ayuda de su amiga que aún permanecía tendida en el suelo más que por el dolor de la caída, por lo ebria que estaba y porque no podía ponerse de pie sola. Esto acabó con toda oportunidad de cumplir algún arriesgado deseo sexual por parte de Marcos. Rayan e Ysela se marcharon como pudieron de la fiesta y ya sin pocas ganas de seguir encandilando sus regordetes y ahora adoloridos cuerpos.

Marcos y Verónica regresaron a la fiesta (que hasta ese momento no paraba de ser un vendaval de cerveza a diestra y siniestra). En ningún momento la gente había notado su ausencia y menos la de Rayan e Ysela. Gianella seguía disfrutando de la danza y de sus veintiún años frente a la mirada enamorada de Queca quien de vez en vez iba robándole un beso disimulado o acomodando sus cabellos juveniles con tanta naturalidad y destreza que nadie se hubiera inmutado o pensado mal sino hubiera sido por el enamorado de la cumpleañera que movido, seguramente por su inconsciencia o alguna otra fuerza no racional, empezó a reclamar esos acercamientos escandalosos hacía su enamorada y más respecto, carajo que yo soy el novio y que nadie más me la toca. Afortunadamente todos atribuyeron aquel arrebato celotípico a lo borracho que andaba y no a la certeza de sus palabras (que algo de razón tenían).

Tantas emociones juntas revolotearon el estomago de Marcos y lo obligaron a ir de nuevo al maravilloso baño, esta vez sí lo necesitaba con suma urgencia y aún así hubiera encontrado una pocilga en lugar del majestuoso retrete él se sentiría igual de satisfecho, pues ahora era una cuestión de supervivencia y ya no de trivialidades ornamentales. Para su desgracia lo encontró ocupado. Pensó que la necesidad de evacuar sus intestinos podría esperar unos cuantos minutos más por lo tanto decidió regresar nuevamente al mueble donde Juana seguía tomando shots de cerveza con los demás incansablemente. Marcos se sorprendió de ver que el número de participantes en la contienda había aumentado, esto le repuso todas sus fuerzas, antes consumidas por el deseo de deponer sus miserias, y como buen macho solicitó su lugar. “Ah no, Marquitos. Tú debes meterte por lo menos cinco seguidos, porque te has perdido como media hora”, retó Juana aún imperturbable pero un poquito más alegrona que antes, “ok, venga”, aceptó Marquitos envalentonado. Aquellos cinco shots fueron los más devastadores de la noche. Cada uno de esos shots significaban un espasmo intestinal insufrible. Sus entrañas eran una caldera de líquidos densos que estaban a punto de estallar, dada toda la comida consumida y aproximadamente las dos cajas y media que por cuenta propia se había encargado de desaparecer. Esta ingesta inmoderada le estaban pasando la factura a esta hora de la madrugada y sus tripas eran las que más sufrían.

Después de esos terribles shots, Marcos ingresó en un estado francamente lastimero. Ya no pudo pararse nuevamente y sólo atinaba a recibir por automatismos el vaso de cerveza cada vez que Juana (viendo consumada su venganza y olvidando por un momento sus convicciones místicas) le servía sin compasión y lo obligaba a terminar de un solo sopapo. Marcos pues, se encontraba en un estado de ebriedad absoluta y lo peor, o lo más preocupante por lo menos, eran esas escalofriantes ganas de cagar que lo embestían como estremecimientos abdominales continuos. Su estómago estaba completamente embotado de cerveza y de toda la deliciosa comida ingerida en la fiesta por lo que necesitaba con urgencia ir al baño.

En una reverberación de lucidez, Marcos pensó que lo mejor sería pedir auxilio a alguien para que lo ayudase a ponerse de pie primero (en vista de que ya no podía hacer si quiera eso) y que luego lo condujera al baño a toda prisa, todo esto por el temor de moverse por cuenta propia y en el intento sufrir un accidente vergonzoso frente a todos los que aún seguían tomando la chela inacabable. Volteó a su lado izquierdo, con dirección al mueble donde se encontraba “el abuelo”, y se dio cuenta que este ya dormía plácidamente junto a Catalina quien estaba recostada en su pecho, “abuelo de mierda”, pensó e intentó reprimir esas ganas invencibles de expulsar rabiosamente todo lo que llevaba dentro. Pasaron unos minutos más y la ansiedad por descargar su organismo comenzó a hacer trizas sus nervios. Inmediatamente hizo un esfuerzo heroico y se levantó del mueble a duras penas (y no con pocos aspavientos). Cuando se disponía a enfilar al baño, fue tomado por el brazo por una Juana inconmovible quien le ofrecía un shot más, “yo creo que se está mariconeando”, dijo y rió sintiendo ahora lastima no por el alma de Marcos, sino por su cuerpo constreñido. Marcos bebió rápidamente y siguió su camino al baño sin hacer caso a las palabras de sus compañeros, palabras que ya no podía descifrar ni distinguir claramente, había perdido hasta el don de la comprensión del lenguaje hablado y en su cabeza solo deseaba estar por fin en el baño, en ese magnífico baño.

Poco a poco, dando pasos cortos y cuidadosos, llegó a la puerta del baño que, por gracia divina ya estaba desocupado. Cruzó la puerta intranquilo (como intranquilos estaban sus esfínteres) y prendió las luces con premura. Vio nuevamente el deslumbrante inodoro y el enorme jacuzzi donde probablemente había sido concebida Gianella y sintió emerger de su cuerpo desgarbado una criatura desafiante y sin control. Rápidamente se bajó los pantalones y dispuso a sentarse, donde sea, pero a sentarse. Ya para esos momentos, y como era comprensible, Marcos había perdido completamente la noción de espacio-tiempo. Su mente comenzó a divagar por un sinnúmero de imágenes inconexas que poco le ayudaban a ser conciente de sus actos. Comenzó a disfrutar el placer de sentir como todas sus inmundicias salían en grandes y gruesas cantidades de un estómago que ya no soportaba más la presión de la carga fecal. Su pensamiento delirante bullía en aquella orgásmica eliminación de las sustancias inservibles para su organismo mientras le agradecía a la vida haber nacido con un ano y tener la gracia de poder cagar. Al terminar con todas estas reflexiones y luego de muchas espiraciones se dio cuenta que no había ni siquiera un mugriento pedacito de papel higiénico con el cual limpiarse el culo. Ante tanta desesperación y tan poca conciencia, no atinó a mejor idea que limpiarse con los dedos. Se restregó incesantemente el recto con los tres dedos principales de la mano izquierda hasta sentirse seguro de que se había librado de todo los restos de deshechos que adornaban los contornos de su agujero. Cuando terminó de hacerlo, sintió unas ganas enormes y una curiosidad infantil por saber cómo era el olor de la mierda tocada, o de la mierda en las manos, o de la mano que ha tocado mierda, o lo que fuera. Se llevó entonces la mano izquierda a la nariz y experimentó el fuerte pero, a la vez, buen aroma del alimento procesado y desechado.

Una vez satisfecha su necesidad de cagar, sintió que ya era hora de regresar a la fiesta. Sin lavarse las manos se subió nuevamente los pantalones, sólo para darse cuenta que el lugar donde estaba sentado no era el hermoso retrete, sino el piso del baño. Había depuesto toda esa inmensa cantidad de residuos excrementicios en medio del baño (que era fastuoso e inmenso). El majestuoso piso de ese hermoso baño había sido mancillado por la mierda descuidada de Marcos. Este se quedó observando el mojón por un buen rato, contemplándolo sin pestañear siquiera y, mientras trataba de concentrarse en una probable solución para la asquerosidad que acababa de cometer (e intentando apartar todas las ideas que se le venían a la cabeza producto del alcohol corriendo en su torrente) sintió de pronto unos deseos enormes de hacer de su asquerosidad una verdadera desgracia, de crear un caos cósmico, una revolución de magnitudes, una obra de arte o lo que fuera que se pudiera crear con tanta mierda derramada. Se agachó y tomó porciones de su generosa mierda con ambas manos y comenzó a embarrar las blancas y deslumbrantes paredes de aquel maravilloso baño con una emoción desquiciada, con violencia creativa, con tanto furor que quien lo hubiera visto lo hubiera confundirlo con la más insidiosa demencia o con estado irreparable de psicosis aguda. Marcos se encargó de dejar su huella en aquella habitación (literalmente). Sus manos alucinadas dejaron grabadas con restos de mierda las magníficas paredes de la habitación higiénica para la posteridad (o por lo menos por las siguientes horas). Finalmente al sentir que sus manos ya estaban completamente limpias de toda suciedad, (suciedad esparcida y pintarrajeada por todo el lugar), se acercó al interruptor de luz y lo apagó satisfecho.

Toda su mente después de aquello, se volvió en blanco como si al apagar el interruptor del baño hubiera también desconectado su conciencia (o lo poco que quedaba de ella). Lo último que recuerda es haber estado durmiendo plácidamente en uno de los muebles de la sala, con su ropa perfumada y manchada por su propia inmundicia.

A la mañana siguiente Gianella lo despertaría luego de samaqueado por largos minutos para decirle que ya era hora de que se vaya a casa. Marcos se despertó con un terrible dolor de cabeza, con los ánimos macilentos y sin una pizca del recuerdo de su obra siniestra. Levantó la mirada cansada y vio acostado a su lado al enamorado de su amiga, quien se encontraba totalmente inconsciente, y hasta podría decirse postrado en un coma etílico. Alexis le habló desde el otro mueble y él solo escuchó que eran más de las nueve de la mañana y que tenían que irse. Ambos se alistaron para salir y mientras “el abuelo” buscaba a Catalina desesperadamente para despedirse de ella, Marcos se acercó a Gianella y de la mejor manera que encontró le confesó la inquietud que lo embargaba en esos instantes, “Giany, no es por nada, pero creo que tu flaco está mal, bien mal”, “sí pues, ha tomado demasiado. Ya se despertará más tarde”, dijo ella intentando calmar al comprensivo Marcos. “No lo digo por eso, me refiero a que creo que ha tenido un accidente, uno de tipo intestinal, amiga. Huele a pura mierda”, repuso él un tanto asqueado. “¿En serio? No te creo nada”, dudó ella primero, y lo luego de olerlo y de sentirse decepcionada por la vida, repuso con un poco más de gracia, “que desgraciado, tendré que hacerlo limpiar nomás”. Ambos rieron y se despidieron no sin antes prometer (Marcos a Gianella) que no le diría a nadie lo del accidente de su chico. Alexis regresó algo desesperado diciendo que no encontraba a Catalina por ningún lado (él de veras que la amada) pero Gianella lo calmó diciéndole que ella estaba en su cuarto, descansando.

Marcos y Alexis partieron envueltos en un inexplicable aroma a mierda, tomaron un taxi y se dirigieron a sus hogares conversando de las incidencias de un tono memorable y de cómo el enamorado de Gianella se había cagado en los pantalones. Dos horas después en la casa de Gianella, Catalina se despertaría para usar el baño y se quedaría horrorizada, boquiabierta y asqueada por la tremenda escena surrealista que había encontrado frente a sus ojos.

El rumor de aquella fiesta y de todo lo acontecido en ella (especialmente aquel espectáculo pictórico encontrado en el baño) se regó como pólvora y fue comentado por varias semanas entre los asistentes a la fiesta y quienes nunca se perdonarían no haber ido. A todos les pareció increíble, reprochable y de pésimo gusto que el enamorado de Gianella hubiera sido capaz de cometer semejante barbaridad y aunque él nunca lo aceptó, nadie dudó en ningún momento de su autoría. Gianella terminó con aquel tipo para siempre, y nunca nadie más supo que había sido del causante de la peor vergüenza registrada en alguna fiesta de cumpleaños.

Cuando aquellos rumores llegaron a los oídos de Marcos al día siguiente (gracias a una llamada de Alexis que a su vez había sido enterado por una traumatizada Catalina), y luego de reírse por un buen rato y “o sea que no solo se cagó en los pantalones sino que también le cagó el baño a Gianella”, una extraña sensación de culpa le recorrió la garganta pero no supo reconocer a qué se debía sino hasta cuando vio sus pantalones embadurnados de excremento incuestionable. En aquel momento, todo se dilucidó y luego de un gran esfuerzo y de mucha vergüenza, recordó hasta el último detalle de cómo en una fiesta de cumpleaños él había decorado el magnifico baño de la casa con sus ordinarias heces en medio de la peor borrachera de su vida. Por suerte para él todos culparían al chico de Gianella (quien en realidad nunca se había ensuciado los pantalones siquiera) y eso lo dejaría libre de sospecha. En definitiva él había triunfado no sólo porque la había pasado de lo mejor ayer noche, sino porque, había cometido el crimen perfecto, cosa de la cual no muchos pueden jactarse. Bajo esa argumentación Marcos se levantó de su cama algo entusiasmado, salió de su casa en busca de un descampado y armado de algo de combustible y unos cerillos se dispuso a quemar sus pantalones agravantes y llenos de pruebas excretorias y luego de unas carcajadas triunfales y de los recuerdos que iban recomponiéndose, se prometió, mano en pecho, jamás contar la verdadera historia.

viernes 2 de octubre de 2009

Mi nombre es Mercedes y he nacido para amarte




Por Hector Ccahua:


Es el último brindis en Santa Rosa, “por nosotros”, le digo y alzo la copa, “salud”, me responde ella volviendo a ser lo amorosa que era y luego de lo dicho cae aparatosamente y se desploma sobre la hermosa cama de plaza y media de la habitación. Beso su generosa frente y abandono la habitación del hotel en donde viví estos últimos días con apresurada ansiedad. Sé que no va a despertar sino hasta la mañana siguiente. El loco Calderón me espera afuera con las cosas metidas ya en la maletera del taxi que nos llevará a San Francisco y nos alejará para siempre de ella y sus recuerdos tormentosos.

El loco está camuflado ridículamente y cree estar en una operación militar porque rampea como orate en la espesura de los arbustos bajos para no ser visto. Salgo del hotel taciturno y no bien siento la tierra revuelta bajo mis pies temblorosos empiezo una carrera precipitada rumbo al taxi. Estremecido por mi propia audacia apenas puedo notar que no hay nadie a esas horas en las calles. El auto avanza ahora a extrema velocidad en medio de la madrugada y la chica bonita que duerme en la cama de plaza y media en el hotel donde pasé la noche por última vez con ella no despertará sino hasta la mañana siguiente por todos los sedantes que le di de beber sin que se diera cuenta.

Lo que lamento es no haber cobrado el dinero que me deben y que tendré que esperar pacientemente en Lima y no haber disfrutado por última vez – por su estado de inconsciencia total – de los orgasmos espléndidos que Vanessa me regalaba todas las noches sin vacilaciones. Pero es mejor así. Lo primero que haré al llegar a Lima será ir al médico. Ya no puedo más con este dolor insoportable que me trepana las sienes y esta respiración interrumpida que apenas me deja el aire suficiente para no morir. Mis manos están temblando y el loco de mierda saca la cabeza por la ventana gritando nuestra exitosa huida de la selva ayacuchana. El chofer le pide silencio con ese lenguaje cantarín que tiene y le dice que los narcos, que controlan todo el lugar, pueden pensar mal y detenernos por laberintosos, el loco cojudo entiende pero no deja de celebrar nuestro escape. Me gustaría tener su ánimo festivo.

Si no fuera por él no hubiera conocido a Vanessa y él lo sabe bien por eso me ha ayudado a huir y se ha aliviado de no ser él quien esté en mi pellejo. Un sol increíble baña desde temprano los verdes montes de este valle convulsionado y ya estamos por llegar a San Francisco. Sé que estamos lejos pero no dejo de volver la mirada cada cinco minutos para certificar la soledad de la carretera. Cuando suba al ómnibus rumbo a casa ya estaré más tranquilo.

El chofer tan acostumbrado a ver huir gente y a ayudarla a cambio de un buen sencillo no pregunta nada pero se burla secretamente de mi paranoia y de los trapos que el loco trae encima. Sabe que no somos narcos ni “burros” ni mucho menos peligrosos, sino unos simples limeñitos inmundos que alguna pendejada han hecho y que ahora huyen como los maricones que son.

Llegamos delatados por un sol efervescente que no quema la piel sino la hace doler y de inmediato alistamos las cosas para emprender el viaje al lugar más lejano posible de aquel territorio agitado en el primer bus que se presente. Miro sin remedio alrededor y todas las mujeres – que son pocas a esas horas – se parecen tanto a ella. Quiero sentarme y respirar mejor, siento que se me acaba el aire y una opresión tremenda en el pecho me fatiga, me siento perseguido, como un fugitivo al que tarde o temprano darán feroz caza pero me tranquilizo pensando en la ventaja ganada y me repito varias veces todo estará bien, todo estará bien. Luego de un rato sentado lo que creí tomaría más tiempo, sucede. Ella ha despertado y me revienta el celular a punta de llamadas desesperadas. Debí haber sido menos gentil y haberle dado más sedantes para que se durmiera por lo menos una semana entera. Tras el auricular una llorosa y demandante voz me reprocha y pregunta donde carajos estoy, ella llora como una niña veleidosa y me dice por qué soy como soy y yo no le digo nada, se me ha atascado un nudo enorme en la garganta y tengo unas ganas locas de vomitar. Le cuelgo e inevitablemente vomito una sustancia que no parece ser de este mundo. Ella vuelve a llamar con esa su determinación aterradora, y se me ocurre que tengo que decirle algo para ganar tiempo si mi voz me lo permite, “estoy en San Francisco, vine a recoger un giro en el Banco de la Nación – ella sabe que el único Banco de la Nación está en San Francisco –, no te preocupes que vuelvo enseguida, preciosa”, le digo y luego de un buen rato de lloriqueos ella me cree, se tranquiliza y dice que me ama y que no tarde. Siempre me cree cuando le digo preciosa. El loco vuelve con los pasajes y yo me voy a buscar una farmacia para controlar mis nauseas.

Vanessa detesta que la llame Mercedes que es como realmente se llama, Mercedes Medrano Pantoja, nacida en La Roca, un poblado chiquitito, como ella le dice, y casi inexistente en medio del VRAE. Detesta también que le pregunte sobre su vida, seguramente porque siempre me da una respuesta distinta a la misma pregunta y queda como la mentirosa que es y que nunca supo ocultar bien. La única certeza que tengo de ella además de su nombre y las cicatrices en sus tobillos es la patibularia relación que mantiene con su familia ya que desde mi celular ella recibía las amenazas de muerte que sus hermanos le comunicaban.

Vanessa que antes de ser Vanessa fue Yesenia y terminó siendo Mercedes, trabajaba como mesera en “El Cañaveral”, un bar exótico de desenfreno selvático y de juerga diaria. El loco y yo fuimos presentados por un tipo huesudo, de ojos saltones y manos empedradas de brillantes como sus huéspedes ilustres. Nos iría a albergar en el segundo piso de su casa nada modesta y que como añadidura tenía un hermoso balcón colonial, todo a cambio de cien soles mensuales y cubrirnos los ojos, boca y orejas al pasar por el primer piso donde aquel tipo sin nombre y de anillos inestimables contemplaba su “negocito”. El loco lo conocía de sus anteriores viajes y me recomendó cariñosamente que le sonriera cada vez que pudiera ya que nuestras vidas dependían del grado de amistad y lo confidencial de nuestro silencio. En algunas borracheras traviesamente – y no con poco temor – tentábamos averiguar su verdadero nombre pero siempre solía responder en el mismo estado de bienestar pleno, con el mismo tono avasallador y de la misma forma aguardientosa, “no tengo nombre porque sin nombre hasta la muerte tarda más en encontrarlo a uno”.

Mercedes nos fue presentada como se presenta una delicia culinaria, pero ella era más que eso. El loco Calderón empezó los galanteos pero su insensatez mórbida y ese talento desmedido que tiene para cagar las cosas terminaron por espantarla hacia mí. Rechacé bailar con ella por creer sería una falta de delicadeza y un acto de extrema traición quitarle la puta a un camarada hasta que lo vi en brazos de una mujer robusta y de pechos gigantescos intentando bailar y tocarle el culo al mismo tiempo. Si habría algo que decir respecto al loco, además de haber sido modelo de pasarela en Lima, es que era un loco bruto para el baile y adicto a las putas más avezadas.

Yo no soy puta”, me confesó con esa vocecita tímida el rostro más bello de aquel lugar sospechando quizás mis pensamientos al ver al loco haciendo de las suyas y yo le creí. Le creí porque aquel rostro antes de ser bello era angelical e inmaculado y una ternura incomprensible me obligó a creerle y a quererla al instante. Resultó no siendo puta sino una mezcla imposible de belleza abrumadora y candidez tristísima. Las pequeñas lucecitas melancólicas que eran sus ojos se prendían y apagaban frente a mí en la oscuridad del reciento ya que siendo mesera no estaba exenta de atender la demanda de los demás comensales.

Mercedes y yo, a partir de entonces, nos permitimos ciertas licencias sexuales cada vez más atrevidas y más frecuentes. Hemos empezado un romance sin compromisos y la veo solo las veces que voy al bar y cuando quiero. Ella parece estar de acuerdo con nuestros encuentros esporádicos porque no me dice nada. Por suerte sus horarios de trabajo me impiden verla fuera del bar aunque creo si no fuera así las cosas seguirían igual de tranquilas. A veces pide permiso o se escapa para estar conmigo y me encanta esa desfachatez suya de hacer las cosas por simple arrechura. A la luz de la tarde sus cabellos negros tan oscuros como la noche más prieta bañan sus hermosos hombros de lusitana y su piel de albaricoque tostada a fuego lento por el inclemente sol ayacuchano la dotan de un aura prodigiosa de niña amazonas que me enloquece. No es difícil quererla. Ella es callada y silenciosa y a veces creo que apenas existe a mi lado por las noches. Tiene en los ojos y en los labios una tristeza de luciérnaga, una pena prehistórica que aún la sobrevive y que me intriga tanto conocer. Pero también ríe y ríe muy bonito cuando le digo canelita o jugueteo a devorarme sus cálidos pechos. No obstante, si algo hay que reconocerle es ese carácter apasionado que tiene para el amor furtivo. Mercedes es lo mejor que me ha podido pasar en este viaje.

En el pueblo parecen no conocer mucho de ella por lo que se dan el trabajo de inventar rumores para llenar el vacío. La verdad no me interesa conocer toda su historia tanto como su cuerpo contorneado. Sin embargo el pueblo es pequeño y no hay forma de perderse en él ni perderse algún chisme mal intencionado que asalte a la duda. Me dicen que no soy el primero en obtener sus favores ni el único que los disfruta pero poco me importa, solo me alivia saber que no está metida con ningún narco ni en el comercio más próspero de la zona. Sé que su abuelo fue un portugués despiadado que embarazó a su abuela y que luego huyó al Brasil y que es linda conmigo, eso me basta.

Con poca frecuencia el loco y yo viajamos a San Francisco – que es un pueblo menos escondido y más poblado y bursátil que Santa Rosa – para justificar nuestra estadía en la selva. Por ello hoy hemos tardado más de lo debido y nos hemos enterado que los carros, tanto de ida como de vuelta, solo parten hasta el mediodía por la distancia y el peligro, de modo tal que debemos pasar la noche en ese pueblito festivo y coloquial. Mi celular retumba en mis bolsillos y es Mercedes quien me pregunta donde estoy y si iré a verla, le digo que no y que probablemente no vaya en varios días, me molesta que me llame y hasta cierto punto controle mis actividades, sobre todo porque nuestra amistad libertina justamente por ser libertina no está para estas cosas. Le reprocho al loco bruto haberle dado mi número de celular a Mercedes pero él me asegura que no se lo ha dado a nadie, ni siquiera a los de la empresa con los que trabajaremos. Me intriga tanto como hizo Mercedes para obtener mi número.

No voy a verla en varios días, no porque no quiera sino por lo ocupado que ando, reconozco que ya no estoy enojado con ella y tomo lo que pasó como una fechoría insignificante, como un hecho menor. La veo luego de una semana y como me lo suponía no responde cómo fue a dar con mi número y en cambio sólo me besa y me pregunta donde es que vivo. No se lo digo por evitar compromisos incómodos que no serían compatibles con una estancia tan corta de cuatro meses y por salvaguardar mi privacidad tan venida a menos por estos días. Ella insiste e incluso se ofrece a lavar mi ropa y cocinar para mí como gesto de amor pero deshecho su propuesta, no me siento tan canalla como otras veces para aceptar. En el bar me abraza y besa tanto que a veces me siento encarcelado entre sus manos de porcelana. Mercedes me trata como su enamorado y empieza a obsesionarse por conocer donde vivo y en vernos a diario.

Debo intentar mantener las aguas en sus cauces y alejarme un poco de ella. Hoy iré a conocer más este pueblito y sus alrededores con el loco. No había notado sino hasta ahora la inmensidad de su cielo y la intensidad del verde que hay aquí. Del sol ya me quedaba el constante recuerdo de las fiebres de medio día que nunca pensé experimentar. Hoy también he podido ver luego de más de un mes aquí al primer policía en el pueblo y según me cuentan es el único que hay. Nadie lo respeta y nada puede hacer este aunque quisiera por erradicar los ilícitos suscitados en la zona, solo se limita a ver sin mirar y a oír sin escuchar. Algunos pobladores nos dicen en secreto que Santa Rosa ha dejado de pertenecerles hace tiempo y que ahora se sienten como simples inquilinos morosos, incómodos pero necesarios en una tierra convulsionada y extorsionada. En el cielo intenso sobrevuelan imponentes los helicópteros MI-17 escupiendo propaganda multicolor que en teoría tiene la función de disuadir a las fuerzas subversivas del narcotráfico y el terrorismo que tanto abundan por esta zona, pero que en contraparte solo causan una risa interminable por lo absurdo y nada efectivo del método. Días después nos enteramos que esos mismos imponentes helicópteros atigrados son derribados a manos de los mismos narcoterroristas que intentaban disipar con boletines inservibles no muy lejos de allí.

Aquella noche luego de haber aplastado el pueblo entero con nuestros pasos, unos golpecitos tenaces que casi traen abajo el vidrio de la ventana de nuestro cuarto que da al balcón, nos alertan al loco y a mí de una figura menuda y fantasmal que aguaita emberrinchada desde abajo la salida de alguno de los dos. Es Mercedes y ahora sabe donde vivo y me reclama por qué no he ido a verla hoy. Esto ya me parece el colmo, le digo que se deje de joder con esas chiquilladas y que vuelva a su casa (si es que tiene una) y que mañana hablaríamos. Ella rompe en un llanto desconsolado y tierno a mí no me queda otro remedio que hacerla pasar, tragarme el enojo y disculpar mi mal genio con una sesión de sexo denodada. Mercedes, yo y el loco pajero pasamos una noche memorable. A la mañana siguiente le pregunto como supo donde vivía pero ella calla obstinadamente y solo me mira enternecida, le pido que no se tome atribuciones que no le corresponden y ella entre pucheros parece entender. Le recomiendo además que sería mejor seguir viéndonos sin compromiso alguno para no lastimarnos y ella asiente con su acostumbrada docilidad. Docilidad que encuentro encantadora en esos instantes pero de la cual empiezo a sospechar. Al medio día nos trae la comida y en la noche nuevamente se queda a dormir conmigo luego de una leve discusión. La situación parece estar tornándose de un color peligroso, Mercedes se va apoderando de a pocos de mi tiempo y mis espacios y no sé por qué se lo estoy permitiendo, quizás en el fondo no me parezca tan malo eso de ser monógamo, aunque no suene tan divertido.

Las primeras noches con ella son placenteras y al mismo tiempo dolorosas. Placenteras gracias al milagro que era aquel cuerpecito menudo y grácil (diseñado para ser apreciado en todo su esplendor solo cuando está desnudo) y que se enrollaba en el mío con una elasticidad inenarrable, y dolorosa por lo poco acostumbrado que estaba mi cuerpo a los polvos diarios y a erecciones de más de una hora. No obstante y al margen de su grata compañía nocturna, la presencia de Mercedes empieza a resultarnos irritante y molesta al loco y a mí. Su olor a melocotón maduro va envolviendo todo el entorno y esa compulsión por el orden y la limpieza que tiene empieza a ganarle la batalla a nuestra independencia y masculinidad a la intemperie que tanto deseamos. Al loco se le ocurre ahuyentarla, para que no vuelva más, robándole su celular, su costoso y bello celular – que nunca supe como lo obtuvo si era tan pobre como decía ser – y jugándole bromas pesadas como caminar calato frente a ella por la habitación con el colgajo tieso o soltando a voz en cuello unos eructos ácidos y totalmente ladinos. Pero todo aquello resultó inútil. Mercedes venía todas las noches y se mostraba linda, comprensible y enamorada y terminó por ordenar nuestro desorden, acostumbrarse a la poca vergüenza del loco y a su desnudez y a confinarme a noches sin descanso debido a sus apetitos ingobernables.

Decido entonces que si ella será mi única aventura amorosa en este lugar de nubes arremolinadas, aprovecharme de su amor por mí hasta los extremos más indignos y transgredo su cuerpo a mi antojo y como y bebo gratis en el bar donde ella trabaja y le doy toda mi ropa sudorosa – que no es poca – para que la lave como ella misma se ofreció a hacerlo. A ella parece no molestarle mi atrevimiento bastante insolente y hasta a veces creo que debería ser más benévolo en mi trato. Me hace muchas preguntas pero nunca responde las mías, solo me dice que vivió en Lima un tiempo al huir de su casa a los trece años y que las cicatrices que lleva en los tobillos son recuerdos de los maltratos de su madre. Siento que me dice la verdad y que nada de esa tristeza es inventada pero creo al mismo tiempo que hay algo más que me oculta con desasosiego. No puedo quejarme, Mercedes, la chica bonita y quien me ha convidado hasta el rincón más subrepticio de su cuerpo casi adolescente, me engríe como nunca antes alguien lo ha hecho.

Es emocionante, hasta cierto punto, revolcarse con alguien a quien apenas se conoce, pero empiezo a sospechar de Mercedes y su inusual cariño por mí en tan pocas semanas, de ese desmesurado afán por vernos todos los días y el inmoderado sentimiento de pertenencia que está ejerciendo sobre mí. Alentado por el loco y todos los rumores que llegan inevitablemente hasta mis oídos acerca de su conducta, decido hablar con ella para llegar a un acuerdo común como personas adultas y sensatas que somos. Le digo entonces que ya no quiero verla, que deje de buscarme todos los días o que en todo caso me permita extrañarla alejándose de mí (como prudente y sensatamente hago cuando las cosas viran de rumbo en una relación). Ella se sorprende un poco y noto que no esta tomando en serio mis palabras. Sonríe con timidez pero me mantengo firme en mi propuesta. Le digo además que la he visto besando el otro día a un tipo en el bar y que si bien no me enoja del todo aquello, es justo que si ella va a compartir su cariño con otros hombres, yo haga lo propio con otras mujeres. Ella se indigna y empieza a tomarme en serio y me dice que no es cierto tal cosa. Luego de un rato de pretextos inútiles termina por aceptarlo al igual que acepta la mitad de los rumores que se dicen de ella pero me asegura que es a mí a quien ama con locura. Le creo, o por lo menos aparento creerle, y luego de una conversación fatigada llegamos al feliz acuerdo de vernos sólo tres veces a la semana.

El loco, torpe y loco como siempre, había conseguido, sabe dios cómo, caerles bien a cuatro mujeres deliciosamente perturbadoras, de cabellos rubios y cuerpos voluptuosos, con el fin de pasarla bien en alguna fiesta patronal de en derredores y esta, a mi parecer, era la oportunidad perfecta para demostrarle a Mercedes que no puede controlarme ni a mí ni a mi naturaleza embustera. Si habría algo que tendría que agradecerle al loco es ese jale tremendo que tiene con las mujeres del lugar, no tanto por su galantería como por la pinta de galán de cine en decadencia con la que nació. Y el gran beneficiado en toda esta historia soy yo, su compañero de aventuras cuyo único talento siempre ha sido estar rodeado de las personas adecuadas y quien aprovecha sus escasos dotes de conquistador diciendo que es amigo predilecto de “el loco Calderón” para conseguir todo afecto cuanto se pueda lograr de aquellas mujeres de acento pegajoso y del cual uno nunca esta seguro si se están riendo o van quejándose cuando hablan. Para desgracia suya y fortuna mía el loco es una bestia consumada en el arte de conversar con las féminas y hacer la charla entretenida. Su voz particularmente chillona y ese parpadeo incesante las intranquiliza y las espanta hacia mí, que como buen oportunista aprovecha y disfruta de lo que la vida le pone en sus manos.

Pero aquellas gringuitas selváticas de ensueño se me hacen sospechosas, no solo por manejar una camioneta 4x4 del año en un lugar tan modesto como este, sino también porque siendo tan bellas como son, es extraño que no tengan pretendientes a la vista. El loco me entusiasma y me dice que no hay nada que temer, que si bien no son putas estas chibolas se ven más fáciles que la tabla del uno y que hay que aplicarles la ley. Le creo y subo a la camioneta. Conversamos, bebemos y jugueteamos traviesamente un buen rato hasta que nos confiesan por la vehemencia del trago y el baile frenético que son hijas de los narcos más reputados de la zona y que detestan que todos los hombres les teman, huyan o desaparezcan misteriosamente. El loco y yo nos miramos y no sabemos qué hacer ni qué responder. Por suerte él es un gran actor (o un chiflado incorregible a quien no le importa en lo más mínimo morir) y aligera el ambiente con bromas excéntricas para darnos tiempo a inventar nombres y direcciones falsas y a buscar la forma más rápida de zafarnos de aquel embrollo infernal. Mi celular vibra y amo a Mercedes con desesperación en ese momento. Les digo a las chicas doradas y buenotas que debemos irnos, que ha ocurrido una emergencia en nuestras casas. Ellas entienden y nos dejan ir sin antes hacernos prometer que saldremos de nuevo. Regresamos a nuestro cuarto y no salimos en dos semanas.

Le pido a Mercedes que no venga a verme por un buen tiempo y le explico que tuvimos ciertas dificultades con hombres peligrosos y que por eso debemos pasar un tiempo ocultos, ella se ofrece a solucionar aquel altercado (no se me ocurre como podría hacerlo) pero le digo que no, que nada puede hacer por nosotros. Ella entiende pero no deja de indagar, su intuición de lince algo le dice. Las dos semanas transcurren a paso de tortuga y nos tiene locos de verdad, pero preferimos sancocharnos en la habitación en lugar de morir acribillados por los matones de los narcos que posiblemente en estos precisos momentos nos deben estar buscando incansablemente. Cabe la pequeña probabilidad de que no sea así y que las chicas, hijas de los narcos más reputados, no se lo hayan comentado a nadie y que estos (los narcos, sus papis) no se hayan visto amenazados por nuestra presencia, pero es mejor no asumir riesgos tontos y sancocharse vivos en la clandestinidad. Los días pasan y Mercedes no deja de llamarme un instante al celular solo por corroborar la veracidad de mi historia y asegurarse que no esté viendo a otras mujeres. A veces creo que este molesto aparatejo fisgón me traerá más preocupaciones que consuelos. Lo que me queda de ella es el fastuoso sabor de melocotón de sus besos en los labios y es por esos recuerdos infatigables que no la mando a la mierda por ser tan encaprichada y obsesiva como debiera hacerlo.

Luego de dos semanas de estar escondidos en nuestro cuarto nos enteramos que aquellas chicas voluptuosas y rubicundas además de ser hijas de los narcos más peligrosos, son adolescentes aún en edad escolar y han sido enviadas a la capital por ser de sentimientos volátiles y de bragas fáciles y haberles causado la muerte a más de una docena de mal aventurados forasteros que ignoraban la procedencia de las ninfas en camioneta de lujo. El loco reflexiona y me dice que si no hubiéramos terminado muertos, de todos modos purgaríamos condena por violación, lo cual no deja de ser cierto, aunque en un pueblo sin ley como este, todo esta permitido.

Nuestro encierro culmina cuando el tipo sin nombre que nos aloja se da por enterado del hecho y nos carajea como a sus peones, esos que trafican armas con los de “la lucha popular”, y mueve sus influencias para que todo lo acontecido quede como un mal entendido o en todo caso como un acto de estupidez extrema y así podamos continuar con nuestra vida común, yo con Mercedes y sus arrebatos histéricos y el loco con sus putas.

Las salidas con el loco se ven bruscamente interrumpidas no solo debido a la mala experiencia que hemos tenido, sino además gracias a la cada vez menos tolerante y más quejumbrosa presencia de Mercedes, quien obedeciendo a su carácter apasionado, no respeta nuestro acuerdo y viene a dormir a mi cuarto todas las noches sin que yo pueda hacer mucho para echarla. Las noches van pasando y si bien no tengo quejas sobre su comportamiento sexual, siento que no hay nada más allá del sexo que me ligue a ella. Incluso a pesar de ser partícipe de las llamadas a su madre – que es desde mi celular que realiza esas llamadas y recibe las putamadreadas que recibe – y el terrible pasado del que proviene y que a cuentagotas me comenta, Mercedes solo me despierta sentimientos de compasión e impotencia, como cuando uno ve a un animalito herido y agonizando y sabe que no puede hacer nada por salvarlo, así me siento con ella.

A los pocos días de la última comunicación con su madre y las correspondientes amenazas de muerte de sus hermanos, Mercedes sucumbe terriblemente a unas fiebres feroces. Enferma de gravedad y por alguna extraña razón me siento comprometido y responsable de ella. Gasto el dinero que no gastaría ni por mi salud en su restablecimiento y me quedo todo el día a su lado cuidándola impulsado más que por amor de pareja por un insólito instinto paternal (si tal cosa existe). Por suerte ella se recupera con rapidez, pero no deja de asaltarme la duda, mezquinamente tal vez, de que estas fiebres solo sean una vil argucia para quedarse permanentemente conmigo como en efecto ha sucedido. En su trabajo le han dado una semana de descanso, semana que ha decidido pasarla en mi habitación. Ella está feliz y yo le doy el gusto. Salgo y la dejo en la habitación si eso es lo que quiere. A veces creo no tiene una casa y que solo quiere mi dinero, luego caigo en cuenta y pienso que quizás solo busca amor, el amor que siempre quiso de la vida y que ni su propia familia le supo dar. Busco al loco en la plaza para despotricarle mi frustración y pedirle algún consejo que no sea robarle más cosas para librarme de ella, necesito algo efectivo para echar a esa mujercita posesiva y berrinchuda de mis terruños de soltero empedernido.

En esas estaba cuando de repente me percato de mis bolsillos vacios y de que no llevo mi celular conmigo. Regreso al cuarto en busca de él y al llegar escucho sorprendido tras la puerta la voz iracunda y fiera de Mercedes imprecando a quién sabe quién, quién sabe qué, “por qué tienes que llamar a mi marido perra de porquería… ¿quien soy?, soy su mujer, idiota hija de mala madre, soy su mujer y espero un hijo de él, así es que no lo vuelvas a llamar más, perra de porquería”. Afortunadamente tengo la certeza de que ella no está embarazada o al menos quiero creer que la tengo. Luego, impulsado más por la satisfacción de haber hallado la oportunidad perfecta antes que por cualquier sentimiento de indignación o cólera (que hubiera sido igualmente justificado) cruzo la puerta con la firme intención de acabar con este absurdo cuento de telenovelas y le reprendo fuertemente por qué toma mis cosas sin autorización. Le digo que cómo es posible que haya hecho lo que hizo, que me ha decepcionado profundamente y que no tiene ningún derecho de tratar así a personas que ni siquiera conoce (dentro de mí pienso y espero que no haya sido mi madre la que ha llamado). Ella se altera de inmediato y empieza una lucha encarnizada de celos absurdos, reclamos airados de amor no correspondido y reproches de acuerdos incumplidos. Ella grita, llora y dice que no la entiendo, que soy injusto, que no quiere perderme y que ha nacido para amarme. Yo le digo que no quiero saber de ella ni volverla a ver más, que esto se ha acabado y que se vaya de una buena vez. Ella llora y gimotea, pero nada de este mundo me hará cambiar de opinión, yo he ganado esta batalla. Ella se va llorando desconsolada y amargamente mientras yo me quedo feliz en mi cuarto aliviado porque todo debía terminar así.

El loco retorna a la habitación agitado y me pregunta por lo sucedido. Se lo cuento feliz de la vida. Me dice que vio a Mercedes pasar por la plaza rumbo a ninguna parte llorando a cántaros y totalmente histérica y creyó que había ocurrido algo más trágico. Lo tranquilizo diciéndole que nada trágico ha ocurrido y le reitero la historia de los hechos contentísimo. Ambos decidimos ahora retomar nuestra vida de empecinados machos machotes dispuestos a acostarnos con todas las santarroseñas urgidas de amor que encontremos en nuestro camino. Luego de ello enrumbados a celebrar la vida.

Sin embargo no todo iría a estar tan bien como me lo imaginaba. En la madrugada Mercedes irrumpe en mi resaca y llama a la ventana por el balcón, se le escucha alterada y salgo a verla. Está emborrachadísima. La miro y no sé cómo demonios ha llegado a subir hasta el segundo piso en ese estado. Solloza arrepentida y me pide que la perdone, empieza a llenarme de besos embriagados y a decir que me ama y que vuelva con ella. No hay nada más placentero que escuchar un ruego descarnado, pienso y no puedo evitar sentirme importante. Le digo que no hay nada más que decir y que se largue. Ella llora y sus lamentos ahora son tan fuertes que podrían despertar a medio pueblo si gritara un poquito más. La reprendo y se calma un poco. Ella ya no dice nada. Adopta ese silencio que tantas veces le he increpado y que de tantas discusiones la han salvado, pero ahora es diferente. Volteo y le digo que se marche, que ya no hay más que hablar. Ella me toma del brazo fuerte e intempestivamente y sus ojos chinitos arden con un fuego que hasta ahora no había visto y entre lloriqueos me dice algo que creí en ese momento solo era histrionismo puro y obstinado, “si me dejas… me mato”. Mi borrachera no dejó espacio a ningún silencio reflexivo, “ve tú lo que haces contigo misma”, le respondo, cierro la ventana y me hago el desentendido.

El loco me dice que la haga entrar no vaya a ser que le pase algo malo. Lo reprendo también, “ella ya no es mi problema”, le digo y vuelvo a mi cama. De pronto un golpe seco y severo vuelve a levantarme. Mercedes acaba de lanzarse desde el hermoso balcón colonial del segundo piso donde vivo y su cuerpo indolente yace malherido en el enriscado suelo. “Loco se tiró, huevón, se tiró”, le digo asustado y corro a verla. Ambos bajamos a auxiliarla y tememos lo peor. He sido un cretino, Mercedes puede estar muerta por mi intransigencia y mi insensibilidad, me siento infinitamente culpable y no sé qué hacer si Mercedes realmente se ha quitado la vida por mi descuido. El loco va en busca de ayuda y yo trato de reanimarla, no le hallo signos vitales y eso incrementa más mi desesperación, creo que está muerta de verdad pero en contraste tiene apenas rasmillones inocuos y casi no hay sangre derramada en el suelo que es como me imagino luce la muerte cuando uno se lanza desde más de tres metros de altura. El loco ha traído al dueño de casa (el tipo sin nombre) que para estos casos ya tiene remedio anticipado. Saca su arma, le pone un silenciador en el cañón de la pistola y nos pide que nos apartemos. Le dará un tiro en la cabeza y luego arrojará el cuerpo al río como tantas otras veces ha acostumbrado hacer. Intento detenerlo pero extrañamente el cuerpo de Mercedes se mueve y queja del dolor feroz de su caída. Gracias a todos los cielos no está muerta. La ayudo y la lleno de mimos y besos, le digo con voz entrecortada que es una tontita y que nunca más vuelva a hacer lo que hizo porque la quiero y no quiero que se lastime, “solo prométeme que regresarás conmigo”, me dice entre amorosa y adolorida, “lo haré, preciosa”, le respondo y la llevo hasta el cuarto en los brazos.

La noche pasa lentísima y no puedo dormir, Mercedes parece cansada y dormita profundamente, ahora no sé qué hacer con ella ni conmigo. Me pregunto si seré capaz de librarme pronto de este embrollo. Ahora la situación de verdad se ha puesto color de hormiga. Pasan pocos días y se restablece demasiado rápido como para haber sufrido una caída mortal como la que sufrió, pero no importa, esta viva y eso es lo más importante. Su ánimo ha dejado de ser triste también y empieza a hacer planes de viajar juntos y todo. Sutilmente intento convencerla de lo peligroso que resultaría seguir pasando tanto tiempo en la habitación porque el loco dice estar harto de oírnos tirar sin contemplaciones frente a él y como es un loco de armas tomar nada nos garantiza que algún día atente contra nosotros por tal desaire (lo cual resulta paradójico ya que el loco es el más feliz, después de Mercedes, con aquella situación). Entre asustada y crédula ella asiente y decide venir solo los días que el loco va al bar a emborracharse y a buscar putas, que para mi mala suerte son casi todos los días.

Pasada unas semanas Mercedes me anuncia que ha renunciado a su trabajo en el bar para pasar más tiempo conmigo y yo no sé que espera que le diga. Finjo una alegría que me sale marchita a pesar del esfuerzo. Ahora trabaja en un hotel como recepcionista a dos cuadras de mi cuarto y me pide que vaya todas las noches a verla y a hacer el amor en una habitación más privada ya que además de las quejas del loco (inventadas por mí) ella tiene la ligera impresión que cuando nos acostamos en el cuarto, el loco nos espía y vigila clandestina y descaradamente, sin saber que todo ello es cierto y que incluso utiliza el celular que le robó para filmarla. Rechazo su propuesta y le digo que es imposible, que el loco es casi mi hermano y que por nada del mundo lo dejaré solo. Le insinúo tímidamente y con temor liviano que vernos con tanta frecuencia hará que nos aburramos uno del otro más rápido y ella empieza con su cantaleta de siempre.

Ha adoptado una forma de hablar particularmente molesta, como si todo el tiempo estuviera sollozando. No sé cómo terminé estando en esta posición de esposo condicionado y extorsionado. Me imagino que debe ser la culpabilidad la que me retiene las ganas de decirle que se largue de una buena vez. Pero no soportaría la idea que se mate por mi causa. Le tolero por unos días sus caprichos pero luego se me ocurre condicionarla también y utilizar la misma estrategia de combate. Le digo que la única forma de seguir conmigo y que acepte su propuesta es que sea totalmente sincera y honesta conmigo y me cuente toda la verdad, todo lo que me oculta. Ella, luego de un buen rato de silencios incómodos lo hace y yo detesto al loco por haberme traído a este lugar inverosímil. No puedo ocultar el estremecimiento que me ha causado escuchar aquello pero solo callo y miro un punto indefinido en la pared mientras pienso en la desgracia de mis días. “No te lo dije antes porque creí que me dejarías inmediatamente”, me dice con toda razón. Yo la despido con la firme promesa de irme a dormir con ella la noche siguiente, “mañana empezaremos a dormir en el hotel, preciosa”, le digo y ella me cree y se va. Ahora toda la historia se ha complicado más de lo que ya estaba. Prefiero callar y no decirle nada al loco.

Luego de un mes y tres intentos de suicidio, Mercedes ya no es la que conocí tiempo atrás. No queda pizca alguna de esa criatura de fábula ni de esa aura dulcedumbre andino-selvática que tanto más bella la hacía lucir, ahora solo es un amasijo de cabellos alborotados, ojos inflamados y belicosos, rostro adusto casi inhabitado de cualquier gesto bondadoso y brazos maltrechos y con cortes filudos. Las noches de sexo terminaron por convertirse en una estancia permanente de mi parte en el hotel donde Mercedes trabaja por evitar que ella ponga en peligro su vida. A decir verdad yo también he cambiado bastante, a pesar del sol candente tengo la piel pálida y el pellejo más pegado a los huesos y me embisten unos sobresaltos incontrolables y una terrible jaqueca perpetua que apenas me permite descansar.

Lo que empezó como unos amoríos de baja intensidad han terminado en una historia de reclusión obligatoria junto a una mujer totalmente enceguecida de razón alguna y que se profiere daño inmisericorde para coercionar mi amor por ella o mantenerme a su lado. Tiempo atrás la hubiera dejado sin el menor cuidado y no me hubiera importado cuantas muertes hubiese tenido, pero ahora estoy en un estado de acojudamiento paralizante. Apenas puedo ver al loco que me anima a dejarla sin remordimientos y seguir con lo nuestro (la juerga irresponsable y desmesurada) o en todo caso me arme de valor y deje esta historia aquí de una vez por todas y regrese a Lima. “Está claro que ella no me va a dejar ir”, le digo, pero el loco con esa sabiduría de loco que a veces lo asalta me dice que confíe en él y que mañana, si yo quiero, partiremos en la madrugada sin que ella pueda hacer nada para impedirlo y me comienza a narrar atropelladamente cuál es la táctica a seguir. Lo escucho y acepto casi al instante. Esta vez me anima la determinación del loco porque dudo que yo hubiera planeado algo tan arriesgado en mi estado impresionante de acojudamiento. Sí hasta a veces creo que mi comportamiento obedece a la voluntad de algún brebaje mágico proveído por Mercedes en la comida.

El plan sale a la perfección, Mercedes acaba de tomar sin el menor cuidado la ingente cantidad de sedantes que puse en su bebida y dormirá por tantas horas que nos permitirá no solo llegar a San Francisco sino incluso hasta Lima si nos apresuramos y la suerte está con nosotros. Empiezo a sentirme mejor pero no deja de estremecerme mi audacia. Cierro la puerta de la habitación y salgo en una carrera precipitada rumbo al taxi que el loco contactó para nuestra escapatoria, que se joda y si se mata que lo haga, ya no me importa, pienso y huyo desesperado. Emprendemos la alucinante huida de Santa Rosa, yo con el corazón en la boca y el loco de mierda gritando nuestro escape triunfal por la ventana del auto.

Una vez en Lima y bajo la bóveda gris de su cielo y el aire tumultuoso de sus calles me siento menos tenso pero aún persisten ciertas dolencias hostiles, que se agravan con las llamadas fragosas de Mercedes a mi celular. “¿Por qué le contestas pe, huevonazo?”, me dice el loco con toda razón y no hallo una respuesta lógica para su pregunta, solo respondo el teléfono por inercia, aprieto los párpados y miento, “estoy en Satipo, esperando que me paguen”, le digo y cuelgo entre los insultos, lloriqueos y amenazas que una desquiciada Mercedes chilla sin mesura. Debo ir al médico porque temo que he contraído una de esas enfermedades terribles de la selva que te aceleran el corazón y producen una tembladera fatal en todo el cuerpo. Esas cosas no existen, me dice el médico y me receta algunas pastillas. Por desgracia, pienso mientras el médico garabatea su ortografía ilegible en un papel, que si me deshago del celular jamás nos pagarán el dinero que nos deben y que nunca pudimos recoger por la premura de nuestra huida. Regreso a casa fatigado pero aliviado a la vez de estar tan lejos de ella.

Mercedes increíblemente ha viajado hasta Satipo a buscarme y desde allí me llama emberrinchada como siempre preguntándome donde estoy para que me dé el alcance. Ahora, más tranquilo por los calmantes y menos cobarde, me río de ella y de su manía de seguir buscándome, “estoy en la plaza de armas, Mechita, vente pues, aquí te espero, no te vayas a matar nomás si no me encuentras”, le digo y cuelgo entre risas triunfales. Ya no tengo más que temer estando tan lejos. Le contestaré las veces que quiera para burlarme de sus quejidos y su ridícula suplica de amor y me reiré hasta olvidar todos los malos momentos a su lado y el dinero gastado en ella y en sus caprichos. Tamaña razón tenía el loco cuando decía que se ha comprobado aquello que las mujeres son como las carpas, si las “clavas” bien, estas no vuelan.

Pocos días después Mercedes vuelve a llamar con un repentino buen estado de ánimo y me anuncia con una pedantería que no se la conocía su inminente arribo a Lima. Entre risotadas mordaces me dice no descansará hasta encontrarme. Le digo, entre sorprendido y asustado, que es una loca de mierda y que me deje en paz y que entienda de una maldita vez que no me interesa en lo más mínimo volverla a ver. Luego retorna a su hablar sollozante, como si de un momento a otro se hubiera transformado en una persona distinta, y me dice que me ama y que sólo quiere estar a mi lado, luego calla y con una voz más determinada me dice que si no le digo donde estoy, ella se matará y dejará una carta con mi nombre escrito en él, haciéndome responsable de su muerte. “Me importa un carajo si te matas”, le digo furioso y cuelgo. Ella sigue llamando sin descanso y ahora ha dejado de ser totalmente la Mercedes que conocí en Santa Rosa y ha cambiado sus chantajes patéticos y artimañas histéricas por amenazas de todo calibre. Me dice que en Lima no solo tiene parientes ligados a la policía sino también gente que podrían hacerme pasar un momento terrible y causarme daño si no decido retornar con ella o decirle donde vivo.

Sin importar el dinero que nos adeudan, me deshago del celular, este maldito celular, para estar más tranquilo y hacer de cuenta que nunca pasó nada y me alivio nunca haberle comentado a Mercedes donde vivía en Lima. Luego de sus amenazas mis dolencias han empeorado, ahora no puedo salir solo a la calle debido al vértigo que siento y la sensación de ser perseguido o vigilado se ha acentuado como concreto en mi cabeza. Pero creo que lo peor ya pasó, sin mi número no volverá a atormentarme y Lima es demasiado grande para que me encuentre. A los pocos días Mercedes da, sabe dios cómo, con mi nuevo número de celular y me dice que ya conoce donde es que vivo. No se lo creo. Ella ríe y me describe la fachada de mi casa y la cuadra entera con lujo de detalle que a mí no me queda duda alguna de la veracidad de sus palabras. Sin embargo es raro que conociéndola haya decidido llamar en lugar de venir de frente, pero es mejor no subestimar su inteligencia de serpiente. Tomo mis pastillas, unos cuantos trapos y decido esconderme en casa de una tía hasta que esta pesadilla acabe. Las amenazas siguen llegando hasta mi celular, no sé que tipo de contactos pueda tener esta mujercita de rodillas frágiles para haber llegado hasta mi ubicación y mi nuevo número, pero sé que son peligrosos y que me están buscando allá afuera. No saldré más porque siento morir cuando estoy en la calle.

Mí tía (comúnmente siempre en sus cabales y dotada con carácter de santa) está ofuscadísima y harta ya de toda esta situación, ella no puede entender todo lo que he cambiado y reprende mi espíritu pusilánime y golondrino. Me dice que si aquella mujercita endemoniada está acosándome de tal manera, la mejor solución es que vayamos a una comisaría, sentemos la denuncia y pidamos garantías para mi vida. La miro a ella y a su determinación acodado sobre su mesita de sala, respiro el poco aire que mis pulmones me permiten respirar y le digo no con poca angustia que lo mismo había pensado yo hacer y que será lo primero que haga de aquí a un año, que es cuando Mercedes cumple la mayoría de edad. Ella me mira y me pide que me marche de su casa y me dice que prefiere un sobrino que velar en lugar que un violador de menores encarcelado y maldito para toda su vida.

Me marcho como ella me lo pide y me refugio en un lugar insospechado desde donde escribo estas líneas impulsado por el inquietante temor de ser encontrado y los deseos descorazonados de volver a ser el mismo y esperar estos pocos meses que faltan para denunciar a Mercedes de una buena vez por todas.

viernes 28 de agosto de 2009

Deposiciones urgentes


Por Hector Ccahua:


Van crepitando
en mi vientre orgulloso
mi crearme y respirarme
una bizarra belleza
un destino
una silente estirpe.

Furia celestial o de los suburbios infernales
humanidad errante
de donde surgen batallones densos
la metamorfosis
de todos mis cuentos.

Tantas resurrecciones
una inmortalidad angélica
anegando los párpados apretados
diez mil muertes
y charcos interminables.

Dormita la vida
en los rincones sin luz
un sepulcro al borde de los sedimentos
¡a callar!
la eternidad está por nacer.

La guerra es mía
y mía también la angustia
voy a ciscar como nunca lo hice
en esta noche
de indigestión nostálgica.

Arrullando un corazón duro
se precipitan monolitos
el odio ancestral
la sangre ardiente
y otra vez el feroz dolor de la vida.

Al fondo
como un cadáver recién nacido
yacen todos mis sueños
mis borracheras
mi hedionda naturaleza.

Una plegaria
a las profundidades
criatura milenaria
soy yo tu creador
el orfebre de tu olor y olor.

Porque
eres el resumen de la vida mía
la compresión de las ciencias
religiones
y agonías.

Porque a ti me debo
a ti me debo
a ti me debo
mi alegría mi paz
soy yo tu creador
el orfebre de tu olor y olor.

domingo 2 de agosto de 2009

Los borrachos también lloran II (2da pte)


Nota de autor: Continuación del único relato de dos partes, prometido!!!... Seco y volteao...

"La literatura es el mejor juguete que se ha inventado para burlarse de la gente".
Gabriel García Marquez.


Capítulo Segundo - Continuación

Por Hector Ccahua:

- ¿Alguna vez has hecho lo correcto y aún así te sentiste mal por ello?, le preguntó Bruno a Dan, quien acababa de dejar a Lía en un taxi rumbo a su casa.
- Algunas veces, pero no me gusta pensar en eso cuando estoy borracho, man, respondió este con buen talante y continuó - ¿por qué me lo preguntas?
- Porque acabo de mandar a la mierda a dos lesbianas que me chotearon para bailar y creo que son parientes de la vieja de Linda, dijo Bruno un tanto arrepentido.
Dan celebró la gracia y lo invitó a pasar el mal momento con un sorbo inmenso de ron puro, que es como se cura todo el mal sabor de la boca.

En efecto, el festejo por el cumpleaños de la mamá de Linda llegaba a su punto más alto, a la efervescencia de la euforia. Ella se paseaba por toda la casa saludando a familiares y amigos cercanos con ánimo encendido y vistiendo ropas floridas bastante holgadas (para ocultar la obesidad desvergonzada) y en la frente llevaba con coquetería de adolescente una cinta multicolor digna de una hippie refractaria. A su lado estaba su chico, un tipo de escasa cabellera, de hueso colorado y una barriga prominente, hacían bonita pareja a decir verdad y todos los saludaban con bastante afecto.

En un rincón de la enorme sala se hallaban, vaso en mano, Bruno y los demás a punto de despedir a Daysi, quien aduciendo la mala salud de su madre y a pesar de la persistencia de Manuel y su primo, se retiró sin pena ni gloria; aquella noche no besó a nadie, ni dejó tocarse el culo por nadie, como lo hacía en cada reunión como parte de un juego travieso que ella había creado para conmemorar su liberación sexual. Lastima por todos, Daysi poseía un derrier bastante respetable, pero ahora se tenía que ir. Martha, la más tranquila y aburrida de todas, también había partido hace un buen rato y lo hizo como siempre, sin que nadie se diera cuenta.

Ahora la noche era absolutamente de ellos, desprovisto de mujeres por la partida de estas a sus respectivos hogares y con la desaparición repentina de Linda que se perdió por las pasadizos de su casa, los demás envalentonados por el ron decidieron dar rienda suelta a su galantería más osada e invitar a bailar a algunas de las muchas féminas que se hallaban dispersas por el lugar. Bruno fue el último en animarse debido a la reciente mala experiencia con las lesbianas insolentes, la ineptitud congénita para el baile y la irrisoria capacidad seductora de la cual la vida lo había provisto. Sin embargo a esas alturas de la noche ya nada era imposible, toda capacidad de raciocinio, lógica y buen juicio se habían evaporado junto con la primera botella de ron y con ella los vestigios de conciencia y el temor al ridículo que tanto agobiaban a Bruno. Por tanto dejó su vaso vacío sobre la mesa, caminó con cierta dificultad al centro de la pista de baile, divisó a una mujer de unos veinte tantos años y la invitó a bailar con enorme seguridad y con una risita de galán que había aprendido de las telenovelas. Por suerte aquella mujer accedió a bailar con él de inmediato y sin pucheros. Todo un logro para el buen Bruno.

Bailaron y empezaron a conversar ingrávidamente. La mujer era muy guapa y aunque en realidad cualquier mujer que se hubiera cruzado por su camino en ese momento, –por el estado en el que estaba– le hubiera parecido la criatura más agraciada de la tierra, habría que decir que se trataba de una fémina de belleza considerable, tenía unas pequitas conmovedoras, un rostro cercano a la perfección y una figura grácil muy fácil de amar. Manuel y los demás dejaron de bailar y no pudieron parar de reírse de Bruno y de sus contraídos y bizarros pasos de baile. Este dejó de bailar con la chica de pequitas conmovedoras antes de que se enterase que era la prima de Linda. Tenía que hacerlo pues Bruno se había olvidado de avisar en casa que no llegaría a dormir ya que el tonazo tenía aún para rato. Volvió de inmediato al rincón asignado a los visitantes repentinos y quiso salir a la calle en búsqueda de un teléfono público. Linda ya había regresado y se encontraba empezando la combinación de la segunda botella de ron cuando escuchó la urgencia de Bruno, “puedes llamar desde mi cocina”, le dijo bajo la luz tenue de un ambiente que se ponía cada vez más frenético. Él aceptó y se dejó guiar con complacencia por Linda por entre los demás invitados.

Llegaron a la cocina y con la conciencia pendiendo de un hilito delgado Bruno llamó a su casa para avisar que se quedaría en casa de un amigo suyo para evitar alguna desgracia y todos los peligros de la noche. No bien colgó el auricular y luego de ser reprendido por su madre por despertarla a las dos de la madrugada, Bruno fue golpeado por un beso maravillosamente pasional y las pequeñas y suaves manos de Linda empezaron a recorrerle el cuerpo con furor precipitado. Mientras él hablaba por teléfono, Linda se había encargado de dejar la cocina libre de moros en la costa. Se besaron infinidad de veces y la tibia sensación del peligro empezó a envolverlos en un clima excitante, era una locura, casi se podía sentir la algarabía de todos los invitados detrás de la puerta y toda la sensualidad de la música y el aroma de lo prohibido, y ellos allí casi a punto de desnudarse y perder el control. No tardaría alguien en cruzar la puerta y encontrar a Bruno con los pantalones abajo.

Aquel pensamiento venido del más alejado y profundo estado de alerta que aún poseía Bruno lo puso a buen recaudo y luchando contra su misma ebriedad y la calentura de su entrepierna, se safó de Linda a duras penas y le comunicó su preocupación por verse descubierto. Linda le reprendió su falta de picardía para estas fechorías y le dijo que nadie vendría y que volviera a bajarse los pantalones para continuar con la fiestita privada que tanto habían esperado. Cuanto luchó Bruno para convencerla de lo contrario, cuanto se exigió para persuadir a la testaruda y calenturienta Linda de que él se meaba de miedo por verse descubierto, que aquello era arriesgado, muy excitante pero arriesgado, sobre todo para él y que por el amor de dios, le perdonase la mariconada de volver a la fiesta y mantener los pantalones en su sitio. Se imaginó por un momento verse descubierto en casa de Linda y rodeado, como estaba, por todos sus familiares, quienes al descubrir tan infame situación e irrespetando el cumpleaños de la doña, arremeterían de seguro contra el cuerpo desgarbado de Bruno a puntapiés y lo harían añico entre todos, ganas de asesinarlo no le faltarían, a él que ni siquiera era su enamorado (quien extrañamente no fue invitado por obra y gracia de Linda) y quien osaba poner sus sucias y pervertidas manos sobre el delicado cuerpo y la inocencia de Linda, el orgullo de la familia. ¡Tremendo descaro de este hijo de la gran puta que lo parió! Tanto le angustió aquella idea, aquella pesadilla creada por su cobardía innata, la paranoia exacerbada y la borrachera que le sacudía la cabeza, así como el peligro casi inminente de la situación, que huyó de la cocina y a Linda no le quedó más remedio que seguirlo decepcionada por el desastroso amante que el destino le había reservado.

Regresaron a la sala y al rincón donde los esperaban los demás aún con media jarra de Cuba libre, hallaron a Manuel adiestrado al buen Dan y animándolo a creer que la infidelidad no era más que una hipocresía social y convenciéndolo de que los verdaderos machos no se ponen a pensar en huevadas semejantes sino que actúan y se chispotean a cuanta fémina se les cruce en el camino, como tan bien él lo hacía por aquella época con una joven asistenta social de algún albergue para menores que había conocido recientemente; entre tanto la gente alrededor estaba casi delirando con el solo alucinante de Lynard Skynard en Free Bird y esto bastó para tranquilizar el espíritu asustadizo de Bruno. Ahora se encontraba aliviadísimo de la golpiza de la que se había librado en la imaginación y fue feliz, quiso bailar y festejar su repentino estado de bienestar y buscó con la mirada a la chica de las pequitas conmovedoras, pero lo que halló frente a sí fue a Linda con una sonrisa grandota y no muy bonita que lo llevó a la pista de baile a aprovechar la poca luz para seguir encandilando sus cuerpos. Linda lo sujetó del brazo y le señaló que aún nadie entraba a la cocina y que si quisiera podría volver a hacer otra “llamada telefónica”, Bruno lanzó una furibunda carcajada de negación y en son de broma le dijo que su cuarto sería mucho más cómodo que una cocina tan dificultosa para el amor.

Siguieron bailando y tomando hasta que se libraron de todo el ron que aún quedaba. Linda bailó como cinco canciones seguidas junto a Bruno y fue tal el acercamiento que no pocos dejaron de notar lo entusiasta que era para atender a su invitado. Bruno habría de decirle que sería mejor que bailara con el primo de Manuel un rato en parte para evitar comentarios y en otra gran medida, para librarse de ella y estar más cerca a la chica de las pecas. Linda accedió a la petición trayendo primero una jarra repleta de un coctel delicioso y encantador que sería el deleite de Dan y Manuel quienes para celebrar la reciente adquisición propusieron dos rondas de shots seco y volteado. Así lo hicieron.

Habían tomado tanto que de pronto se sintieron con unos ánimos exaltados para la danza que hasta el mismo Bruno –incapacitado o, mejor dicho, desprovisto de toda pizca de talento para los movimientos armoniosos que exigen la danza de cualquier melodía por más sencilla que fuera– parecía levitar en medio de la pista de baile siempre acompañado por la chica de las pequitas conmovedoras, quien luego de hacerle saber lo divertido que era verlo bailar y burlarse de él, le preguntó si tenía algo con su prima Linda, ya que siendo así, ella no podría seguir bailando con él, por respeto a la familiaridad y el cariño filial que existía entre las dos. Bruno tomó lo dicho como una insinuación tímida y le aclaró tajantemente que Linda y él no tenían absolutamente nada, dejando en claro con esto que podrían bailar toda la noche si ellos quisieran. Ella le respondió con una sonrisa angélica y empezó a bailar con mayor gracia y sensualidad. Él, víctima en esos momentos del alcohol en su torrente sanguíneo y confundido con la audacia de una de las mayores borracheras en sus cortos veintitrés años, le dijo por último para dejar en claro su situación con Linda la amistad que lo unía con su enamorado, –a quien no conocía– “aunque si Linda tuviera tus pequitas no me importaría que su enamorado fuera mi amigo”, sentenció Bruno con aquella risita de galán y una torpe coquetería y recibió una mirada felina de la mayor sensualidad existente en el lugar.

Bruno se acercó donde ella estaba sentada y siguió conversando por un buen rato, creyendo firmemente en la posibilidad de alcanzar los favores de una mujer desconocida en una de sus primeras incursiones en los terrenos del galanteo, pero de pronto sintió las manos pequeñas de Linda en sus brazos y se vio frustrado en su intento, “¡Maldita Linda!”, repitió en su cabeza tantas veces como cuando creía que ella le había contado sobre sus amoríos a Elizabeth, aquella mujer de pechos prominentes que tanto lo alborotaba; y la odió con brusquedad. Bailaron un buen rato –de mala gana– y siguieron tomando hasta que el delicioso y encantador coctel se desvaneció en las gargantas aún sedientas de diversión de los cada vez más obnubilados invitados polizones. Aquel sería uno de los últimos recuerdos de la fiesta que tendría Bruno registrado en su memoria, a partir de allí todo se volvió confuso, era previsible, tanto alcohol combinado y bebido con tanta algarabía de todas maneras lo empozaría en una laguna de olvido y éxtasis.

Pocas horas después y ya en casa de Braulio, (amigo incondicional de Bruno) quien le abriría la puerta de su casa a las siete de la mañana luego de la peor borrachera en la vida de su amigo, habría de auxiliarlo con el mejor de los cuidados proveyéndole trapos húmedos y hielo, sobre todo mucho hielo. “¿Donde carajos te has metido, huevón?”, le dijo Braulio entre preocupado e irónico con el buen talante que lo caracterizaba y Bruno no respondió nada hasta luego de un silencio conmovedor que le sirvió para no llorar por los recuerdos que ahora lo empantanaban en la más cruel historia de todas sus historias. Empezó su relato al revés pero no pudo evitar los deseos de pedir un espejo. Se reflejó en él y con una sonrisa de lamentación idiota, rememoró de manera desordenada todo cuanto sucedió luego de la segunda jarra del coctel encantador.

Dijo haberlo llamado cuando los primeros albores del domingo se asomaban porque era el único número que su convulsionada cabeza lograba identificar de entre tantos otros y sabiendo de su bien intencionada capacidad para ayudar a amigos en desgracia, acudió a él luego de que el guachimán que lo había guarecido, lo despertase y lo ayudara a ponerse de pie, “ya son las seis, compañero, tienes que irte porque ahora salen los patrones y me van a regañar por tener a alguien con la cabeza rota y la ropa ensangrentada tirado en el jardín”. En efecto, hacía pocas horas aquel guachimán piadoso aceptó casi a regañadientes pero con el más misericordioso de los amores, albergar en el jardín de la hermosa casa que cuidaba el cuerpo desgarbado de Bruno, “por lo menos hasta que amanezca, por favor mister, mire como estoy”, le rogó Bruno al guachimán misericordioso pocas horas antes al borde de las lágrimas. En el hermoso jardín de una casa bellísima cuidada por el guachimán más compasivo que había conocido en su vida, Bruno durmió casi al instante de pegar la cabeza sobre el severo césped y como si nada hubiera ocurrido cayó en un ensueño profundo y sacramental. En aquel momento no lo supo, pero tuvo el sueño más delicioso y plácido que alguna vez experimentó, un largo descenso por una escalera interminable de peldaños como nubes o algodones dulces que acariciaban sus pies a cada paso, como si levitara. Debe ser así como la mente humana encuentra en la imaginación el refugio perfecto del mundo real lacerante y maltratador.

- Puta mare, mi vieja se va a morir cuando me vea así, alcanzó a decir Bruno interrumpiendo el curso de su narración y dejando a Braulio intrigadísimo.
- Si no tuviera que ir a chambear, te podrías quedar todo el día aquí, pero ni cagando tus heridas van a sanar en pocas horas, respondió Braulio.
- Ya me cagué, me duele todo huevón, no sabes, sentenció totalmente resignado Bruno y prosiguió, ¿tienes más hielo?
- Fácil que tienes para una semana o dos, dijo ahora Braulio y fue en búsqueda del hielo.
- Ni lo menciones, ¿Qué chucha voy a decir en la chamba carajo?, se preguntó Bruno y se lamentó de nuevo recibiendo el hielo que Braulio le alcanzó poniéndoselo de inmediato en el ojo derecho.
- Te han hecho mierda compare, ¿donde carajos te has metido pues?, repitió Braulio aún con la intriga de no saber qué le había pasado a su amigo.

Hizo un silencio, exclamó un quejido y prosiguió. Le comentó ahora sobre lo último que se acordaba, de aquel coctel alucinante que al parecer lo había arrastrado a la inconciencia y de cómo luego apareció en el baño de la segunda planta totalmente asustado por sabe dios qué. Braulio empezó a sospechar como iría a acabar la historia pero dejó que el lastimado Bruno terminara de contarla para dar sus respectivas apreciaciones antes de que se fuera a trabajar.

Luego de los últimos shots que propusieron Manuel, su primo y Dan, Linda decidió no quedarse con la ganas de tener algo más de acción aquella noche y en medio de las celebraciones tomó la mano de Bruno y se lo llevó a la cocina. Habría que verla para entender lo decidida que era Linda. Llegados a la cocina, los besos ardorosos se entremezclaron dulces y lujuriosos y de a pocos volvieron a estar febriles ambos, cómplices en el peligro y encandilando sus cuerpos sin tapujos. Todo esto hasta la repentina llegada de Nilda, la empleada que trabajaba en la casa y la encargada de repartir y preparar el delicioso coctel. Linda se sobresaltó y de un empellón apartó el cuerpo de Bruno, que a esas alturas era un paquete sin conciencia guiado solamente por sus instintos más primitivos y por las pequeñas y suaves manos de Linda. Nilda la miró y no dijo nada y tampoco diría nada, pero ya se sabía que aquel dejaba de ser un lugar seguro para un romance subrepticio. Creyó que ir a su habitación sería muy sospechoso, sobre todo porque tarde o temprano algunos familiares le pedirían su habitación para descansar la borrachera, por tanto desechó la idea rápidamente. Linda, excitada también por todo el alcohol consumido desde las ocho de la noche, decidió arriesgarse y tener a como de lugar un buen polvo con la piltrafa de amante que aún le quedaba, ya había esperado mucho y era lo menos que este podía hacer, complacerla y darle lo que tanto deseaba, nada sería más excitante que ello, eso ni dudarlo. Lo sujetó de la mano y subió las escaleras cuidando de no ser observada por los demás que parecían estar en otra cosa, aún con la música al rojo vivo, trago en abundancia y efímeros romances que iban naciendo furtivamente debajo de la lívida fosforescencia de las luces psicodélicas.

Al pie de la escalera se hallaba el baño de la segunda planta, imponente y bien cuidado pero restringido para los invitados porque ya había uno en la primera planta y sería arriesgado para la familia dejar subir a más personas. Allí estaban ahora Bruno y Linda, con tantas ganas de amarse, sumamente borrachos y bastante afiebrados por el aroma uno del otro. Entraron al baño y con avidez irrefrenable se besaron, tocaron y se liberaron de algunas prendas. Linda estaba excitadísima por haberse metido al baño de su casa con su amante sin que nadie se diera cuenta mientras daba pequeños gemidos cuando Bruno besuqueaba su cuello y recorría sus modestos y no muy bonitos pechos. No obstante, ya sea por el poco tiempo que disponían o por no sentirse lo suficientemente excitada, estos jueguitos eróticos no parecían satisfacer a Linda. De modo tal que decidió apresurar la cosa desprendiéndose de su jeancito ajustado con rapidez y hasta con cierta sensualidad e invitando a Bruno que hiciera lo propio y dejando al descubierto el mayor encanto que poseía, su generoso culo. De pronto empezaron una frenética danza, enredando sus cuerpos, inhibiendo gemidos y tratando de hacer el menor ruido posible. Como cuando niño se hace una travesura y se disfruta de cada segundo de no ser descubierto, así estaban Bruno y Linda agazapados en lo que ellos creían una perfecta y clandestina aventura de romance en el baño, realizada con el mayor cuidado y sin que nadie se hubiera dado cuenta.

Sin embargo y para quienes no estaba tan borrachos como lo estaban ellos (uno más que la otra), aquella travesura sigilosa y de cautela máxima, había sido una operación ridículamente torpe y espectada por muchos de los invitados de la primera planta. La suerte ya estaba echada. Si hasta aquellos gemidos y movimientos prudentes dentro del baño se oían como ruidosos aspavientos fuera de él.

Tan rápido como el estruendoso sonido de la puerta abriéndose tras de él, cayó el primero de los muchos impactos furibundos que abatirían en el rostro de Bruno aquella madrugada. El puño le pertenecía al iracundo, protervo y visiblemente narcotizado hermano de Linda, quien había entrado a la casa como perro echando espumarajos luego de ser avisado por quien sabe quien que su hermanita, aquella a quien le robaba los objetos de mayor valor para conseguir la droga que su nariz requería para vivir y a quien tan poco apreciaba, se había encerrado en el baño a fornicar con el mayor descaro y justo hoy, en el cumpleaños de su adorada madrecita, la permisible hippie que le mantiene el vicio al hijo haciéndose la desentendida y viviendo solo para su chico.

El puñetazo le abriría una pequeña sutura entre ambas cejas como producto del anillo que el hermano de Linda llevaba en la mano derecha. Rápidamente Linda saltaría a defenderlo y empujaría hasta afuera a su hermano con bastante valentía. Ella saldría con él y buscaría tranquilizar los ánimos. Luego del primer y único golpe que recibió en el baño y después de reponerse y subirse los pantalones, Bruno recién pudo darse cuenta de la situación en la que estaba. Se miró al espejo el rostro ensangrentado y recordó la visión que había tenido en la cocina cuando llamó a su casa, “¡Maldita Linda!”, pensó y se miró de nuevo al espejo la cicatriz recientemente obtenida. Cerró los ojos y sintió miedo, ¿qué tanto hacía Linda afuera? ¿por qué no venía y lo rescataba de este infierno en el que ella misma lo había metido? Fueron los minutos más largos de su vida y los más abrumados también. Afuera todo mundo ya se había dado cuenta de la desgracia, familiares, amigos, hasta la chica de las pequitas conmovedoras se llegó a enterar por todo el alboroto y los gritos, amenazas e insultos que se le dirigía al desgraciado que se ocultaba tras la puerta del baño. Aquello era un revuelo total. ¿Dónde estaba aquel hijo del demonio que osaba fornicar a la fuerza con nuestra amada Linda? ¡Que lo trajeran hasta acá para acabarlo a puntapiés y darle una golpiza que nunca olvidará, que lo trajeran!

Bruno tuvo que dejar su reflejo ensangrentado en el espejo y empezar a sostener la puerta que parecía venirse abajo. Su corazón en algún momento se le saldría por la boca de tanto miedo que sentía, ¿Cuántos habrían allá afuera empujando la puerta? El hermano de Linda, ofuscado de seguro por la cocaína, parecía un demente, apenas lograba abrir un poco la puerta y ya estaba dando de puñetazos al aire. Bruno no lo había notado hasta ese momento, pero la apariencia del hermano de Linda era más bien lastimera, parecía un drogadicto consumado, igualito de feo que su hermana pero desgastado, lúgubre y siniestro, así era su mirada, ¿Cómo semejante criatura le había asestado un golpe?, lo odió de inmediato. Tenía una nariz horrible y chueca, (obviamente no por las cirugías como Linda) y algunos tatuajes sin sentido, amenazaba a Bruno a cada rato y no dejaba de gritar e insultarlo.

Manuel y los demás intentaron llegar hasta el segundo piso, pero la madre de Linda, enterada ya del funesto incidente y hecha un mar de lágrimas, largó irasciblemente a los amigos, “que se fueran de mi casa estos desgraciados que me han malogrado el cumpleaños”, decía a viva voz, la pobre, sentida y rolliza hippie. Ellos tuvieron que irse y dejaron todo en manos de Linda, no tenían otro remedio ni escapatoria. Mucho después Bruno les haría saber que nunca los perdonaría por no haberse quedado a esperarlo fuera de la casa y evitar así la tragedia que tuvo que vivir.

Cuando la madre de Linda llegó hasta el baño, azotó cruentamente el rostro de su hija repetidas veces. El escándalo estaba consumado. La madre la seguía golpeando e insultándola y nadie parecía contener la rabia e indignación de la doña que entraba a un cuadro de histeria indómito. El hermano había desaparecido de repente. Fue raro no verlo allí queriendo tirar la puerta para sacar al hijo de puta que se escondía cobardemente y reventarlo por arruinar la fiesta de su madre y comerse a su hermana en sus propias narices. La madre de Linda quiso apartarla de la puerta y ver quien era el maldito, pero Linda valientemente se inmoló y no la dejó pasar, fue un lindo gesto de amor que Bruno en su mezquina existencia nunca supo reconocer. Linda lloraba desconsoladamente y con las mejillas rojas y los cabellos alborotados le pidió a su madre que cesara en su furia para que la pueda escuchar.

Nadie supo como consiguió calmar a su madre pero lo hizo. Linda abrió la puerta y encontró a Bruno asustadísimo en un rincón, ya resignado a su suerte. “Ya pasó todo”, le dijo Linda con una voz serena pero temblorosa aún, “ya puedes irte. Perdóname, estoy muy avergonzada, no te imaginas, perdóname por favor”, le dijo Linda y lo sujetó de la mano para llevarlo hasta afuera. Bruno la miró y no dijo nada. Solo quería salir de allí e irse corriendo a su casa, nada más que ello, que lo dejaran y si era posible nunca más lo verían, pero que lo dejaran.

Salió y recibió miradas obstinadas y severas de los pocos que bajaban las escaleras, a un lado estaba la mamá de Linda sentada y sollozando en silencios prolongados. La miró y le pidió disculpas por todo lo que había pasado, que por favor le permitiera irse y que lo sentía por arruinar su cumpleaños. “Mi cumpleaños”, dijo entre lamentaciones la mamá de Linda, se tomó la cara con ambas manos y empezó a llorar con mayor fuerza. “Lo siento señora, no fue mi intención”, respondió con los ojos muy abiertos Bruno aunque la verdad quería decirle que fue su hija la que había provocado todo ello, que ella lo había subido y que ella era la de la idea de encerrarse en el baño, pero ¿quien le iba a creer? ¿acaso no pudo decir que no? Él era igual de culpable que Linda, por tanto se calló y dejó que la madre hablara. “Solo quiero que te largues y nunca más quiero verte la cara”, le dijo con una furia incontenible. “Se lo prometo, señora, nunca más me verá la cara”, respondió Bruno sumamente aliviado sin notar que aquello sonó bastante cachaciento en el momento, por lo que la madre de Linda levantó la mirada y con ojos grandotes y doloridos lo miró aún con mayor rabia, “lárgate, huevón”, fue lo último que se le oyó decir.

Bruno bajó las escaleras lentamente y observó que todo mundo lo miraba, lo miraban con la misma expectación con la que se mira a un muerto, y aquel descenso le pareció interminable. Divisó el rincón donde antes estuvo bebiendo con sus amigos pero ya nadie quedaba ahora. Caminó hacia la puerta y recién allí sintió las miradas de desprecio mucho más acentuadas, sin embargo se sentía seguro, la madre de Linda le había dado la aprobación de irse y además le aseguró que no tomaría represalia alguna. Salió a la calle recordando que el hermano drogadicto hacía rato había desaparecido y pensó que quizás este lo estuviera aguardando en la esquina para ajustar cuentas. Se resignó a la idea de pelear por su vida y apretó fuerte los puños como señal de nerviosismo. Era entendible, después de todo sería la primera vez que iría a pelear en toda su vida.

Linda había acompañado su salida hasta la puerta y se encontraba sumamente arrepentida y avergonzada. Nada pudo hacer cuando vio correr a Bruno luego de que este divisara a su hermano y a los amigos de su hermano correr tras de él con furiosa indignación. Su madre ya la había sujetado desde atrás y había planeado junto a su hijo la salida del desgraciado para recién afuera de la casa pudiera ser ajusticiado como se merecía. Así ocurrió.

Bruno apenas puso un pie en la calle, supo que debía correr. Qué ingenuo había sido, un cocainómano, como lo era el hermano de Linda, no iba a enfrentarlo a solas, no, iba a llamar a otros drogadictos iguales a él y cobraría venganza de la afrenta dándole una paliza comunal que nunca olvidaría frente a los ojos grandotes de Linda, para que aprendiera que la casa se respeta. Sí, eso haría.

Cuando Bruno vio al hermano de Linda esperándolo junto con otras sombras alrededor, no lo pensó dos veces y como su espíritu pusilánime se lo ordenaba emprendió una carrera formidable en sentido contrario a él para llegar a la avenida más próxima y allí, si fuera posible se lanzaría por la ventana al primer taxi que viera. Pero la huida sería mucho más corta de lo que esperaba. No bien se volteó y corrió unos cuantos metros, el desgarbado cuerpo de Bruno cayó pesadamente al pavimento sin saber a ciencia cierta qué lo había hecho caer de manera tan estrepitosa. Nunca sabría si fue el mismo estado de embriaguez que lo tumbó o alguien de mayor velocidad que lo alcanzó fácilmente o quizás algún malhechor cómplice escondido entre los arbustos por donde él pasaba. No lo iba a descubrir jamás. Y aunque lo más seguro fue que la parte occipital de su cabeza impactó con una piedra lanzada por sus perseguidores, Bruno no podría asegurar con temeridad qué interrumpió su huida desesperada.

Estando ya en el piso, el hermano de Linda y los demás lo golpearían salvajemente sin encontrar resistencia alguna. La venganza estaba consumada y la vergüenza familiar había sido enjuagada. Aún así tuvieron a bien patearlo entre todos más tiempo del debido. Bruno solo atinaba con la poca conciencia que le había dejado el alcohol, el susto y los violentos golpes, a cubrirse la cabeza con premura, ya en alguna vez le habían comentado que era lo más importante de proteger en una pelea, la cabeza y la cara, y aunque aquella masacre no era una necesariamente una pelea propiamente dicha, fue lo primero que hizo. Entre insultos, escupitajos y más golpes y patadas, Bruno fue auxiliado por algún anónimo que no supo reconocer más allá de una voz providencial, “hey, ya déjenlo, ya lo cagaron, ya déjenlo en paz”. Quizás por el temor de haberlo matado, los golpes cesaron y todos los verdugos se alejaron del cuerpo casi inmóvil, ensangrentado y abierto en gajos. Desde la puerta de su casa, Linda era una espectadora privilegiada de tan brutal golpiza y no pudo evitar sentirse desgraciada y culpable al ver al cuerpo de su amante tirado en el suelo y en posición fetal tan magullado luego de más de un centenar de puñetazos y botines impactado en cada pedacito de cuerpo. Bruno se levantó como pudo y emprendió una carrera inútil y conmovedora sin mirar atrás por un segundo toda la sangre derramada y todo aquel espectáculo bochornoso, de dolor y reclamos en la casa de Linda. Bruno huyó y nadie en la casa supo donde fue a parar el espectro que corría sin rumbo aquella madrugada espesa de Setiembre.

Braulio terminó de escuchar la historia de Bruno aterrado por cómo pudo sobrevivir a tan fatídica experiencia, y luego de un silencio acongojado, recorrió con la mirada los resagos de la violenta noche vivida en la humanidad de Bruno. Empezó por el ojo morado y casi inservible donde llevaba el hielo, la cicatriz enorme entre sus cejas, el pómulo hinchado que deslucía todo rastro de familiriaridad en él, su nariz verde e hinchada como un puño de bebe, sus ensangrentadas ropas, sus cabellos enlodados de pasto y sangre, y sin mayores reflexiones le dijo, de buen talante como siempre, la mejor frase que este pudo encontrar para resumir la peor historia de entre todas sus historias y con la cual Bruno empezaría a relatar su historia cada vez que se le preguntara por la peor borrachera de su vida , “eso te pasa por meter el pene donde no debes”.

sábado 18 de julio de 2009

Los borrachos también lloran II


Nota de autor: Segunda entrega que por motivos de extensión será dividida en dos partes. Salud con todos!


"La literatura es el mejor juguete que se ha inventado para burlarse de la gente".
Gabriel García Marquez.


Capítulo Segundo (Primera Parte)


Por Hector Ccahua:

Llegado el mes de setiembre y habiendo concluido que no se es sanmarquino sin haberse alcoholizado por lo menos alguna vez en el Sky, –un mugre barcito a unas cuadras de la decana de América– Bruno y sus amigos de facultad iban por la quinta ronda de botellas litro 100 de cerveza.

Habían empezado las celebraciones a las ocho de la noche un día sábado en el tercer piso de aquel lugar, ya que siendo sábado y siendo las ocho, todo el segundo piso del Sky se encontraba repleto como era costumbre. ¿Qué se celebraba? El estar vivos, vivos y juntos, nada más trivial y más profundo que eso. Bruno estaba sentado en un extremo de la mesa y a su lado se encontraba Manuel, compañero reciente de chupísticas brutales e inolvidables. Aquel día Manuel había invitado a su primo –quien estaba próximo a viajar a Italia– a remojar la garganta con sus amigos de universidad y a despedirlo como dios manda. Todos lo acogieron con la algarabía que se acoge a un borracho sin remedio, pues al ser pariente de Manuel, este tenía que tratarse de un borracho congénito e irredimible. No se equivocaron. El primo de Manuel abasteció a la mesa donde estaban sentados con 5 botellas más de aquel líquido a base de lúpulo y cebada, las cuales de inmediato desaparecieron en las gargantas sedientas de diversión espumante de él, su primo y los demás. Se trataba de un tipo de aspecto mundano, como lo era el mismo Manuel, de mirada penetrante y porte de atleta. No bien se instaló en una silla, divisó a las chicas que acompañaban la celebración intentando buscar alguna mirada de proximidad y/o complicidad. No lo consiguió, pero no se dio por vencido en toda la noche, algo tenía que pasar aquella noche, una de sus últimas en Lima.

Al otro lado de Bruno se hallaba Linda –quien estaba muy lejos de hacer honor al nombre, valgan verdades– cruzada de piernas y bebiendo cuanta cerveza se le pusiera en frente. En aquel momento nadie lo sabía, pero Bruno y Linda sostenían un romance, un romance subrepticio que había empezado en una noche de borrachera con el juego de darse besitos tímidos en el ombligo. Ella era una muchachita no muy bonita, pero generosa en caderas y aunque en honor a la verdad, le debía mucho de su voluptuosidad a la gordura que ostentaba, no dejaba de atrapar miradas lujuriosas cuando caminaba. Él en tanto, podía jactarse de poseer cierta belleza masculina, “belleza exótica, claro está”, decía con frecuencia, sin embargo tal belleza era ensombrecida en cierta manera por su desmesurado volumen corporal, ya que lucía una apariencia robusta como rezago de su hambre incontrolable y como recuerdo de una relación formal de hace dos años atrás (la única que tuvo en su vida y la cual le hizo subir más de veinte kilos en tres años y medio).

Bruno acudió al baño como era su costumbre cada quince minutos y cuando regresó sintió en medio del camino el alcohol fluir por sus arterias y halló que la disposición de las sillas habían variado. Dan y su enamorada Lía se sentaron al lado de Bruno ahora y los tres empezaron a charlar de música y de cómo en una borrachera anterior Bruno empezó a correr con los pantalones abajo y a orinar mientras caminaba cerca de su facultad producto de la combinación infame y el consumo de tres botellas de ron y dos de vodka en menos de tres horas. Como se reían de Bruno. Por su parte Manuel se hallaba ahora conversando con Martha y Daysi, las mejores amigas de Linda y quienes siempre conversaban de lo mismo: de los primeros años de la universidad, de sus tantos viajes juntas y de aquel famoso libro que irían a escribir acerca de los hombres de sus vidas, de sus venturas y desventuras y sobre todo del accionar de estos en la cama y de sus generosidades o insignificancias. Eran muy amigas las tres. Pocos minutos antes Elizabeth, la más trastornada y genial de ellas y la más bella también, había tenido que irse por motivos que no supo explicar, pero que todos sabían que era por Renato, su enamorado 10 centímetros más chato que ella.

Cuando llegaron al bar a las ocho de la noche, apenas eran cuatro, Manuel, Linda, Bruno y Elizabeth. Los demás habían anunciado que se tardarían en llegar unos minutos más, unos para proveer al estomago de hamburguesas que los hagan resistentes al alcohol, como era el caso de Daysi y Martha y otros para solucionar asuntos pendientes de índole sentimental, como Dan y Lía, quienes habían terminado discutiendo por alguna escena de celos propiciadas por Lía. Unos meses más tarde su relación acabaría por las mismas razones, aunque nunca se supo si Dan le dio razones para dudar de su lealtad, como si lo hizo Lía aquella vez que Bruno la divisó desde un autobús en brazos de otro hombre a las siete de la mañana y con los cabellos mojados en una avenida muy lejos de su hogar, cuando aún se sabía que la relación continuaba. Bruno nunca dijo nada primero porque no creía ser el indicado para contárselo a Dan y segundo porque este no era gran amigo suyo, él era solo un melómano con el cual conversaba ocasionalmente. Creía que su función en la vida no era ser portador de malas nuevas ni ave de mala agüero.

No bien se acomodaron en la mesa del tercer piso y no bien pidieron las cervezas respectivas para empezar las celebraciones, Bruno y Elizabeth empezaron a conversar tan amenamente que sin quererlo desplazaron a Manuel y a Linda a iniciar ellos su propia conversación, sin quererlo Elizabeth, porque si fuera por Bruno, él se quedaría conversando todo el tiempo con ella y así evitar contacto alguno con Linda. Elizabeth le parecía una mujer preciosa y la atraía muchísimo, a pesar de que su excentricidad e inmadurez lo irritaba, Bruno prefería las veces que podía conversar con ella. Por alguna extraña razón ella también le tenía un gran aprecio a Bruno, a pesar de haber estudiado cinco años juntos ellos nunca se hablaron y cuando empezaron a hacerlo, la amistad entre ellos era bastante notoria. No se entendía del todo la simpatía que Elizabeth le tenía a Bruno, ya que este no contaba con la simpatía de muchas personas, la mayoría de ellos coincidían en que era insoportable, burlón, poco sincero, arrogante y mal amigo, cualidades tan ciertas como el pan y la vida.

Cuanto daría Bruno porque Linda fuera Elizabeth y no ella. Elizabeth era infinitamente más bella que Linda, no había punto de comparación, ni siquiera con Martha, quien poseía casi el mismo porte que ella, pero que carecía de su gracia y espontaneidad, además de los majestuosos pechos que Elizabeth había heredado de la naturaleza y que lucía con seductora distinción, “aquellas deben ser las tetas más deliciosas de la tierra”, siempre acababa diciendo Bruno para sí y para los que querían escucharlo. Lastima por él que Elizabeth y sus apetitosos pechos tuvieron que irse, justo ahora que la estaban pasando tan bien y conversando de lo más lindo. Cuando se despedía de todos, Bruno recordó empalagado por la imagen de Elizabeth, las fotos con las que se topó en el celular de ella un día en el que Bruno le pidió prestado su teléfono para enviar algún mensaje, y halló en él las fotos hot, calentonas, ardorosas, provocativas en el sentido amplio de la palabra, en donde ella posaba con sus maravillosos senos descubiertos y se entregaba a la lente de su celular manipulado por Renato, su enamorado, con total sensualidad y erotismo, digno de ser recordado en cada madrugada febril. Bandida Elizabeth, era todo sensualidad, a pesar de esos kilitos de más que de ninguna manera opacaban su belleza de lirio. Elizabeth partió justo en el momento en el que el primo de Manuel estaba llegando, pero se acordó por entusiasmo del licor que ya acordarían alguna fecha para encontrarse, sin recordar la inminente partiría a Italia del primo de Manuel pasadas dos noches, “los parientes de Manuelito son mis parientes, carajo”, decía ella con tanta picardía y gracia, que daba ganas de amarla a cada minuto con mayor entusiasmo antes de que se fuera.

Bruno y Linda hallaban en sus encuentros furtivos la satisfacción de sus necesidades inmediatas más primarias y aunque pasaron momentos agradables juntos, Linda parecía ceder a los caprichos del enamoramiento con bastante notoriedad, en tanto Bruno estaba tan interesado en seguir con aquella relación como en practicarse una colonoscopía. Le disgustaba compartir el tiempo con ella e incluso hasta cierta tirria le tenía porque casi estaba seguro que ella le había contado algo a sus amigas y sobre todo a Elizabeth y siendo así, este no tendría ni la más mínima oportunidad con la mujer que tanto le entusiasmaba las hormonas. “¡Maldita Linda!”, se decía cuando se imaginaba esa situación; no obstante, alejarse de ella significaba perder a una amante que hasta cierto punto lo brindaba algún placer sexual y sobre todo era considerada con los gastos, los que cubrían mitad y mitad, actitud y gran excepción que no todas las amantes adoptan. Sin embargo cuando todos se enteraron del romance subrepticio, nadie entendió qué le había visto Linda a Bruno o qué encontraba en él que pudiera llamarle la atención, qué había en aquel tipo mala gracia, holgazán, irresponsable y de tan pocas cualidades morales. Nadie llegó a una respuesta con temeridad ni la misma Linda cuando sus amigas la interrogaron e increparon por tan mal gusto.

Luego de que Bruno regresó del baño y luego de notar el cambio en la disposición de sillas, notó además que Linda no estaba junto con ellos, pero que sus cosas y su silla seguían aún al lado izquierdo de la silla que le correspondía a él, no le dio importancia al asunto ni preguntó nada por no levantar sospechas, pero se percató al sentarse que ella también había ido al baño. Cuando ella regresó, le lanzó una mirada de “eres un cojudo” y una sonrisa cómplice y él entendió en ese momento lo que había planeado Linda, siempre tan astuta y resuelta. Era lo de siempre en Bruno, su compresión no alcanzaba para advertir el lenguaje secreto de la seducción, solo se dedicaba a empinar el codo con desenfreno, ese parecía ser su único talento. Además el plan era muy arriesgado, los demás se darían cuenta y eso era lo que menos quería Bruno. Minutos más tarde Linda le confesaría entre los ardorosos besos que le prodigaba, sus deseos locos por hacer el amor en el baño del bar, deseos que de alguna manera u otra se concretaron aquella fatídica noche.

Con bastante sigilo el primo de Manuel se acercó a Bruno, luego de que Linda acompañara a Martha y a Daysi al baño, como las mujeres suelen acompañarse y le preguntó casi en susurros la posibilidad de sentarse al lado de Linda, pues creía tener probabilidades de encontrar alguna oportunidad con ella y sus generosas formas. Bruno soltó una carcajada poco mesurada y lo animó a hacerlo. Tomó las cosas de Linda e intercambió las sillas, él llevó su silla más cerca a la de Dan y Lía y le alcanzó a decir lo primero que se le ocurrió “provecho y buena suerte compare, aunque no la vas a necesitar”, ganándose de inmediato las miradas reprobatorias de Lía por tremenda canallada. Tal situación lo embargaba de una felicidad infantil, el primo de Manuel podría librarlo de Linda por lo menos aquella noche y eso era bastante, y aunque nunca lo confesó aquella situación también serviría para poner a prueba su ego, ¿sería capaz de soportar ver a su amante en brazos de otro sujeto?, quería comprobarlo y ver si el desinterés que sentía por ella era autentico o solo era una verdad de la boca para afuera.

Llegado el momento, Linda no dejo de notar las reales intenciones del primo de Manuel y ambos empezaron a conversar de manera amistosa, él era bastante simpático, le cayó bien a todos de inmediato y ahora empezaba a contarle historias asombrosas de su vida bohemia, le encantaba la salsa le decía y un motón de cosas más que despertaban un vivo interés en Linda. Bruno sin embargo para esos momentos estaba más preocupado por la hora, sentía que tanto alcohol consumido no le permitiría llegar a casa –no quería que le pase lo mismo que le sucedió en alguna ocasión a su amigo Willy–, pero tan buena estaba la reunión que ni se percató de los esfuerzos del primo de Manuel ni de las 5 botellas que aparecieron como por artes multiplicadoras de la Divina Providencia para alargar su permanencia en aquel lugar. No quería mirar a Linda, es más, quería hacerle saber a esta de su desinterés, no le importaba lo que hiciera con su vida. Era como darle demasiada importancia a alguien que no la merecía, por lo menos eso creía Bruno. Linda intentaba mirarlo con esos ojos grandotes que tenía, que no eran ni bonitos ni feos, sin conseguirlo. Sin embargo en lo que iba de la reunión la cerveza consumida y las anécdotas que se centraban en las recientes desventuras de Bruno y en el tiempo vivido en la universidad, iban tornando el ambiente más íntimo y todos terminaron por conversar al mismo tiempo y riendo escandalosamente, malográndole los avances al primo de Manuel con Linda. Lo que le sorprendió a Bruno aquella noche fue que a pesar del interés de Linda por las aventuras del primo de Manuel, ella se hallaba bastante recatada, casi como una dama refinada que no se otorgaba demasiadas licencias ni llegaba a ser desabrida o desatenta con su interlocutor. Lucía magnífica Linda tan sobria en sus reacciones, toda una señorita tan diferencia a como en realidad era.

Cuando el mesero del Sky les notificó que las cervezas se habían agotado y que ya no tenían más por vender, Linda anunció con expectante algarabía que ese día era el cumpleaños de su adorada madre y que se había preparado en casa un súper tono, un mega evento, digno de ser recordado por largos años y al cual de todas maneras estaban cordialmente invitados. La madre de Linda era bastante alegre y despreocupada, era de aquellas que no medían gastos si de diversión se trataba. Todos celebraron la invitación con efervescencia, todos menos Bruno que a esas horas ya había planeado su retirada hacía rato, pues con la poca conciencia que le quedaba pretendía llegar a casa sano y salvo y librar a su hígado de más alcohol, por lo menos aquella noche.

Los demás lo animaron y trataron de convencerlo de buenas y cariñosas formas primero, sin lograr mucho éxito y más tarde lo fustigaron por ser tan maricón y por no tener los cojones suficientes para aceptar aquella invitación que prometía licor en abundancia. Aún así Bruno, desestabilizado y sonriente, no cedió ante los reclamos y empezó a despedirse efusivamente de todos como solo los borrachos saben hacerlo, con besitos húmedos para las mujeres y nalgadas para los varones. Mientras todos bajaban al primer piso para dirigirse a la fiesta bacanal que Linda había prometido, Bruno decidió que si emprendería el largo camino hacia su lejano hogar, debería tener como providencia la evacuación completa y exhaustiva de su vejiga, por tanto se encerró en el baño largos minutos y miccionó a placer grandes chorros de cerveza procesada.

Salió sin lavarse las manos, no por falta de lavadero sino por pereza beoda, y encontró a su paso a Linda, quien lo había esperado desde que entró al baño empleando la misma treta de entrar al baño para que los demás bajasen. Bruno se sorprendió de verla, le sonrió y se acercó a ella. No le gustaba para nada aquella mujer, pero de todos modos le correspondía la intención de querer encandilarse mutuamente sin entender por qué. Se besaron apasionadamente como no lo habían hecho en toda la noche por mantener aún en secreto sus encuentros y el beso fue ardoroso. Era el mejor beso que le había dado en todo el tiempo que estuvieron juntos. Ella estaba parada allí, justo frente a él, tan bella y primorosa como el alcohol en la sangre de Bruno le hacia creer. Tan bella se veía que no parecía ser ella, sino otra totalmente diferente, bendito licor, pensaba él, que le confiere belleza a quienes la naturaleza –y en el caso de Linda, las cirugías– se la negaron. La fustigó en tono de burla el jale que tenía con el primo de Manuel en tan poco tiempo y ella se enojó, pero luego rió un tanto halagada por creer que era una expresión de celos de Bruno.

Por aquel entonces a Bruno no le molestaba mucho la escasa belleza de Linda siempre que ella lo besara tan fervorosamente como lo hacía y pagara la mitad de lo gastado, lo que le repudiaba era la forma en que ella lo miraba y le sujetaba las manos, la forma tierna en la cual se acurrucaba en sus hombros y suspiraba sin sentido, lo prolongado de los abrazos y gestos de amor meloso, le repudiaba el modo detestable de pedir amor, cariño y protección, mismos que Bruno no podría entregarle jamás, por tratarse de una mujer que no tenía mucho en común y por tratarse de tiempos imposibilitados para el amor.

Linda le pidió con la misma pasión con la que lo besaba que no dejase de ir a la fiesta de su amada madre, sin embargo Bruno quería irse cuanto antes porque ya eran las doce y, cual cenicienta, él debía volver a casa. “Vamos que la pasaremos muy bien, no te arrepentirás”, le decía sensualmente al oído (que de eso sí sabía la muy experimentada Linda), pero Bruno firme como una roca en su determinación, pero tambaleante como una hoja otoñal en el viento en su postura, respondió con un “ni cagando”, bastante categórico. “A mi madre le encanta Led Zeppelin”, sentenció ella ahora con menos sensualidad y mayor bribonada, sabiendo en este tiempo que salía con Bruno de sus marcados gustos musicales, y continuó, “y le gusta toda la onda setentera, casi y hasta es una hippie”, concluyó ella pelando los enormes y no muy bonitos dientes. Bruno abrió grande los ojos, luego los cerró un poco como frunciendo el ceño, metió las manos en sus bolsillos, tambaleó un poco, miró a un punto indefinido en la pared y empezó a imaginar lo bueno que podría estar aquello. Linda insistió un poco más y entre besos encendidos, caricias en el bajo vientre y promesas de buena música y trago en abundancia, lo convenció.

Bruno bajó primero los diecinueve peldaños –a duras penas–, para no levantar sospechas y luego hizo lo propio Linda, siempre tan convincente con su performance actoral. Como para no crear especulaciones y conociendo a sus amigos como los conocía, Bruno volvió a despedirse de Manuel y todos los demás con la intención soterrada de escuchar nuevamente aquel “Oe ya pe, vamos. No seas cabrón”, como en efecto ocurrió y ante lo cual Bruno se apresuró a responder con el “que chucha, vamos pe” respectivo, sin reparar que su mala actuación de dejarse convencer tan rápidamente podría dejar entrever la influencia de Linda y la demora de ambos en su decisión, pero eso poco importaba ahora.

Todos ya habían sucumbido a los efectos maravillosos de la embriaguez, incluso Manuel, el más borracho de todos allí presentes, y quien aquella noche le había dicho como seiscientas veces a Bruno las ganas que tenía de sacarle la mierda a alguien sin encontrar a nadie que fuera potencialmente maltratable. En todas sus incursiones al baño entraba con la intención de tropezarse con alguna mirada poco gentil y de inmediato arremeter a puñetazo limpio siempre bajo la excusa de la defensa propia y la venganza de la afrenta. Manuel era un maldito desquiciado desde muy niño y un cabrón hijo de puta cada vez que podía, pero tan gracioso y ocurrente que había encontrado en Bruno al compañero ideal de borracheras insanas y memorables. Alguna vez y en completo estado de ebriedad en medio de una sesión de chupetas ocasionales, Manuel sufrió cruentamente las burlas de Bruno por una frase que esgrimió para resaltar la amistad que los unía, pero que terminó siendo la mayor mariconada dicha alguna vez entre ambos, “a veces siento que tú me comprendes más que mi enamorada, bro”. Bruno se encargaría que tremenda mariconada no quedara en el anonimato y lo comentó a sus amigos más cercanos solo con el fin de reírse del desliz de su amigo sin saber que Alice, la eterna enamorada de Manuel, la muy autoritaria y dominante Alice, lo reprendería fuertemente por tal infamia y lo sometería a una serie de caprichos que él cumpliría con obediencia impasible siempre y cuando ella no pusiera reparos respecto a alguna exigencia erótica inventada por Manuel.

En el camino hacia la casa de Linda, la cual se hallaba a pocas cuadras de aquel bar, el romance entre ella y Bruno ya era un secreto a voces. Linda hacía esto más evidente. Con el fin de alejarse del primo de Manuel –que intentaba por todos los medios obtener sus favores– y acercarse más a Bruno, esta se retrasaba hasta donde se hallaban él y Manuel y amagando alguna trifulca amistosa con este, terminaba tropezando y amparándose en brazos de aquel, quien aprovechaba para robarle alguna caricia o si era posible un pequeño beso en la mejilla, no más que eso, ya que Bruno intentaba por todos los medios mantener en secreto una relación de la cual no se sentía muy orgulloso. Ya en muchas ocasiones y con otros amigos que conocían a Linda, él les confesó su aventura amorosa con el único fin de darse aliento para proseguir con tal empresa y confirmar que era bueno darse un revolcón con alguien que tuviera el culo como lo tenía Linda, “aplicas el método del pescado nomás”, concluían todos sabiamente en sus consejos. El primo de Manuel, en aquel momento cayó en cuenta que esa mujer de escasa belleza pero de abundantes carnes, no podría ser para él el banquete que tenía previsto como despedida del país.

Caminaron unas cuadras hasta llegar al recinto. Era un casa bella por fuera, tenía unos arbustos bastante bien cuidados y en su interior se guarecía un ambiente tan festivo que ya desde dos cuadras atrás daba ganas de estar adentro. Llegados a la casa, las luces psicodélicas daban la bienvenida a los inesperados visitantes, quienes llevaban entre manos y por recomendación de Manuel, dos botellas de ron, trago predilecto de este para alargar celebraciones. Mientras se acomodaban y combinaban en una jarra aquel destructor licor que tan poca gracia le hacia a Bruno, el sonido de Whole lotta love llenaba el lugar de un ánimo encendido y embriagador, “esta fiesta será inolvidable”, pensó Bruno y empezó a tatarear la canción y a dejarse embrujar por el ambiente fascinante de aquel lugar y entre uno que otro paso fallido por la inestabilidad de sus piernas y las torpes habilidades para la danza que poseía, Bruno imaginó el buen momento que de seguro pasaría allí. Definitivamente sería una noche que no podría olvidar nunca en su vida.

...Continuará

martes 30 de junio de 2009

Los borrachos también lloran


Nota de autor: Esta es la primera entrega de muchos relatos venideros, todos imaginarios e inventados y que nada tienen que ver con la realidad de alguno de los miembros de este blog o amigos cercanos a ellos. Son historias maceradas por el tiempo para ser disfrutadas como anécdotas divertidas a sorbos pequeños. Las historias reveladas aquí –como ya lo dijimos– son fantaseadas y azarosas, asimismo no tiene ningún tipo de conexión ni temporal ni argumentativa, son historias aisladas. Y si a pesar de ello no lo creen así… será una lastima para ustedes por incrédulos.

Capítulo primero


Por Hector Ccahua:

Mientras bebía la última cerveza de la noche y de aquella celebración, y apenas se sostenía por sus propios medios con las piernas bien separadas para no perder el equilibrio, pensó en lo contenta que se pondría su madre cuando llegase a casa con la olla arrocera que se había ganado hacía pocas horas en el sorteo realizado por el día del trabajo en su centro de labores. Era sábado y todos los trabajadores de aquella academia –que lleva el nombre del poemario que significó el anticipo del vanguardismo literario en Latinoamérica– habían estado celebrando desde el mediodía su condición de empleados con un entusiasmo de feria. No era para menos, se tenía un empleo en estos tiempos difíciles, habían recibido un almuerzo de camaradería bastante generoso y lo mejor de todo: la cerveza era gratis. ¿Qué más se podría pedir en esta vida? Si todo fuera gratis, la humanidad estaría un paso más cerca de la felicidad, eso ni quien lo dude.

Willy era su nombre y ahora enrumbaba hacia el paradero donde tomaría la combi que lo llevaría hacia su casa. Eran exactamente las 10 y 50 de la noche y ya la última cerveza ahora solo era un montón de espuma acumulada en el fondo de la botella de 650 mililitros. Era hora de marcharse porque en medio de las celebraciones y el júbilo, Willy se había quedado solo en una mesa repleta de botellas vacías y cabezas dormidas sobre sus brazos que no reconocía de ningún lado, no se había percatado en el barullo de la fiesta que los demás tutores, como lo era él, habían decidido irse a celebrar a otro recinto donde hubiera más trago y menos borrachos, y ahora se encontraba rodeado de rostros desconocidos y que lo miraban con un gesto de risa contenida e hilaridad lastimera por aquella inestabilidad inusitada para caminar que ahora lo sorprendía.

Salió tambaleando del lugar y preguntándose donde se habrían ido sus compañeros tutores a seguir celebrando. Tomó su magnífico y costoso teléfono celular de su bolsillo izquierdo (celular adquirido recién hacía un mes atrás y por el cual aún le faltaban pagar 6 cuotas de 200 soles) y empezó a enviarles mensajes misios, que eran los únicos que tenía por enviar, ya que Willy era de esos espíritus ahorrativo en extremo e incomparables a algún mortal – el celular fue solo un hecho aislado y circunstancial– y que además le valían la fama de avaro consumado y servían para la creación de mitos tales como aquel que no le gusta comer plátanos por no botar la cáscara. Sin embargo, y al ver que nadie lo llamaba o respondía sus mensajes misios, decidió con enorme convicción que sería mejor irse a casa a mostrarle a su madre la hermosa olla arrocera que se había ganado hoy. Cuanto había tomado Willy esa noche, cuanta cerveza gratis, a cuantas mujeres no le habría pedido disculpas por el involuntario desliz de sus manos que estando en las caderas de estas terminaban en las zonas más blandas de su anatomía al bailar, el ímpetu del alcohol les decía. Si así fueran todas las reuniones, la vida sería otra cosa, pensaba él mientras se colocaba en los oídos los audífonos de su discman que lo acompañarían hasta el paradero donde habría de tomar su carro.

Con los ojos achinados como los traía y su andar vacilante fue recibido por un fuerte golpe del viento en la cara – que no sería el único golpe que recibiría aquella noche– y por un instante fue feliz al recordar lo mucho que había bebido y lo poco que había gastado. Luego de aquel ventarrón sorpresivo en el rostro y como por algún conjuro licencioso de la mala fortuna, Willy no pudo controlar más el movimientos de sus piernas y su visión ahora era más borrosa que antes. Pensó que sería bueno caminar hasta el paradero en lugar de tomar una combi para darle tiempo a que la borrachera pase, además solo eran siete miserables cuadritas de la avenida La Marina hasta llegar a la avenida Universitaria para tomar otra combi y lo mejor de todo: ningún centavo saldría de sus bolsillos.

Emprendió entonces su camino con el premio ganado bajo el brazo derecho, los audífonos en las orejas para no aburrirse y el magnífico y costoso celular recientemente adquirido en el bolsillo izquierdo. Se sorprendió de lo difícil que era caminar con una caja en el brazo derecho pues lo hacía tambalear tan exageradamente que ocupada todo lo amplio de la vereda y no lo dejaba ir en línea recta como casi siempre acostumbraba caminar. El zigzagueo lento de su andar además de lo mucho que se movía todo a su alrededor lo hizo caer en cuenta de que estaba más borracho de lo que él imaginaba, así es que sabiamente decidió tomar un atajo, de esos que él tomaba siempre que salía de la academia a su casa, para ahorrarse unos cuantos centavillos.

Con el mismo ímpetu y despreocupado orgullo de los borrachos, Willy encontró el atajo a través de un parque de árboles elevados y arbustos abundantes. Tan tranquilo era aquel parque, se decía, que recordó la vez que en la que a estas mismas horas y en compañía de su, por entonces señorita enamorada, él experimentó el encuentro sexual más excitante y rápido en su historial de sesiones amatorias furtivas. De pronto y como un sacudón de la mismísima noche Willy se vio desposeído de su preciado premio –la hermosa olla arrocera– y se vio rodeado de siluetas que no alcanzaba a contar porque cuando creía que eran tres, estos malhechores de la noche se desdoblaban y ahora parecían seis. Con valentía se arrojó a recuperar la hermosa olla arrocera que sería el deleite de su madre (y que por ser gratis, era mucho más preciada) y en lugar de ello se tropezó con un sonoro ruido de vidrio y una extraña sensación en su mano derecha que no supo reconocer en aquel momento. Uno de sus contendores intentaba atacarlo con lo que quedaba de una botella que instantes antes prácticamente se había despedazado en la mano derecha de Willy, este con todo el temperamento de un buen borracho empezó a utilizar su brazo como escudo. Maravilloso estado de ensueño y bendito licor que no le permitía sentir dolor alguno, se decía y luchaba encarnizadamente contra aquellos espectros nocturnos. Para nadie es un secreto que el alcohol provee a sus benefactores de una fuerza arriesgada y la ausencia total del miedo y cierto adormecimiento del sentido común también, bajo aquel influjo se hallaba Willy cuando decidió no rendir las armas y arremeter contra esos fantasmas que cada vez se movía más rápido y más furiosos.

La reyerta terminó cuando uno de los espectros sorprendió a Willy por las espaldas y le aplicó una llave magistral que casi lo deja sin cuello y sin aliento. Luchó hasta donde las fuerzas del alcohol se lo permitieron y cayó desvanecido en la vereda despojado de toda pertenencia. Tosió un buen rato por la fuerza del cogoteo y luego se repuso. Quiso saber de qué se trataba la extraña sensación que no reconocía en su mano derecha, pero su borrachera, la falta de aire producida por la estupenda llave que le aplicaron y unas insólitas ganas de dormir, lo llevaron hasta un árbol donde se apoyó y durmió hasta las 3 de la mañana.

El pobre Willy despertó en su cama a las 5 de la tarde del día siguiente sin recordar si quiera como pudo llegar a casa. Quiso ponerse de pie y empezar a recordar lo que había pasado en todo este tiempo pero no pudo hacer ni lo uno ni lo otro. Cayó pesadamente en el suelo de su cuarto y no entendió las razones de su inestabilidad, ¿acaso seguía bajo los efectos de la borrachera? Gritó desde el suelo un auxilio desgarrador y su madre lo asistió como solo las madres saben hacerlo entre recriminaciones y muestras de preocupación ¿Por qué se había caído? Intentó dar un suspiro para invitar a la remembranza de los sucesos de su aventura y un fuerte dolor le impidió si quiera el respirar cómodamente. Se quitó la camiseta que llevaba y descubrió en sus costillas unos moretones espeluznantes producto de las patadas recibidas por los fantasmas de ayer noche. Se despojó de sus pantalones y descubrió la causa de su caída, sus rodillas y piernas también estaban amoratadas y desolladas. Su madre cariñosamente lo reprendía mientras curaba sus heridas y le ayudaba a recordar.

Le comentó que su padre le abrió las puertas a las cuatro de la madrugada y tuvo que pagar un taxi desde la avenida La Marina. Les informó que había sufrido un atraco y luego de maldecir su suerte, su padre lo llevó a su cuarto casi a rastras. Lo tumbó en la cama con la misma ropa ensangrentada y llena de pasto y vomito y lo dejó dormir hasta las cinco de la tarde para que le pasara la borrachera. Sin embargo nadie (ni el mismo Willy) se había percatado de los golpes que llevaba como regalito de sus agresores.

La pregunta era ahora, ¿Qué había ocurrido la noche anterior? Aquello era todo un misterio para la familia, incluso para el mismo Willy que ahora solo se lamentaba no haberle regalado la hermosa olla arrocera a su madre. Fue forzando la memoria a pesar de las terribles palpitaciones de sus sienes y el sedimento de sus tripas y paladar. Y justamente esa olla arrocera lo llevó hasta el recuerdo del atraco sufrido. Se vio la mano derecha y su recuerdo como una clarividencia del pasado le aclaró todas las dudas.

Recordó primero haber despertado en un parque –luego de la golpiza propinada– apoyado en un árbol añejo y con un frío en el pellejo que lo hacía tiritar, “fue el frío en realidad, lo que me hizo despertar”, dijo Willy mientras contaba su historia. El frío de la madrugada debió haber sido superlativo ya que superó el umbral de sensaciones que el alcohol había adormecido. Se puso de pie con menos problemas que antes y no recordó donde estaba ni porque había dormido en un parque si el tenía una casa acogedora y una cama confortable y amplia. Miró a su alrededor y reconoció la avenida La Marina. Se le ocurrió que si estaba allí es que venía de su trabajo, de la academia con nombre de poemario. Se tranquilizó y empezó a recordar la gran celebración que había tenido, cuantas botellas se habría encargado de vaciar él solito, “cuanta diversión, ¡por dios!”, se dijo. Sonrió y decidió ver la hora para decidir si tomaba una combi o seguía caminando. Introdujo su mano en el bolsillo izquierdo de su pantalón para buscar su magnífico y costoso celular y no lo halló. Se alarmó, “mi celular”, se preguntó y empezó a buscarlo en todos sus bolsillos. A pesar de haber dormido por más de cuatro horas apoyado en el árbol de un parque de San Miguel, frente a la avenida La Marina, los estragos de la bombaza que se había metido y los efectos de la espumante chela gratuita bebida en grandes cantidades, aún seguían firmes como un roble en su sistema sanguíneo y la confusión de un sueño incomodo y frío también confundían sus respuestas.

No halló su celular en sus bolsillos y su estado de confusión se entremezcló con una tristeza hondísima, la misma que sienten los tacaños más extremos cuando pierden algo que aún no han terminado de pagar. Miró aquella avenida y pensó que quizás no sea tan tarde por el constante ajetreo y la vida que tenía a esas horas las calles. Le preguntó la hora a una señora que pasaba por allí y le ofrecía cigarrillos y caramelos y ella le informó lo que no creyó que fuera verdad, “son las tres de la mañana, jovencito”, le dijo la señora, quien se fue rauda luego que Willy introdujo su mano al bolsillo trasero de sus pantalones para sacar dinero y comprarle unos cigarrillos y no encontró nada en ellos, “mi billetera”, dijo para sí y empezó a buscar en el césped lo que nunca halló.

Recordó que también llevaba audífonos en las orejas y en la cintura un canguro donde guardaba su discman y que ahora tampoco estaban, “mi discman”, se cuestionó enseguida. Buscó en sus bolsillos su discman o sus audífonos, aún cuando fuera como consuelo, y adivinen…nada de nuevo. Sin billetera, ni celular, ni discman, se percató recién que algo había ocurrido mientras se había quedado dormido. Se tomó la frente con la mano derecha como una lamentación y se hizo un pequeño corte. Había dolor, lo cual era signo inequívoco que el alcohol iba diluyéndose. ¿Qué había en su mano que lo había cortado?, se preguntó. La miró y su mirada se tropezó con una mano incrustada de vidrios. Ahora todo estaba claro. Había sido victima de un atraco, probablemente el peor de su vida. Con estos funestos recuentos de los hechos y el dolor que empezaba a sentirse como ligeras molestias al caminar y respirar, hizo lo que todo buen borracho haría en aquellos momentos, sacar lo de adentro, exteriorizar sus sentimientos sin menores cuidados. Se arrodilló y dejo fluir su sentir materializado en un vomito espeluznante y amarillento, en un buitreo intenso donde toda su rabia, frustración y desazón por la mala noche que el destino le había reservado, se esparció en el pasto donde había dormido minutos antes y en alguna proporción en sus propios pantalones y zapatos.

El pobre Willy, borracho, herido, ensangrentado, mugriento de pasto y vomito, desposeído de sus bienes más preciados y sin un centavo en los bolsillos, enrumbó hacia el paradero donde tomaría la combi que lo llevaría a su casa –si habría alguna a esa hora, y peor aún, si alguna de las que había, lo quisiera llevar gratis–. Quiso llorar por su mala fortuna pero se la aguantó como los machos, pues ya había llegado al paradero y el llanto le impediría empezar sus descarnados ruegos para que lo llevasen gratis hasta uno de los últimos paraderos del trayecto. Nunca antes le había molestado que le dijeran borracho, pero aquella madrugada fría, desvalido de todo cuanto podría sacarlo de esa situación, le indignó recibir tal calificativo de boca de los cobradores de combi inclementes que le negaban el favor de llevarlo a su casa a esas horas. “Para eso tomas, borracho”, “no levantes a ese borracho”, “esta borracho, va a hacer problemas, avanza nomás”, y tantas otras frases de inmisericordia fueron dirigidas hacia el pobre Willy.

Sin más remedio, decidió tomar un taxi y con el dolor de su corazón pagar en su casa el dineral que le cobraría, pero una situación extrema como aquella requería medidas extremas. No obstante, primero tenía que dejar de tambalear, abrir bien los ojos, esconder la mano ensangrentada y luego intentar hablar con claridad. Tomó el primer taxi, pero lo tuvo que abandonar dos cuadras más adelante pues el taxista violentamente lo echó cuando Willy le comentó su desgracia y le dijo que le pagaría llegando a casa. Era un riesgo que el taxista no quería asumir, “borracho de mierda”, le dijo el hombre y arrancó enseguida. La misma suerte corrió con otros 3 taxistas, “¡qué desconfiados son los taxistas carajo!”, parecía decirse Willy. Cansado de aquella situación y con el temor de quedarse completamente calato a esas horas y por lugares poco familiares para él, paró el siguiente taxi y no preguntó nada. Abrió la puerta, se subió enseguida y le dijo con la lengua de trapo que llevaba, el destino hacía donde deberían ir. “Son 20 lucas”, le dijo el taxista ni corto ni perezoso, “en mi casa te pago, por favor, me han robado”, respondió Willy con voz suplicante y enseguida le mostró la mano ensangrentada como prueba infalible de su desgracia. El conductor casi sin inmutarse por el estado tan lastimero de su circunstancial pasajero, le dijo al mismo tiempo que lo veía con ojos amenazantes, “si no me pagas, te voy a dejar calato en la calle, huevón”.

El pobre Willy llegaría a su casa únicamente amparado por la buena fortuna. Intentó mantenerse alerta por evitar cualquier arremetida del chofer, pero nuevamente el alcohol consumido se apoderó de su conciencia y lo arrastró hasta un sueño pesado y profundo, sueño que fue interrumpido rudamente por el taxista que le avisó que ya estaban por llegar y que le indicase por donde tendría que ir. Así llegó Willy a su casa aquella madrugada y así recordaría la vez que se bebió cuantas chela gratis se le cruzaba en el camino. Nunca aceptó lo que le dije, pero creo, sin seguridad de afirmarlo, que todo aquello le pasó por borracho y por tacaño.