
Capítulo Tercero
Por Hector Ccahua:
Los cumpleaños deben ser la mejor justificación inventada para el festejo desmedido e inmoderado, por aquello que la vida es una sola y hay que vivirla así, sin mesuras de ningún tipo ni mezquindades terrenales y por aquellos que creen que la juventud hay que disfrutarla hasta la última gota. Por eso, hoy que es el onomástico de Gianella, sus padres, dos señores indiscutiblemente respetables, han dado luz verde a las celebraciones que se realizarán en honor de su entrañable hija. Para Gianella no podría ser de otra manera, la fiesta tendría que realizarse en su casa como todos los años y como todos los años esta tendría que ser memorable, inolvidable para todos los asistentes. Sus padres, siempre respetables, la amaban lo suficiente como para satisfacer todos sus caprichos de cumpleañera, a pesar de saber anticipadamente la catástrofe que iría a ser la casa al día siguiente de las festividades. Pero eso importaba poco, lo primordial era proveerle toda la felicidad posible a su querida hija.
¿Y que sería de una fiesta sin sus invitados? Estos llegarían en cualquier momento, habrían de reunirse en la universidad, (porque Gianella está en la universidad y sus mejores amigos son los que estudian con ella) para llegar todos a la vez. Catalina, amiga íntima e inseparable de Gianella – y a la cual le debía la amistad de muchas de las personas que vendrán a la fiesta – era la encargada y anfitriona de llevar a los demás chicos a casa de la agasajada. Catalina la había conocido en los primeros años de la universidad con ese su carácter cordial e indulgente y propició que Gianella venciera las barreras que su timidez le planteaban y la convenció a interactuar con mayor libertad. A Catalina no le costaba mucho trabajo eso de interactuar ya que era bastante inteligente y poseía un no sé qué, una belleza extraña tal vez, que le brindaba una confianza diamantina y la hacía tan fácilmente accesible, tenía, en definitiva, un talento innato para caerle bien a las personas.
Sin embargo, y en palabras de Gianella, Catalina se había convertido en una ingrata tenaz y había perdido todo buen ánimo para la diversión extrema desde que empezó aquella relación sentimental hacía más de dos años. En todo ese tiempo Catalina iba sólo por cumplir (y por poco tiempo) a las fiestas o reuniones, que como todas, estaban guarnecidas de trago de todos los olores y colores y que terminaban con las primeras luces de la mañana y en ocasiones con desencuentros de tipo pasional. Gianella no le deseaba mal a nadie, pero se alegraba secretamente de que su amiga del alma haya dado fin, de una vez por todas, a su relación hace pocos días. Nadie más que Gianella sabía las razones oficiales, pero se rumoreaba que la ruptura tuvo su origen en lo poco placentero que se habían vuelto los encuentros eróticos de la pareja. Algunos decían que Catalina era casi como un témpano en la cama, que había perdido todo interés sexual y ya no satisfacía las demandas de su novio, mientras que otros se inclinaban a pensar que la causal de este aburrimiento entre sábanas se debía al descomunal tamaño del aparato urogenital que el chico de Catalina poseía (y que ella misma se encargaba de enterar a los demás) y que esta no podía cobijar a semejante criatura sin experimentar un dolor nada parecido a la delectación. En todo caso, lo que más le importaba a Gianella era que su entrañable amiga volvía a las andadas y a los festejos salvajes justo hoy que era su cumpleaños.
Luego de casi quince minutos de espera Catalina divisó a Verónica –otra amiga casi tan estimada por Gianella como ella y dueña de un carácter asiático y lozano– llegando al punto de encuentro con los demás invitados, todos amigos de la cumpleañera y compañeros de estudios. Catalina saludó efusivamente a todos, especialmente a Alexis, no porque ella sintiera algún entusiasmo romántico por este, sino por corresponder a una amistad a todas luces enternecedora y ganada en base al delicioso sentido del humor y temperamento dulzón y paternal que “el abuelo” (que así lo conocían todos por ser el de más calendarios) poseía y convidaba a todo aquel que se dispusiera a escuchar sus bromas geniales y disparates de alucinado. Pero Alexis, quien sí cobijaba un entusiasmo romántico por la extrañamente hermosa presencia de Catalina, se hallaba hacía muchos días en un estado constreñido de lucidez para las bromas y los festejos debido al sometimiento de sus fuerzas hilarantes a manos del más entorpecedor y mundano de los infortunios humanos: el amor, el amor por Catalina. Por ello no fue difícil para Marcos, su amigo incorregible desde la preparatoria, enterarse de su estado y brindarle, en primer término, su apoyo logístico para la conquista de Catalina y, luego del rotundo fracaso, propiciarle burlas ácidas por su ineptitud para el cortejo con totalmente mala leche como era su característica. Y es que Alexis era demasiado bondadoso en su amor hacía ella y no cumplía con la dosis de maña y picardía maleva necesarias para un galanteo exitoso. Meses después, Marcos no sólo se burlaría del estado de embobamiento en el que su amigo había quedado luego del rechazo, sino que además destrozaría hasta el rescoldo más primario de amistad entre los dos al sostener una relación tormentosa y apasionada con Catalina frente a los ojos percudidos de Alexis sin contemplaciones de ningún tipo.
Junto a Marcos y a Alexis, estaban el melenudo Rayan y su enamorada Ysela. Ambos vivían por aquel entonces el más feliz de sus estadios amorosos. Tomados de la mano e intercambiando miradas afiebradas, poco parecía importarles la presencia de los demás y si iban a la fiesta en lugar de estar encamados y hacer el amor retorcidamente en aquellos mismos instantes, era por el gran cariño que le tenía a Gianellita. Rayan se encontraba en un completo estado de complacencia y sumisión, para él Ysela era la felicidad completa. Se trataba de una chica sexy, fogosa y que lo amaba con intensidad volcánica, eran los mejores años de su vida sin lugar a duda. Todos los presentes habían sido testigos días atrás, durante un almuerzo de camaradería en un restaurante congestionado, de los límites de su amor delirante, cuando Rayan recibió en su boca (y casi sin estremecimiento alguno) la comida masticada y triturada por la boca de Ysela. No pocos dejaron de lado su almuerzo y algunos enfilaron al baño con unas arcadas tremendas, especialmente los de estómagos sensibles. A ambos les sorprendió ver la reacción de repugnancia y aversión que les habían causado a los demás aquel intercambio bizarro de comida, “es como pasarse el chicle o compartir un chupetín”, decía Rayan tratando de justificar su amor desmesurado por Ysela e intentando masticar el ya masticado bolo alimenticio que su bien amada trasladó desde su propia boca. Los demás explicaron a través de esas “muestras de afecto” el excesivo sobrepeso que ambos amantes lucían sin espanto por aquel entonces confirmando con eso que la felicidad engorda.
La última en llegar al improvisado centro de reuniones fue Juana, quien casi olvida que hoy era el cumpleaños de Gianella, ella iría solo por cumplir a la fiesta dado que su reciente (e incierta) devoción religiosa le impedía el consumo de bebida alcohólica alguna o los incidentes eróticos ocasionales que poco tiempo atrás ella misma propiciaba con quien estuviera dispuesto(a) a someterse a sesiones de masturbación mutua en algún establecimiento público. A nadie dejaba de sorprender este repentino cambio, pero bien es sabido que Juana (antes libertina, borracha y un alma conspiradora y ahora una antipática religiosa y de ánimos conservadores) es una mujer de armas tomar y que lo todo que ella dice, lo cumple. Con la llegada de Juana, todos enfilaron rumbo a casa de Gianella previendo el gran tono que se avecinaba.
Gianella los esperaba con cierta desazón. Su chico la había llamado para decirle que se iría a demorar en llegar un poco más, debido a que se encontraba en un embotellamiento feroz de esos que uno no sale hasta que se acaben todas las botellas. Una leve preocupación se deslizó entonces en su conciencia, ya que hoy Gianella tenía previsto presentar en sociedad a su chico, no solo para ganarse la admiración de sus respetables padres, sino para que de una buena vez se acaben aquellos rumores y especulaciones que ponían en tela de juicio su indudable feminidad y gusto por los varones. Por ello, cuando todos llegaron notaron cierta compunción en su rostro de cumpleañera que intentó disimular suministrando generosamente, desde el inicio mismo de la fiesta, un sinnúmero de botellas de cerveza y bocaditos de las más diversas variedades, porque si algo sobraba en aquella casa era justamente la comida y esos tres refrigeradores atiborrados de cerveza bien helada.
Quienes llegaron se dispusieron a aprovechar toda aquella generosidad no sin antes saludar a los padres de Gianella (que vestían con una decencia admirable) y a algunas otras amistades presentes. Marcos, presto siempre a dar como bien habidos cualquier trago que se le ponga en frente, empezó a hacer los brindis y fiel a su estilo decidió buscar la complicidad de sus camaradas, sin antes dejar de prometerse, acabar con toda la cerveza que minutos antes había alcanzado a ver en un rápido vistazo a la cocina. Sin embargo sus camaradas, por ambos bandos, parecían no tener la misma intención que él. Rayan era presa de su desbordada fascinación por Ysela y Alexis se hallaba al otro lado junto a la rarísima belleza de Catalina quien lo iba queriendo y adorando más a cada minuto, pero sólo como amigo, como el gran amigo que era.
Pasado algunos minutos, Marcos empezó a deslizar algunos temas provocativos en la plática para llamar la atención de los demás y no dejar, sobre todo, de aprovechar la cerveza de la cual estaban siendo provistos. Las conversaciones iban desarrollándose con aparente calma y armonía y siendo lo trivial que usualmente acostumbran ser cuando ellos conversan. Verónica al ver los esfuerzos que Marcos realizaba para mantener cierta unidad en la gente que había llegado desde la universidad, decidió, con su gentileza oriental, acomodarse a su lado para entretenerlo e impedir que siga interrumpiendo los besuqueos escandalosos de Rayan e Ysela (tendidos prácticamente en el sofá) y los esfuerzos del “abuelo” con Catalina. Era un secreto a voces el romance que ambos mantenían desde hace buen tiempo, nadie sin embargo se atrevía a hablar del tema, tal vez por puro desinterés o porque la mayoría le tenía mucho cariño al enamorado de Verónica que tan bien les caía.
La noche y las cervezas iban exaltando el ánimo de los invitados (en el mejor de los sentidos), no así para los amantes furtivos. Ambos se enfrascaron en una disputa sin sentido respecto a la belleza de sus respectivas parejas, Marcos criticaba lo feo y desagradable que era el enamorado de Verónica (ese chino feo, decía) y ella respondía diciendo que su ex enamorada no era precisamente la octava maravilla y que sumado a su escasa belleza, su cuerpecito de sorbete adolecía de cualquier encanto por delante y por detrás. Todos rieron y a Marcos no le quedó otra alternativa más que callar por unos segundos estoicamente, segundos en los cuales pensaba lo ridículo que era escuchar hablar a Verónica de belleza, a ella, a una mujer que poco o nada sabía de belleza o, que en todo caso, se veía completamente desprovista de tal virtud. Con ese afán de nunca perder ninguna batalla e intentando vengar el agravio propinado, Marcos se acercó al oído de Verónica susurrando su descargo, “no tendrá poto, pero no sabes lo rica que se ve cuando está desnuda”, le dijo con una sonrisa intrigante. Aquello enfureció a Verónica más allá de lo que Marcos había calculado e inmediatamente se alejó de él ofuscadísima y empezó a conversar amenamente con los demás invitados tratando de pasar el mal momento y de aislar a aquel maldito burlón que jugaba con sus celos mediterráneos e irreprimibles.
Al no tener más remedio, y con sus dos camaradas entretenidos en sus respectivas empresas, Marcos divisó a Juana (antigua cómplice de escapadas de clase, proveedora de los cigarrillos sin filtro y amante del pisco puro) con la firme convicción de que árbol que nace torcido jamás su tronco endereza. Ella lo miraba con cierta desconfianza pues sabía de lo peligroso de su acercamiento, pero pensaba al mismo tiempo que ahora las cosas eran diferentes, ella estaba en un plano superior de avenencia con la vida y ya ninguna tentación terrenal doblegaría sus férreas convicciones religiosas ni representaría problema alguno para su certidumbre espiritual. Marcos creía que la fiesta aún no despegaba y que la razón principal era la falta de más trago en el torrente sanguíneo de la gente, por ello le pidió que lo acompañase con una cervecita. Ella lo miraba como sintiendo pena y negaba con la cabeza diciéndole que ya no tomaba alcohol ni fumaba más. Él se burlaba de ella, como lo venía haciendo desde hace varios meses, de manera venenosa. Ella sólo callaba y sonreía. Luchaba por mantenerse firme en su resolución y no podía dejar de sentir lástima por el alma de Marcos.
Algunos metros más allá, la familia de la agasajada también celebraba el cumpleaños de su engreída. Sus padres, que en ningún momento dejaban de ser dos señores sumamente respetables, – y contagiados por el furor de tanto joven en la fiesta – habían querido sentirse menos viejos en la compañía de los amigos universitarios de Gianella. Ella en cambio, intentaba por todos los medios evitar el contacto de ambos grupos humanos. Gianella era bastante callada, pero muy consecuente y contundente en sus actitudes, sabía que sus padres la podrían avergonzar en cualquier momento con alguna anécdota embarazosa y ella ya no estaba para esos papelones.
La medianoche llegó y una enorme torta de cumpleaños se asomaba a la mesa principal, todos se disponían a celebrar los veintiún años de Gianella y a desearle las felicitaciones del caso. Sus padres orgullosísimos se esforzaban en hacerse notar entre tanto joven y los invitados pedían que de una vez se reparta la comida para ir hamacando la chela consumida hasta el momento. La cumpleañera parecía estar feliz, feliz por un año más de vida, por la fiesta y porque el amor que siente, y que la embarga hace algunos meses, es un amor inimaginable, inmarcesible e irrefrenable. El amor de su vida está entre los invitados a la fiesta, y aunque nadie le ha prestado la atención debida, es más que evidente la intensidad de sus miradas furtivas y esos deseos inflamados de poseerse cuanto antes. Para todos sólo es una más de las amigas que Gianella hizo en su viaje a Miami el año pasado, pero para Gianella, Rebeca (a quien todos llaman Queca cariñosamente) es el fuego que le abrasa las entrañas, la telaraña que la envuelve los martes de calenturas esotéricas, la razón de su sonrisa callada y satisfecha. Rebeca (quien es el único y verdadero amor de Gianella) es alta y delgada, posee mirada de buena gente y su conversación es graciosísima, los que recién la conocen festejan su buen gusto para las impertinencias y las vulgaridades. Lo que más sobresale en ella es esa forma, a veces tosca, a veces ruda, de reír y caminar que la delata como un miembro más del privilegiado grupo de seres humanos capaces de amar a alguien del mismo sexo. Gianella, en cambio, es más femenina y menos evidente, aunque Rayan crea que los manotazos en la espalda que recibe como saludos no son más que la confirmación de sus soterradas inclinaciones. Sin embargo no hay una sospecha contundente de la homosexualidad de Gianella (la de Queca está hace buen rato confirmada) ni la habría, por lo menos hoy, ya que siendo su cumpleaños y estando su enamorado ya presente (y bastante bien sazonado) y comiendo de su comida y bebiendo de su cerveza, se trataría de una insolencia mayor y nada oportuna intentar aclarar su condición sexual.
La fiesta empezó a animarse gracias a la llegada tumultuosa del chico de Gianella, este tenía toda la apariencia de haber estado sumergido en alcohol por tres días, no solo por el terrible estado en el que había llegado, sino por lo desfachatado y faltoso de su alegría, sin mencionar el aliento de dragón que se traía. Casi todos cuestionaban ese desatino (algunos como Marcos y Rayan lo celebraban) y se compadecían de la pobre Gianella, quien estaba pasando la vergüenza de su vida al tener que presentar a sus honorables padres y amigos más cercanos a un enamorado completamente ebrio y desalineado. Los padres de Gianella, tan respetables y solemnes como en toda la noche, dejaron escapar con una admiración de pánico un carajo (bastante bien distinguido, por supuesto) al ver la piltrafa de novio que su bienamada hija les ponía en frente como si se tratara de una marioneta sacada de algún barril cantinero. Así de jodida está la juventud pensaron y dispusieron retirarse para dejar a su hija con su novio decrépito y sus demás invitados, que de a pocos se iban poniendo a tono. Así de jodida está la juventud, se dijeron de nuevo y se marcharon.
A pesar del mal momento vivido, la fiesta debía continuar. Y qué mejor manera de continuarla que tomando la ingente cantidad de cerveza dispuesta a los invitados luego de que estos hubieran arrasado con todo el buffet que la familia de la cumpleañera había brindado desprendidamente. Marcos (quien hasta aquel momento ya se había secado más de una caja por cuenta personal) insistió nuevamente con Juana pidiéndole primero que la acompañase en los brindis, a modo de recordar viejos tiempos, y diciéndole, luego de la negativa, que no le creía ni un ápice de su renovado estilo de vida ni de su fe acartonada y que, más bien, todo le parecía una hipocresía imperdonable. Juana sólo le respondía con largos silencios e intentaba mantener la calma (calma que sólo iría a perder en la mitad de la fiesta). Ante la insistencia de su ex compañero de parrandas, Juana optó por levantarse e ir a buscar la compañía de Verónica y los demás que también habían decidido segregar al irreflexivo Marcos.
Él rió como hiena mientras Juana se alejaba y pensó en seguir torturándola con su incansable sarcasmo pero se vio interrumpido por las urgencias urinarias que estaban siendo reprimidas desde antes del happy birthday y que no pudo contener más. En el pasadizo que conducía al baño, se encontró con Rayan e Ysela, enmarañados en sus deseos ardientes de estar uno dentro del otro y quienes ante la pregunta impertinente y obvia de qué están haciendo aquí, sólo atinaron a decir que nada y siguieron con lo suyo. Como buen amigo, Marcos felicitó el atrevimiento de su camarada con una palmada en la espalda y lo envidió por no tener la oportunidad de hacer lo propio por haberse ganado la antipatía de Verónica, su amante desprovista de toda belleza pero siempre dispuesta.
Al entrar al baño Marcos quedó sorprendido por la majestuosidad de este. El inodoro era tan blanco y perfecto que se le ocurrió que los padres de Gianella habían planificado tan bien la fiesta y se habían esforzado de tal manera, que incluso habían comprado un excusado nuevo solo con el fin de que los amigos universitarios de Gianella depositaran con admiración sus inmundicias digestivas y al mismo tiempo envidiasen a su hija por tener a unos padres, que además de solemnes y respetables, eran dadivosos y sumamente refinados hasta para el acto ocioso de cagar. El baño además tenía un soberbio jacuzzi donde, si todo no hubiera lucido tan radiante como lucía, muy probablemente los padres de Gianella la habrían concebido. Sin embargo lo que más le impresionó del lugar fue lo grande y espacioso que resultaba ante sus ojos. Pensó que algún día querría tener un baño con esas características, de esa blancura deslumbrante, con un jacuzzi tan hermoso como ese y de las mismas dimensiones monumentales que resultaba incluso bastante más amplio que su propia habitación. Marcos meó con placer y salió de aquel espectacular baño con la certeza de que Gianella y todos sus hermanos habían sido concebidos en el jacuzzi. Mientras se dirigía nuevamente a la fiesta, Rayan e Ysela aprovecharon el momento y se encerraron en el magnífico baño para dar rienda suelta a esas ganas locas de devorar sus abultados cuerpos. Años después, Rayan comentaría que aquella noche, en aquella fiesta y en aquel baño de ensueño, él había experimentado el mejor sexo oral de toda su vida.
Con toda la envidia que le podía despertar la buena suerte de Rayan y la incontrolable sensación de hacer lo prohibido que le quemaba las partes bajas, Marcos buscó a Verónica y se sentó a su lado. Ella le fue indiferente por algún momento, pero todo se solucionó con una pasada de brazo por la cintura y un amago de caricia. Marcos aprovechó que estaba en medio de un grupo nutrido de gente y comenzó nuevamente a criticar el cambio de vida que Juana había experimentado. Todos rieron cuando Juana comenzó a mostrarse un poco erizada por la insistencia del tema y a mostrar indicios de querer responder la agresión. Marcos vio que era la oportunidad perfecta para obligarla a tomar y le lanzó un desafío que sabía no podría rechazar, “si esta noche tomas con nosotros, como antes lo hacías, te dejaré en paz para siempre”. Juana lo miró, y perdiendo la calma que había mantenido en todo el tiempo hasta ese entonces, no pudo encontrar mejor oportunidad para sacarse de encima al pesado Marcos y a sus constantes burlas, “ok, ¿quieres tomar conmigo?”, preguntó algo iracunda, “entonces tomemos”, agregó ella y fue en búsqueda de su vaso que iría a convertirse en su arma de combate. Los demás gritaron entusiasmados por el reto y porque la fiesta se iba a poner más candente de lo que ya estaba y porque Juana, la borracha incorregible, volvía a sus raíces.
Casi todos rodearon el mueble en el que se encontraban Juana y Marcos, incluso el enamorado de Gianella, quien gracias al desinterés de esta (interesada en conversar únicamente con Queca), no tuvo más remedio que unirse a un grupo de chicos que no conocía. Cuando Marcos se disponía a hacer un brindis por la recuperación de su vieja amiga, ella hizo un silencio incómodo e interrumpió de inmediato, “nada de brindis, si vamos a tomar, lo vamos a hacer de verdad. Tiene que ser seco y volteado. Una tú y una yo”. Marcos aturdido por el nuevo desafío, aceptó con placer resignado el lance, aunque entonces se sintió un poco inferior ya que su imagen de bebedor contumaz se podría venir abajo y caerse como el más frágil castillo de naipes si él no respondía a la altura de las expectativas cifradas en él por sus demás compañeros. Mientras iba llenando el vaso, su orgullo de borracho que no se amilana por nada y que llega hasta las últimas consecuencias le decía que no podía dejar de pasar esta oportunidad para demostrar su resistencia al alcohol y lo superior de su capacidad de aguante frente a los demás aprendices y seres ordinarios, pero su sentido común le advertía, por otro lado, que venía bebiendo desde hacía varias horas y que era mejor ser discreto en el empinamiento del codo y ser responsable de su salud física. Miró el vaso espumante casi a rebalsar y miró también a Juana imperturbable y con una ligera sonrisa de arpía gorda y optó por seguir a su orgullo.
Tal había sido el impacto del reto que nadie dudó en participar del evento. No había por qué preocuparse de una eventual y repentina falta de cerveza ya que era evidente que la chela no iría a faltar aun si las celebraciones se alargaran por tres días más. Así empezaron los sendos shots que iban cayendo como punzadas terribles al estomago para algunos, como Verónica, por ejemplo, quien empezó a sentir los embates después de unos cinco shots continuos y avisó que tenía la urgencia de ir al baño (al magnífico baño) dado lo abusivo del método de tomar que habían implantado los demás. Cuando llegó al baño, no necesitó de tocar la puerta pues la manija estaba sin seguro. Al abrir la puerta se topó con el enorme (y también melenudo) trasero de Rayan que tenía los pantalones abajo y las manos en la cabeza de Ysela, quien arrodillada parecía disfrutar bastante de su posición de sumisión. Verónica comenzó a hacer un escándalo interminable, creyendo que su amiga estaba siendo abusada por el patán de Rayan que aprovechando su estado de ebriedad la forzaba a hacer cosas espantosas e inmorales. Luego de entender lo sucedido Verónica retornó a la fiesta (que se había convertido en un combate de todos contra todos a base de shots de cerveza) ofuscadísima y enojada, esta vez ya no solo con Rayan, sino también con Ysela, pues entendía que las casas ajenas estaban para ser respetadas y no para dar rienda suelta a esas calenturas reprochables e incivilizadas. Tiempo después Verónica habría de olvidarse de sus propias palabras en el festejo de otro cumpleaños y en otra casa ajena cuando casi a vista y paciencia de algunos compañeros iría practicar esas calenturas incivilizadas con Marcos y luego fornicarían con un arresto demencial en el baño de aquella casa (no tan grande ni majestuosa como esta, claro está).
Rayan e Ysela regresaron un poco ruborizados por el escándalo de Verónica y pidieron participar del juego (sobre todo Ysela quien deseaba perder el mal sabor de boca). Marcos y Juana empezaron a shotear junto con los demás invitados que, conocidos o no, iban enfrascándose en un festival cervecero infernal. Ysela comenzó a sentirse jubilosa rápidamente impulsada por los shots tan seguidos que ingería y que iban haciendo estragos en su forma de hablar y en su mirada difusa, se reía de cualquier cosa y festejaba algún sonido corporal que invadía el aire justo cuando la música paraba (dado que ante tanta cerveza consumida el descontrol de los órganos era casi un hecho). Fue increíble la forma tan rápida como Ysela sucumbió a la borrachera, se sentía eufórica y risueña y propuso un concurso de eructos para demostrar que la boca de las mujercitas no sólo sirven para los felatios furtivos sino también para las grandes sonoridades. Todos se sorprendieron de sus palabras pero le celebraron la gracia, todos menos Rayan que se agazapó ante tanta alegría y tan poca vergüenza.
Marcos, luego de vencer a todos con sus eructos abrasivos y bastante mamado, empezó a sentir sorpresivamente una fuerte e incontrolable erección. Quería tener sexo esa noche, encerrarse en el baño que tanto lo había deslumbrado y fornicar desesperadamente en su condición de borracho hasta los huesos. Buscó entonces a Verónica en medio de la fiesta, ella estaba sentada al lado de Catalina y Alexis, estos últimos se habían mantenido conversando casi toda la fiesta a solas y no habían bebido casi nada en lo que iba de la noche (casi nada en comparación a los demás que ya habían vaciado dos refrigeradas completas). Marcos se les acercó y comenzó a molestarlos sin piedad mientras buscaba la cintura de Verónica. Aquella fue la primera vez que Marcos iría a notar ese no sé qué de Catalina y que meses después lo impulsaría a iniciar su tórrida relación, relación que al margen de todo lo vivido tendría su punto de quiebre e iría a resquebrajarse desde que Catalina echó groseramente de su casa en medio de la madrugada a los amigos de Marcos luego de que estos le cantaran, (incentivados por el mismo Marcos) y sin la más mínima ojeriza, y que no me digan en la esquina, el venao, el venao, una canción que hirió seguramente su susceptibilidad de mujer leal e inteligente.
Marcos tomó a Verónica por el brazo y la sacó a bailar. Ella guardaba aún un poco de coraje en su corazón por el malestar que le habían causado las palabras de Marcos al inicio de la velada pero no podía ocultar el inmenso cariño sentido por aquel sinvergüenza. Él trató de congraciarse con ella y comenzó a decirle palabras bonitas y amelcochadas (las cuales sabía que le permitirían derruir la barrera que ella misma había construido para ambos aquella noche) y así poder tirarse un polvito por lo menos. La imagen del baño se le venía a la mente a cada instante, además de la envidia que le causaba el hecho de ver a Rayan quien sí le había dado buen uso a este. Verónica se mostraba infranqueable y exigía más pruebas, tal vez palabras más aduladoras, perdones más sentidos o tan solo una promesa de amor eterno. Marcos entendió y le dio gusto con ese su talento innato para el histrionismo, “sabes muy bien que te quiero mucho, chinita”, le dijo y a ella no le quedó otra alternativa más amarlo de inmediato y besarlo y “tal vez hasta el pasadizo. Sólo hasta el pasadizo, al baño no”.
Cuando ambos se acercaban cada vez más a la puerta del baño y el silencio se iba llenado de lívidos gemidos, escucharon un fuerte ruido que provenía de las escaleras que conducían al primer piso del edificio. Eran Rayan e Ysela, quienes abandonando la fiesta no midieron el riesgo de su calentura y al ver que las escaleras se encontraban despejadas de cualquier imprudente presencia, decidieron usarlas como escenario para sus pericias sexuales, sin caer en cuenta que ambos se encontraban en un lastimero estado de ebriedad (e inestabilidad sobre todo), dando como resultado una caída descomunal y de antología en la historia de todas las caídas. Ambos rodaron con sus redondos cuerpos por los peldaños de la escalera causando incluso el estremecimiento del lugar y uno que otro moretón arbitrario. Todos arriba seguían embebidos en el desafío chelero e imperturbables ante todo el espectáculo que fue ver rodar literalmente a los dos amantes. Marcos rió impetuosamente mientras Verónica fue en ayuda de su amiga que aún permanecía tendida en el suelo más que por el dolor de la caída, por lo ebria que estaba y porque no podía ponerse de pie sola. Esto acabó con toda oportunidad de cumplir algún arriesgado deseo sexual por parte de Marcos. Rayan e Ysela se marcharon como pudieron de la fiesta y ya sin pocas ganas de seguir encandilando sus regordetes y ahora adoloridos cuerpos.
Marcos y Verónica regresaron a la fiesta (que hasta ese momento no paraba de ser un vendaval de cerveza a diestra y siniestra). En ningún momento la gente había notado su ausencia y menos la de Rayan e Ysela. Gianella seguía disfrutando de la danza y de sus veintiún años frente a la mirada enamorada de Queca quien de vez en vez iba robándole un beso disimulado o acomodando sus cabellos juveniles con tanta naturalidad y destreza que nadie se hubiera inmutado o pensado mal sino hubiera sido por el enamorado de la cumpleañera que movido, seguramente por su inconsciencia o alguna otra fuerza no racional, empezó a reclamar esos acercamientos escandalosos hacía su enamorada y más respecto, carajo que yo soy el novio y que nadie más me la toca. Afortunadamente todos atribuyeron aquel arrebato celotípico a lo borracho que andaba y no a la certeza de sus palabras (que algo de razón tenían).
Tantas emociones juntas revolotearon el estomago de Marcos y lo obligaron a ir de nuevo al maravilloso baño, esta vez sí lo necesitaba con suma urgencia y aún así hubiera encontrado una pocilga en lugar del majestuoso retrete él se sentiría igual de satisfecho, pues ahora era una cuestión de supervivencia y ya no de trivialidades ornamentales. Para su desgracia lo encontró ocupado. Pensó que la necesidad de evacuar sus intestinos podría esperar unos cuantos minutos más por lo tanto decidió regresar nuevamente al mueble donde Juana seguía tomando shots de cerveza con los demás incansablemente. Marcos se sorprendió de ver que el número de participantes en la contienda había aumentado, esto le repuso todas sus fuerzas, antes consumidas por el deseo de deponer sus miserias, y como buen macho solicitó su lugar. “Ah no, Marquitos. Tú debes meterte por lo menos cinco seguidos, porque te has perdido como media hora”, retó Juana aún imperturbable pero un poquito más alegrona que antes, “ok, venga”, aceptó Marquitos envalentonado. Aquellos cinco shots fueron los más devastadores de la noche. Cada uno de esos shots significaban un espasmo intestinal insufrible. Sus entrañas eran una caldera de líquidos densos que estaban a punto de estallar, dada toda la comida consumida y aproximadamente las dos cajas y media que por cuenta propia se había encargado de desaparecer. Esta ingesta inmoderada le estaban pasando la factura a esta hora de la madrugada y sus tripas eran las que más sufrían.
Después de esos terribles shots, Marcos ingresó en un estado francamente lastimero. Ya no pudo pararse nuevamente y sólo atinaba a recibir por automatismos el vaso de cerveza cada vez que Juana (viendo consumada su venganza y olvidando por un momento sus convicciones místicas) le servía sin compasión y lo obligaba a terminar de un solo sopapo. Marcos pues, se encontraba en un estado de ebriedad absoluta y lo peor, o lo más preocupante por lo menos, eran esas escalofriantes ganas de cagar que lo embestían como estremecimientos abdominales continuos. Su estómago estaba completamente embotado de cerveza y de toda la deliciosa comida ingerida en la fiesta por lo que necesitaba con urgencia ir al baño.
En una reverberación de lucidez, Marcos pensó que lo mejor sería pedir auxilio a alguien para que lo ayudase a ponerse de pie primero (en vista de que ya no podía hacer si quiera eso) y que luego lo condujera al baño a toda prisa, todo esto por el temor de moverse por cuenta propia y en el intento sufrir un accidente vergonzoso frente a todos los que aún seguían tomando la chela inacabable. Volteó a su lado izquierdo, con dirección al mueble donde se encontraba “el abuelo”, y se dio cuenta que este ya dormía plácidamente junto a Catalina quien estaba recostada en su pecho, “abuelo de mierda”, pensó e intentó reprimir esas ganas invencibles de expulsar rabiosamente todo lo que llevaba dentro. Pasaron unos minutos más y la ansiedad por descargar su organismo comenzó a hacer trizas sus nervios. Inmediatamente hizo un esfuerzo heroico y se levantó del mueble a duras penas (y no con pocos aspavientos). Cuando se disponía a enfilar al baño, fue tomado por el brazo por una Juana inconmovible quien le ofrecía un shot más, “yo creo que se está mariconeando”, dijo y rió sintiendo ahora lastima no por el alma de Marcos, sino por su cuerpo constreñido. Marcos bebió rápidamente y siguió su camino al baño sin hacer caso a las palabras de sus compañeros, palabras que ya no podía descifrar ni distinguir claramente, había perdido hasta el don de la comprensión del lenguaje hablado y en su cabeza solo deseaba estar por fin en el baño, en ese magnífico baño.
Poco a poco, dando pasos cortos y cuidadosos, llegó a la puerta del baño que, por gracia divina ya estaba desocupado. Cruzó la puerta intranquilo (como intranquilos estaban sus esfínteres) y prendió las luces con premura. Vio nuevamente el deslumbrante inodoro y el enorme jacuzzi donde probablemente había sido concebida Gianella y sintió emerger de su cuerpo desgarbado una criatura desafiante y sin control. Rápidamente se bajó los pantalones y dispuso a sentarse, donde sea, pero a sentarse. Ya para esos momentos, y como era comprensible, Marcos había perdido completamente la noción de espacio-tiempo. Su mente comenzó a divagar por un sinnúmero de imágenes inconexas que poco le ayudaban a ser conciente de sus actos. Comenzó a disfrutar el placer de sentir como todas sus inmundicias salían en grandes y gruesas cantidades de un estómago que ya no soportaba más la presión de la carga fecal. Su pensamiento delirante bullía en aquella orgásmica eliminación de las sustancias inservibles para su organismo mientras le agradecía a la vida haber nacido con un ano y tener la gracia de poder cagar. Al terminar con todas estas reflexiones y luego de muchas espiraciones se dio cuenta que no había ni siquiera un mugriento pedacito de papel higiénico con el cual limpiarse el culo. Ante tanta desesperación y tan poca conciencia, no atinó a mejor idea que limpiarse con los dedos. Se restregó incesantemente el recto con los tres dedos principales de la mano izquierda hasta sentirse seguro de que se había librado de todo los restos de deshechos que adornaban los contornos de su agujero. Cuando terminó de hacerlo, sintió unas ganas enormes y una curiosidad infantil por saber cómo era el olor de la mierda tocada, o de la mierda en las manos, o de la mano que ha tocado mierda, o lo que fuera. Se llevó entonces la mano izquierda a la nariz y experimentó el fuerte pero, a la vez, buen aroma del alimento procesado y desechado.
Una vez satisfecha su necesidad de cagar, sintió que ya era hora de regresar a la fiesta. Sin lavarse las manos se subió nuevamente los pantalones, sólo para darse cuenta que el lugar donde estaba sentado no era el hermoso retrete, sino el piso del baño. Había depuesto toda esa inmensa cantidad de residuos excrementicios en medio del baño (que era fastuoso e inmenso). El majestuoso piso de ese hermoso baño había sido mancillado por la mierda descuidada de Marcos. Este se quedó observando el mojón por un buen rato, contemplándolo sin pestañear siquiera y, mientras trataba de concentrarse en una probable solución para la asquerosidad que acababa de cometer (e intentando apartar todas las ideas que se le venían a la cabeza producto del alcohol corriendo en su torrente) sintió de pronto unos deseos enormes de hacer de su asquerosidad una verdadera desgracia, de crear un caos cósmico, una revolución de magnitudes, una obra de arte o lo que fuera que se pudiera crear con tanta mierda derramada. Se agachó y tomó porciones de su generosa mierda con ambas manos y comenzó a embarrar las blancas y deslumbrantes paredes de aquel maravilloso baño con una emoción desquiciada, con violencia creativa, con tanto furor que quien lo hubiera visto lo hubiera confundirlo con la más insidiosa demencia o con estado irreparable de psicosis aguda. Marcos se encargó de dejar su huella en aquella habitación (literalmente). Sus manos alucinadas dejaron grabadas con restos de mierda las magníficas paredes de la habitación higiénica para la posteridad (o por lo menos por las siguientes horas). Finalmente al sentir que sus manos ya estaban completamente limpias de toda suciedad, (suciedad esparcida y pintarrajeada por todo el lugar), se acercó al interruptor de luz y lo apagó satisfecho.
Toda su mente después de aquello, se volvió en blanco como si al apagar el interruptor del baño hubiera también desconectado su conciencia (o lo poco que quedaba de ella). Lo último que recuerda es haber estado durmiendo plácidamente en uno de los muebles de la sala, con su ropa perfumada y manchada por su propia inmundicia.
A la mañana siguiente Gianella lo despertaría luego de samaqueado por largos minutos para decirle que ya era hora de que se vaya a casa. Marcos se despertó con un terrible dolor de cabeza, con los ánimos macilentos y sin una pizca del recuerdo de su obra siniestra. Levantó la mirada cansada y vio acostado a su lado al enamorado de su amiga, quien se encontraba totalmente inconsciente, y hasta podría decirse postrado en un coma etílico. Alexis le habló desde el otro mueble y él solo escuchó que eran más de las nueve de la mañana y que tenían que irse. Ambos se alistaron para salir y mientras “el abuelo” buscaba a Catalina desesperadamente para despedirse de ella, Marcos se acercó a Gianella y de la mejor manera que encontró le confesó la inquietud que lo embargaba en esos instantes, “Giany, no es por nada, pero creo que tu flaco está mal, bien mal”, “sí pues, ha tomado demasiado. Ya se despertará más tarde”, dijo ella intentando calmar al comprensivo Marcos. “No lo digo por eso, me refiero a que creo que ha tenido un accidente, uno de tipo intestinal, amiga. Huele a pura mierda”, repuso él un tanto asqueado. “¿En serio? No te creo nada”, dudó ella primero, y lo luego de olerlo y de sentirse decepcionada por la vida, repuso con un poco más de gracia, “que desgraciado, tendré que hacerlo limpiar nomás”. Ambos rieron y se despidieron no sin antes prometer (Marcos a Gianella) que no le diría a nadie lo del accidente de su chico. Alexis regresó algo desesperado diciendo que no encontraba a Catalina por ningún lado (él de veras que la amada) pero Gianella lo calmó diciéndole que ella estaba en su cuarto, descansando.
Marcos y Alexis partieron envueltos en un inexplicable aroma a mierda, tomaron un taxi y se dirigieron a sus hogares conversando de las incidencias de un tono memorable y de cómo el enamorado de Gianella se había cagado en los pantalones. Dos horas después en la casa de Gianella, Catalina se despertaría para usar el baño y se quedaría horrorizada, boquiabierta y asqueada por la tremenda escena surrealista que había encontrado frente a sus ojos.
El rumor de aquella fiesta y de todo lo acontecido en ella (especialmente aquel espectáculo pictórico encontrado en el baño) se regó como pólvora y fue comentado por varias semanas entre los asistentes a la fiesta y quienes nunca se perdonarían no haber ido. A todos les pareció increíble, reprochable y de pésimo gusto que el enamorado de Gianella hubiera sido capaz de cometer semejante barbaridad y aunque él nunca lo aceptó, nadie dudó en ningún momento de su autoría. Gianella terminó con aquel tipo para siempre, y nunca nadie más supo que había sido del causante de la peor vergüenza registrada en alguna fiesta de cumpleaños.
Cuando aquellos rumores llegaron a los oídos de Marcos al día siguiente (gracias a una llamada de Alexis que a su vez había sido enterado por una traumatizada Catalina), y luego de reírse por un buen rato y “o sea que no solo se cagó en los pantalones sino que también le cagó el baño a Gianella”, una extraña sensación de culpa le recorrió la garganta pero no supo reconocer a qué se debía sino hasta cuando vio sus pantalones embadurnados de excremento incuestionable. En aquel momento, todo se dilucidó y luego de un gran esfuerzo y de mucha vergüenza, recordó hasta el último detalle de cómo en una fiesta de cumpleaños él había decorado el magnifico baño de la casa con sus ordinarias heces en medio de la peor borrachera de su vida. Por suerte para él todos culparían al chico de Gianella (quien en realidad nunca se había ensuciado los pantalones siquiera) y eso lo dejaría libre de sospecha. En definitiva él había triunfado no sólo porque la había pasado de lo mejor ayer noche, sino porque, había cometido el crimen perfecto, cosa de la cual no muchos pueden jactarse. Bajo esa argumentación Marcos se levantó de su cama algo entusiasmado, salió de su casa en busca de un descampado y armado de algo de combustible y unos cerillos se dispuso a quemar sus pantalones agravantes y llenos de pruebas excretorias y luego de unas carcajadas triunfales y de los recuerdos que iban recomponiéndose, se prometió, mano en pecho, jamás contar la verdadera historia.